viernes, 27 de noviembre de 2009

¿CUANTO CUESTA UNA CAMPAÑA POLITICA, CUANTO VALE LA DIGNIDAD?



AGUSTIN ANGARITA LEZAMA*


Las campañas electorales están calientes. Y al ver su discurrir surgen en muchas personas interrogantes como ¿Es imposible hacer política de manera limpia? ¿La política es sinónimo de corrupción, trampa y engaño? ¿Sólo pueden hacer política los que tienen plata y la tienen disponible para gastarla a manos llenas y así llegar al poder? ¿Es cierto que una campaña a la cámara de representantes cuesta más de 500 millones de pesos y una al senado más de mil millones?


Si las respuestas a las anteriores preguntas son afirmativas, emergen otras preguntas. ¿Para que sirve la preparación intelectual y académica si lo que importa son las chequeras? ¿Es moralmente válido que el dinero sea el que guíe a la política y no los intereses colectivos y sociales? ¿Con la plata se convence o se compra una elección? ¿Los pobres están condenados a ser siempre dirigidos o deben vender su alma al mejor postor para tener con qué dirigir y hacer política? ¿Tiene precio la dignidad?


Estoy seguro que los llamados “zorros” de la política, estarán diciendo que así es que se hace la política, que así se ha hecho y que así se hará siempre. Que no hay otra manera y que es un loco o loca de remate quien ose intentar romper este rígido esquema. Pienso que ya se han acumulado muchas experiencias que demuestran que si es posible hacer política de manera distinta.


Lo primero que hay que tener clara es la convicción que si se puede hacer política de forma limpia, sin acudir a la corrupción y a la mentira. Y digo convicción porque este es un principio inamovible. También, desde el principio, hay que tener una idea clara de lo que se quiere hacer desde el poder para servicio y beneficio de los electores. Hay que organizar un equipo humano animoso, alegre, comprometido, que entienda a cabalidad lo que se quiere. Establecer unas agendas disciplinadas donde se respete tanto el tiempo de los demás como el del candidato a candidata y trabajar con esmero.


La política es el arte de convencer, no se engañar. Sólo convence quien posee un discurso claro, coherente, aterrizado, realizable y bien presentado. Un buen político se comunica eficazmente con sus electores, establece puentes de relación firmes que se fortalecen con el tiempo. Un mensaje con contenido y bien expresado llega a todos los corazones y mueve al convencimiento. No se necesita ser histriónico, sólo ser claro y coherente. Cuando se mira fijamente a los ojos y se habla desde el alma, se establecen lazos de responsabilidad, compromiso y afecto. Se habla de dignidad a dignidad.


El que compra electores está pagando por adelantado su irresponsabilidad. Él no está dispuesto a cumplir ninguna promesa, sabe que si ya pagó por un voto, nada debe, por lo tanto no asume ninguna responsabilidad. Es simpático que esta clase de políticos (que unos los llaman politiqueros) posan de creyentes en las leyes de Dios, sin embargo se les olvida el octavo mandato que prohíbe mentir.


La corrupción es la peor cizaña que se carcome las instituciones, las relaciones sociales y la vida en comunidad. Puede parecer tonto, pero la mejor manera de combatir la corrupción es votar por personas idóneas y honestas. Pero no que digan y pregonen ser honestas, sino que lo sean. No todos los políticos son deshonestos e ineptos, pero la mayoría si.


Si todos nos comportamos como tramposos, si caemos en la ignominia e indiferencia, no tenemos derecho a quejarnos de las dificultades que nos toque sufrir, porque habremos sido cómplices y alcahuetas de los politiqueros. Esta Colombia que tanto amamos, requiere un cambio, en serio y en grande. No todo está perdido. Podemos recomponer el rumbo. En nuestras manos está la oportunidad. Depende de nosotros, de asumir que nuestra dignidad no tiene precio y que la honradez y la decencia deben ganar y gobernar.


* Médico director del Observatorio de paz y derechos humanos de la Universidad del Tolima



3 comentarios:

Anónimo dijo...

Agustín y yo nos conocimos en Granada (España), en el ciclo presencial del doctorado en Paz, Conflictos y Democracia. Gracias a él pude encontrar sitio de alojamiento bueno y barato.

Me sorprendieron muchas cosas de Agustín: su vocación social y política, sus aficiones literarias y la disposición permanente para conversar sobre todos los temas.

Semanalmente escribe una columnna en un periódico del Tolima.

Bienvenido Agustín

Mario

Anónimo dijo...

Buen tema.

Carlos Aldana

Anónimo dijo...

A los graduados en las universidades,- aquí llamados intelectuales y académicos,- les interesa más el puesto que el empleo, la nómina que el trabajo mismo, de allí que no importe mucho la cualificación para el desempeño requerido, tal como se ha visto en los últimos años en las elecciones por «meritocracia» para los altos cargos de dirección institucional. Por ello, entregan su alma al diablo,los bienes de la nación y los servicios sociales a los intereses de quienes como contraprestación les ofrecen palmaditas en la espalda y la nominación para otro mejor puesto.
Rodrigo