domingo, 9 de agosto de 2009

SALUDO A DON MIGUEL DE UNAMUNO



Oscar Robledo Hoyos *



La figura de búho escrutador y aterrador de Don Miguel de Unamuno ha ejercido siempre un poder especial de fascinación. Los caricaturistas lo vieron así, en forma de lechuza: los dos enormes aros de sus anteojos, la nariz aguileña y una boca pintada rápidamente son los elementos de este dibujo mefistofélico. El búho se trepa a una rama y empieza su cantaleta nocturna sin preocuparle gran cosa perturbar, aterrorizar, solamente un rayo de luz intensa lo hace rebullir.


De la procera generación del 98, Don Miguel, esta “ave raris”, vino a asentar su vuelo en aquella Salamanca bastión de las derechas anti-liberales en octubre de 1891. Traía a cuestas 27 años, los paisajes montañosos del norte y en el alma aquella reciedumbre del pueblo vasco hecha en la gesta épica de su gente. Gesta que ya era en Don Miguel un legado de sangre, algo así como “ el inconsciente colectivo” de que hablan algunos seguidores de Freud. En Bilbao se había forjado su espíritu en intenso dialogo con las asperezas del suelo, las tradiciones familiares y el orgullo de su raza; ahora, colocado en la meseta castellana va a tener un horizonte amplio para que sus afanes místicos y metafísicos golpeen con su garra la modorra, la calma o como lo dirá más tarde, el ánimo provinciano y tradicionalista de una sociedad conservadora que perpetua cánones de comportamiento en desacuerdo con la evolución política y social, lo que preocupa empecinadamente a Unamuno; esa sociedad que tiene como tendencia fundamental la opresión del individuo; donde todo acto de personalidad y originalidad es rechazado de plano y su protagonista es tildado de “loco” y “excéntrico”. Esta nivelación colectiva de los actores sociales es la que no puede soportar y la que no soportará jamás el joven profesor. Ante el ataque cerrado de las “celebridades consagradas” y el rechazo hereditario de un pueblo agrícola en su manera de pensar, levantará el edificio de su YO. Lo llamaran egotista, energúmeno, orgulloso, intransigente y dogmatico. Pero nada lo hará retroceder.


Siguiendo la tradición de Carlyle cree que lo más acendrado de la especie humana no se da en la muchedumbre sino en ejemplares únicos que la humanidad pare de tiempo en tiempo. En uno de sus ensayos (“A mis lectores”) dice: “Y… hay otra cosa que me hace antipático, ya lo sé, y es mi falta de impersonalidad, lo incapaz que soy de hacer eso que llaman labor objetiva, esto ponerme yo, más o menos, en todos mis escritos, esto que alguien llama mi egotismo. Y ¡qué vamos a hacer!... Admiro a los que saben desprenderse de sí mismos, los admiro: pero ni los imito ni quiero imitarlos”. Viejo gruñón, malhumorado ( acordémonos del artículo sobre el malhumorismo), dispéptico si se quiere, pero hay que aceptar que este repliegue rabioso sobre el YO es el que lo eleva a una dimensión casi sobrehumana. Si, sobrehumana porque el drama de Augusto Pérez (“Niebla”), de Joaquín Monegro (“Abel Sánchez”) y de “La Tía Tula” son lugares donde se debaten apasionadamente los problemas más profundos que el hombre tiene planteados en su existencia. Para ser más justos con su pensamiento, problemas planteados al hombre tal vez antes de su nacimiento y vigentes más allá de su periplo vital.


