domingo, 27 de septiembre de 2009

JSB




Mario Hernán López.

Alrededor de las siete de la noche, Juan Sebastián Bar abre la puerta para los clientes, el aparato de sonido comienza de inmediato a reproducir la música y los contertulios inician el desfile de entrada; todos parecen entablar de nuevo y sin afán una conversación interrumpida la noche anterior. Antes de ingresar al salón, cada uno de los recién llegados golpea una, dos o tres veces la puerta dependiendo del lugar que ocupará en el bar.

- Bienvenido señor- Así suele iniciar Mambrú su saludo, imprimiendo un tono hermético para los encuentros de la noche.

En el oriente del lugar, ascendiendo cinco escalones y empotrada a la pared, una estructura rectangular de madera contiene cerca de mil discos compactos debidamente clasificados por género; un hombre de uniforme rojo cuida con celo la música de manera que ninguno de los asistentes pueda alterar el orden y la disposición geométrica de los discos en la estantería. Una luz cenital cae sobre él e ilumina los movimientos mecánicos que realiza cada noche; con gran habilidad en sus dedos localiza la caja del disco que sonará en seguida al mismo tiempo que examina al cliente que acaba de ingresar golpeando la puerta una sola vez.

La atmosfera está cargada de humo, de olor a licores fuertes, afectada por los tonos grises en las paredes; un ritmo ácido suena al fondo. Erguido, en el centro del local, Mambrú vestido de traje blanco con las letras JSB, negras, grabadas en los puños del saco, enciende las primeras luces operando un mecanismo electrónico remoto. Como pintada en las paredes del fondo, indeleble, aparece la ciudad.

El recinto es de unos cincuenta metros cuadrados distribuidos en forma de ele; las mesas y las barras están dispuestas para iniciar el ritual de cada noche: “Bienvenidos señores a esta cantina”- exclama el anfitrión dando la largada y ocupando su lugar en occidente entre los músicos del Massiv Attack. “Los grandes rituales son profanos y se sacralizan con el vino” – dice un cliente que ha ingresado al lugar con tres toques a la puerta. “Te hace sabio la virtud o el vicio” – Exclama una mujer de dos toques, dejando al salir un estela de olor a Fahrenheit.

Un vaso estalla en el piso, una mujer fuma mirando al techo, Mambrú les enseña a los recién iniciados el significado de las tres letras misteriosas; dos hombres pierden el tiempo diseñando una trampa para engañar por primera vez al guardia del uniforme rojo.

2 comentarios:

luisafernanda dijo...

Espacio de encuentros y desencuentros. Testigo silencioso de historias personales, cómplice de realidades y fantasías. Sabiduría Virtud y Vicio. La cantina, siempre la misma y al mismo tiempo siempre diferente y única. En mi casa solían decir que yo hacía parte del inventario de ese lugar. Es sin duda uno de los lugares de Manizales que me define. Gracias Lucho por abrir las puertas y gracias Elmer por no volverlas a cerrar.

Anónimo dijo...

Delicioso texto. Nos vemos en el bar.

Carlos Aldana