lunes, 29 de junio de 2009

Carajo


Carlos Ricardo

Uno de mis cuñados lo afirmó premonitoriamente: esos perros Pitbull son asesinos por naturaleza; va a causar una tragedia.
Cuando llegó a nuestro hogar, un lejano día de septiembre de 1997, era una pequeña sabandija, de más barriga que cuerpo, con sólo 29 días de nacido. Llegó en contra de mis deseos, pues un perro era lo menos que esperaba en esos días de intensa actividad académica, crianza de preadolescentes y compromisos laborales e intelectuales.
Pero los preadolescentes pensaban distinto y con la complicidad materna, acomodaron comida y dormida para el recién llegado: la canasta del pan y la lámpara que usaba para leer en las noches, se convirtieron en muelle y calientito colchón para ese Kg de carnes y más de huesos. Los días fueron pasando y rápidamente al mercado semanal, se unieron leches maternizadas de varios tipos y las primeras raciones de “concentrado” materia en la que ahora soy experto en marcas y creo que hasta en sabores.
Los días pasaron y esa “estadía de prueba” se convirtió en apropiación definitiva de todos los espacios: no señor, Carajo no puede dormir en el patio de la casa como cualquiera otro de los suyos. Es de los nuestros y dormirá en la cama con nosotros. Nada más que decir y el cuadro cotidiano, mejor el sonido cotidiano, era el del reconocidamente fuerte batir de cola de los Pitbull, debajo de las cobijas en las camas de los tres adolescentes que se turnaban para tenerlo, aunque en realidad, era él quien se los turnaba.
Lo siguiente de la historia es previsible, pero por ello no menos disfrutado: salidas a cuanto sitio campestre estaba disponible y las historias de la ida a la Bocatoma, a las Siete Cascadas, a la Gruta, a Chupaderos, a Termales y muchos otros sitios, ocupan lugar especial en el anecdotario familiar, por lo que hizo o no hizo Carajo. Fue el compañero envidiable en cuanta aventura se ingeniaron los hijos de la Mansión Escobar Soto y correspondió con creces a la expectativa.
Desarrolló gustos no marcados atávicamente: sus glándulas salivales se deshacían ante un jugoso mango biche o ante una porción de Jamón Serrano. Nunca imaginarían los manchegos que un perro sudaca accedería a sus milenarios secretos culinarios. Adoraba el queso maduro y descaradamente pedía su porción en veladas familiares que ameritaran viandas especiales.
Odiaba los cítricos, junto a su aversión a los labradores, y a la presencia de ratones en su entorno: no descansaba hasta tener al intruso victimado a sus patas, con cara de triunfo y feliz de entregar limpio su territorio.
Como perro que se respete, adoraba la calle y pasaba horas frente a una ventana, babeando como un bendito, tal vez recordando sus excursiones e incursiones, en donde uno a uno y casi siempre en el mismo orden, marcaba los arbustos y arbolitos que encontraba en su camino.
Cuando tuvo edad de merecer, la pregunta era lógica: Carajo tendría hijos o no. Su ancestro por parte de madre era de Barú, una Pitbull de pelea, proveniente de Medellín y rehabilitada en Manizales. Por vía paterna, Lenon un orgulloso y gran macho aportó sus genes, su color y su estampa. Pero dado el tamaño que tenía ya Carajo (pesaba cerca de 40 Kg.) y las diferentes pretendientes que por sus múltiples cicatrices denunciaban su dedicación a las Peleas de Perros, decidimos que no habría descendientes de Carajo, no, ante la posibilidad de entregar sus cachorros para que desadaptados sociales los usaran en pleitos por apuestas. Y allí feneció la posibilidad de hijos de Carajo.
La vida siguió y los años hicieron de los preadolescentes unos señores, muy llenos de responsabilidades de adultos, pero con una ante todo: el bienestar de Carajo. Nada podía interferir en la comida, en la dormida y en las comodidades del perruno integrante de la familia. Sus daños fueron tan pocos, que no había reproches para él. Y cada uno de mis hijos, Doña Martha Inés y yo, entregamos y recibimos el amor que nos daba casi a cambio de nada.
Y vinieron los pocos problemas de salud: era alérgico a las pulgas, por ello, permanecía con su piel libre de cualquier parásito. Supo de las relaciones picantes con las abejas, cuando intentó cazar a una de ellas y como premio tuvo un severo edema en sus labios y los párpados. Un buen veterinario, un antihistamínico y de la abeja sólo el recuerdo.
Recién hace unos pocos años, presentó un cuadro que en mi ignorancia sólo atribuía a humanos masculinos: prostatismo. El tratamiento, afortunadamente sólo para perros: Castración. Después de eso siguió su vida sin afanes y su amor sin restricciones. Y hasta le quedó tiempo para ser mi inspiración en el escrito con el que gané el Concurso de Textos de la Loca de la Casa: Cabalístico.
Pero ya rondando los 12 años de edad, equivalentes a las 9 décadas en un humano, su salud se deterioró de manera rápida. Un linfoma hizo de las suyas y no dejó espacio para tratamiento diferente al amor que le teníamos. La eutanasia lo puso en lo alto de una colina, mirando a la ciudad que lo vio nacer y crecer. En toda la paz posible, con el canto de tucanes y mirlas, sobre la hierba húmeda de la tarde, su vida se apagó, acompañado por los humanos que amo y que le amaron.
Y la premonición de mi cuñado: pues nada. Nunca intentó agredir a un humano. Tal vez lo humanizamos demasiado, pero lo único que hizo con los humanos fue amarlos y cuidarlos.
Era un perro asesino, pero él nunca lo supo y fue más bien un perro, que como dice Alberto Cortez en una de sus canciones,

