martes, 19 de mayo de 2009

UN MOMENTO CON DARÍO JARAMILLO




El ascensor de la biblioteca de Andalucía es para tres personas y el volumen corporal de Darío Jaramillo apenas dejaba espacio para una más; entré al ascensor atropellándolo con mi morral de estudiante: ¿Qué piso? Preguntó con su paisa intacto de Santa Rosa de Osos- “E”, le respondí, mientras buscaba alguna frase útil para iniciar una conversación con el escritor y poeta colombiano que un par de días más tarde presentarían como uno de los más grandes de las letras castellanas actuales.

Joseph Roth aconsejaba no hablar con los narradores sobre sus obras, salvo que uno quiera someterse a una sesión interminable de megalomanía, de manera que guardé silencio prudente durante la hora en que escuchamos a los editores relatar sus aventuras financieras y sus quijotadas en medio de un mundo dominado por los pulpos editoriales. Al final nos despedimos con frases colombianas convencionales: hasta luego hombre, chao hermano.

Dos días más tarde nos encontramos en la entrada del teatro Isabel la Católica, Darío Jaramillo apenas podía respirar: “Estas cosas me dan miedo” – dijo- refiriéndose a su participación en la gala de poesía del Hay Festival. No aguanté las ganas y empecé a preguntarle por el Darío Jaramillo del juego del alfiler, por las historias políticas de Cartas Cruzadas, por el viejo fantasma de novela con fantasma, por los poemas de amor. Darío fue respondiendo las preguntas una a una como si se tratara de un juego contra sí mismo: cada respuesta aludía a personajes y situaciones en los que estaba involucrado ese Darío Jaramillo que no es él.

Esa tarde leyó poemas de Amor y de Gatos. “Ojalá no te haga quedar mal”- dijo antes de cojear hasta el escenario

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