Sus personajes, como él mismo, se conocen bajo la acción de una luz que penetra los móviles más oscuros de sus comportamientos. Se vuelven juguetes, parecen temblar frente a esta voz inquisidora que llega del más allá pidiendo la razón de sus decisiones. Están envueltos en mil contradicciones pero guardan, ay!, la lucidez implacable de la tensión, lo que los hace legítimos descendientes de la tragedia clásica. En su “modestia” Don Miguel no habla de novelas sino de nivolas, algo así como nieblas o nada, algo sin importancia para que no nos asustemos, pero sus personajes nada tienen que desear a Hamlet, Edipo, Creón o Clitemnestra. Que sea alérgico con todas ganas a la oratoria se entiende en este espíritu reconcentrado sobre sí mismo (sobre sus personajes) y su desdén del público. No es hombre para halagar pequeñas pasiones en campañas electorales. Se dio otra misión; la de educar, y como pedagogo permanecerá toda su vida. El teatro no fue de su preferencia por el miedo innato que le inspiraba el vulgo y la representación. Aunque escribió algunas obras para la escena: “El hermano Juan”, “La venda”, “Fedra”, en realidad toda su obra fue dramática en el sentido de que cada uno de sus personajes (el mismo) viven su vida al desnudo, obscenamente, frente al lector, gritándole sus desgracias en ademanes siempre desgarradores e implacables. Ninguna piedad para el lector como tampoco para los protagonistas. Pero a la larga ¿es que nosotros, cada uno de nosotros, no somos los actores de estos gritos unamunianos?


“El vulgo, como el agua, escupe gota a gota y minuto tras minuto las montañas del ideal que le levanta el genio”. En el fondo Unamuno desprecia el número, la cantidad. ¿Es su pensamiento elitista, aristocrático?. Seguramente; sus ataques van dirigidos tanto a una democracia ramplona hija de los medios de comunicación de masas y los ideales abstractos de los burgueses europeos del siglo XVIII como al vulgo idiotizado por la prensa manzanilla, los programas RADIOTV de los grandes capitales, como aquel que hace poco ocultó los justos reclamos de los cañeros del Valle del Cauca porque iban en contravía de los intereses de los dueños del azúcar, las gaseosas y el medio “noticioso”. O el desvergonzado Berlusconi que expresó paladinamente que sus extravagancias eróticas en Villa Certosa no le quitó rating político. Unamuno exclama: “¡Este vulgo al que la prensa le ha hecho creer que está informado y enterado de todo!. ¡Este vulgo mimado, adulado a diario!” (“Vulgaridad”). En otra parte de su obra, refiriéndose al mismo asunto, encontramos esto: “Vivimos en la calle y vivimos de la última novedad; eso que llaman información y eso otro que llaman actualidad son el pasto de nuestros públicos distraídos. Quiere nuestro público que se les dé noticias y que se les dé pedazos del alma” (“Reputaciones hechas”).


Sería algo de ver ese Don Miguel lanzando rayos y centellas desde el retiro apacible de aquella “dorada ciudad de Salamanca”. Como a uno de sus personajes habría que preguntarle de donde le viene esa rabia metafísica, esa búsqueda desesperada e intransigente de la bondad y de la verdad. Tanto sobre su obra como su vida flota este interrogante como algo que les esencial; es esta pregunta que nosotros no podemos responder sin amputar todo el sentido a su acción de filosofo y escritor la que levanta a Don Miguel de Unamuno a la altura de los grandes personajes dramáticos de España. El mismo nunca pudo resolverla, la sufrió toda su vida. Fue algo así como el hado de los griegos o el “fatum” de los latinos, y que es el elemento central de la tragedia clásica. Pero no vayamos a pensar que niega sus raíces cristianas, católicas para más señas. El cristianismo no deja un momento de estar a la base de esta angustia que lo maltrató toda la vida y que atraviesa cada una de sus páginas. Es el problema del mal el que vive este vasco castellanizado; la sombra del pecado hereditario es la que tiñe de maldad, dolor y muerte todos los pliegues de su razón. Hasta su poesía toma acentos elevados de esa lucha encarnizada a la que se libran el mal y el bien en el corazón del hombre. Caso como éste, así de definido, solamente lo tenemos en Bernanos. El Joaquín de “Abel Sánchez” no comprende de donde surge en el esa pasión sucia y purificadora que lo lleva a los extremos de la desesperación. “¡Quien fuera yo!”, es el grito que se lanza después del encuentro con el pobre aragonés. Aún más, es tal la contradicción interna que padece (¿víctima expiatoria?) que lleva al límite de decir: “Esta fue mi desgracia, no haber nacido entre los míos”. Todo se confunde y a la postre no queda sino el frio tinglado sobre el cual se mueven en movimiento loco unas marionetas dirigidas por una fuerza extraterrena: ¿Dios?, ¿el azar absoluto? “Y bien: esas tinieblas espirituales que dices, ¿que son?”, le pregunta Antonia, su hija. “ - Tu lo sabrás mejor que yo papá; pero no me niegues que aquí pasa algo; que aquí hay, como si fuese una niebla oscura, una tristeza que se mete por todas partes; que tú no estás contento nunca; que sufres; que es como si llevases a cuestas una culpa grande… - Si!; el pecado original, dijo Joaquín con sorna” (1). El pecado, la presencia del pecado (del mal) es lo que estructura la visión realista/pesimista de Unamuno. No zanjamos esta pregunta para no caer en simplificaciones odiosas.