Era el callejero de las cosas bellas
y se fue con ellas cuando se marchó;
se bebió de golpe todas las estrellas,
se quedó dormido y ya no despertó.

Nos dejó el espacio como testamento,
lleno de nostalgia, lleno de emoción.
Vaga su recuerdo por los sentimientos
para derramarlos en esta canción.

7 comentarios:

Anónimo dijo...

que bellisima nota. tan humana, tan altamente o profundamente sentida. su muerte mirando la ciudad y al lado de los suyos, es decir de aquellos que lo criaron - para que no se vayan enojar, seria mal ej. para Carajo - me conmovió fuertemente.

Anónimo dijo...

Debe tener un color distinto la pierna derecha de Carlos Ricardo, siempre tratando cerrar el paso de Carajo - eternamente curioso- al abrir la puerta de su casa.

Deben estar tristes hasta los ladrones de la masión Escobar - Soto, tan sorprendidos por los recibimientos timidos, infantiles o cariñosos del viejo Carajo.

¿Y...donde está carajo? Preguntó siempre temerosa la visita pensando en el golpe inevitable de la cola...

Mario

Anónimo dijo...

Hola Carlos R. soy Nancy la negrita, de España, me recuerdas no?Bueno pues nada, siento mucho la muerte de Carajo, recordé cuando murió nuestro primer perro "PISPIRIS" después de doce años con nosotros, hacen parte de nuestra vida y duele mucho cuando nos dejan.
UN FRATERNAL ABRAZO PARA TI Y LOS TUYOS.NANCY

Anónimo dijo...

Hombe, Muchacho. Me hiciste recordar a mi perra Sharpei, Daira, muerta hace dos años. Se por lo que estas pasando por carajo (Ojo, no tiene otro sentido, ¿O.K).
Un abrazo grande.
Rodrigo

Anónimo dijo...

Aunque muchos digan: "Para que tener un perro,? si eso es un problema!!!" Solo quienes hemos tenido la fortuna de contar con un compañero tal podemos afirmar que tener "ese perro" no es "un problema" sino que es responsabilidad hacia el otro, flexibilidad para dejarse amar, lamer y ensuciar, aprender a comunicarse en otro lenguaje, disfrutar mas del campo y las caminadas y de la manias de éstos cuando encuentran agua, mariposas, y hasta boñiga, saludos efusivos y nuestra alegria en medio de la noche en que me escogió a mi para dormir.
Carajo, ha de estar en el cielo de los perros con huesos, queso machego, jamon serrano, mango biche y muchas perritas lindas que se babean por ese ejemplar.
M.I. Isaza

Anónimo dijo...

Carajo.
CARAJO, como nos arde el pensamiento y nos ladra el corazón, cuando recordamos el movimiento de tu cola que de una manera inocultable nos gritaba a todos cuanto nos amabas y con el jadeo de tu lengua parecía que querías hablarnos y decirnos no sabemos cuántas cosas.
CARAJO, si hay un cielo para los perros buenos, seguro allá estarás brincando sobre nubes de algodón, tal vez cazando abejas celestiales y con un bello hueso de juguete y de marfil.
CARAJO, como llegaste a TU casa un día y de repente te instalaste y te apoderaste de nuestros sentimientos y ahora no sabemos en qué momento, tal vez en un descuido, te fuiste persiguiendo un ratón, una caricia, un Mathias, una estrella fugaz…
Te seguimos esperando…queriendo y extrañando CARAJO.

CARAJO……….como nos aporrea la vida.

No es una familia, SOMOS MUCHOS.

FAMILIA RESTREPO ESCOBAR.

tatis_riv dijo...

Me hiciste acordar del perro que siempre he querido tener y nunca he tenido, y de los que tuve en mi niñez que mi mama regalo, creyendo que, yo me iba a olvidar de ellos tan facil, los recuerdo y todavia siguen viviendo en mi corazón a pesar del tiempo, te entiendo y lo siento mucho por todos ustedes y por carajo, un abrazote gigante. TATIANA