Veámoslo bien; la problemática planteada por Don Miguel es vasta y penetrante. La desazón que nos entra leyéndolo, meditándolo, saboreándolo, está ayudada, no lo olvidemos, por ese geniecillo histriónico (clown) que lo hizo estar todos los días en la primera plana de los diarios y en la boca de todas las conversaciones de salón. Nos queda la sospecha de una pose fotográfica; “técnicas publicitarias”, nos dirían hoy. Eso sí; un artista que se lanzó a sí mismo a base de inteligencia e intransigencia con las posiciones azucaradas. Un hombre que aún tiene taquilla aunque sea a su desfavor. Todo, todo menos que pasar desapercibido sin suscitar un odio o una amistad. ¿Porqué?. “Si, ya lo sé: soy antipático a muchos de mis lectores; y una de las cosas que más antipático me hacen para con ellos es mi agresividad, mi agresividad tal vez morbosa, no lo niego. Pero amigo, que esa agresividad va contra mí mismo, que cuando arremeto contra otros es que estoy arremetiendo contra mí mismo!....” La religión que se dio era la lucha diaria contra las tinieblas, de todo tipo. Su Dios fue el caballo desbocado de su razón indagadora, su fe el hombre, su bautismo de sangre los rechazos permanentes, su gracia habitual la honestidad, su gracia actual las ráfagas de verdad, su pecado su teatralismo. “Y bien – se dirá -: ¿Cuál es tu religión? Y yo responderé: “Mi religión es buscar la verdad, aun a sabiendas de que no he de encontrarla mientras viva; mi religión es lucha incesante e incansablemente con el misterio; mi religión es luchar con Dios desde el romper del alba hasta el caer de la noche, como dicen que con El luchó Jacob. No puedo transigir con aquello del Inconocible…ni con aquello otro de “de aquí no pasarás”. Rechazo el eterno ignorabimus. Y en todo caso, quiero trepar a lo inaccesible” (“Mi Religión”)


En más de una ocasión hemos vuelto a Salamanca para tratar de comprender el enigma del maestro. Caminando esas calles estrechas sembradas de viejos torreones, conventos e iglesias nos hemos quedado de pie bregando a romper con la mirada el silencio de la hermosa fachada plateresca de la Universidad. Ni el más leve indicio de esa furia gritadora del viejo profesor de griego. ¿Cómo pudo vivir y sufrir tantas ideas apasionadas en esta ciudad-museo? Ninguna voz vino a nuestro auxilio, tal vez sea este silencio lancinante el que nos hace volver una y otra vez a sus palabras:

“Sed perfectos como vuestro Padre que está en los cielos es perfecto, nos dijo Cristo, y semejante ideal de perfección es, sin duda, inasequible. Pero nos puso lo inasequible como meta y término de nuestros esfuerzos”



(1)…Abel Sánchez.

Revista Aleph #7, Manizales julio 1974, pags 21-24. Texto actualizado.

*. Sociólogo.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Gigante indudable. Don Miguel tambien le gustaba envolver. En San Manuel Bueno, mártir decia algo asi como: La vida tiene como fin la muerte, por tanto se nace para morir, lo que hace que la vida en si misma, no sea mas que una larga agonia.

Aun para semejantes figuras la busqueda de la verdad, a menudo, les conduce a la elocuencia. Dejando de lado el proposito de certezas y veracidad acerca de la grandes preguntas. Bueno, asi las cosas yo aun tengo chance de escribir algo interesante y consistente uno de estos dias.

German

Anónimo dijo...

Claro que es que a Germán todos deben parecerle gigantes.

Anónimo dijo...

Ojo, respetable anónimo, el Germán del comentario en el blog es Germán Guzmán, un gran amigo que vive en los Estados Unidos. No se trata de otro Germán, al que seguramente usted dirige el aterrador comentario.

Mario