viernes, 20 de febrero de 2009

En el lanzamiento del libro Mis Años de Guerra de León Valencia

Universidad de Caldas. 20 de febrero de 2009





Carlos Ricardo





Las imágenes del vídeo evocan algunos de los momentos representativos de los años finales de la década del 60 y los iniciales de los 70: las atrocidades de la Guerra de Viet Nam con sus monjes budistas autoinmolados en las calles de Saigón, la matanza de civiles por las tropas estadounidenses, las bombas de napalm; pero también la emblemática movilización de la muchachada universitaria en parís del 68 que llevó a una imagen del líder chino Mao Tsetung a la fachada de Sorbona. Los Guardias Rojos en tanto, incurrían en todos los excesos conocidos, en defensa de la Revolución china y el experimento de Salvador Allende en Chile, tomaba forma hasta llevar al poder por primera vez, a un presidente socialista por vía electoral. En el 71, John Lenon acompañado de Yoko Ono presentó Imagine, una de sus más celebradas composiciones, por su letra de amor y de pacifismo comprometido con el mundo.


Aunque no pude estar allí, pues aún no vivía en Manizales, en 1969 Pablo Neruda y Matilde Urrutia llenaron el Teatro Los Fundadores en el marco del Primer Festival Latinoamericano de Teatro Universitario. Con ellos Miguel Ángel Asturias y grupos de teatro de nuestra América, inauguraron una serie de eventos que congregaron a las gentes que buscaban sus identidades en el entonces gran estado latinoamericano.


Por esa época, Manizales era un hervidero cultural: se daban cita en sus calles empinadas, poetas, cantantes, pintores y todos los representantes del quehacer intelectual. En los colegios, Gonzalo Arango y su Manifiesto Nadaista del 58, circulaba de mano en mano: Ante empresa de tan grandes proporciones, renunciamos a destruir el orden establecido. Somos impotentes. La aspiración fundamental del nadaismo es desacreditar ese orden. Y vaya si lo desacreditaron: fueron los días de la rebelión estudiantil de secundaria, gestada en un colegio de jesuitas, el San Luis Gonzaga. Desde allí, en el periódico Enlace, Fernando Arias y otros, hacían circular textos que recogían algo de ese nadaísmo con su particular interpretación grecoquimbaya, junto con asomos de la entonces fuerte Teología de la Liberación, que desde la Finca Golconda, se diseminó por el territorio nacional.


Para esa época, en tanto León Valencia trataba de incorporar las duras recomendaciones de su padre sobre el honor y la traición y aprovechaba las enseñanzas de la edición del Quijote que muchos años después debió abandonar en el fragor de la guerra, vivía mis primeros años de actividad política, imberbe entonces y un poco menos ahora, compartiendo aula con Bernardo Alfonso Jaramillo Ossa, jovencísimo estudiante de 4° año de bachillerato en el querido Instituto Manizales. Nos asomábamos, de la mano de los compañeros de la Universidad a esa categoría social supérstite pese a errores y horrores: el movimiento estudiantil. Sentíamos que el cambio del mundo era cosa de poco tiempo y nos preparábamos lo mejor que podíamos. Algunos abrazaron según la orientación de algunas corrientes políticas, la proletarización, es decir, dejaron de ser honrados estudiantes clase media en las universidades y partieron a vincularse a la producción, en fábricas de telas, factorías industriales y los más, en la recolección de café, que requería de abundante mano de obra. Otros, simplemente abordaron la tentación más obvia en un mundo que acababa de ver surgir el LSD, la sicodelia, el movimiento hippie, con Woodstock y su versión criolla en Ancón. El Río de La Miel en La Dorada, veía la llegada de jóvenes y figuras del jet set criollo y de uno que otro político que caían ante las Aguadepanelas espaciales y los cigarrillos de marihuana envueltos en Papel de Arroz de las revistas Pekin Informa, que la propaganda china enviaba generosamente a quien las solicitara.


Eran épocas de gran movilización social, alrededor de la reivindicación de anhelos y necesidades colectivas: los campesinos organizados en la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC) realizaron sus congresos y especialmente el III que marcó distancias con el origen gobiernista de la organización, épocas de huelgas de sectores fabriles y de la producción, Ecopetrol, Riopaila, la textilera Única en Manizales, a cuyos obreros acompañamos en todo el proceso. Y aún, nos quedaban ánimos para el arte, el cine, la literatura, el infaltable teatro, también nos enamoramos y nos quedaba tiempo para una rumba ascéptica, en donde los cánones políticos excluían algo más embriagante que los ojos de la mujer que amábamos.


Y bueno, también teníamos algunas gratificaciones especiales, sobre todo cuando la insigne investigadora Mary Quant, luego de sesudos estudios de anatomía comparada y de milimétricos cortes de trozos de dobladillo, descubrió que eliminando cuando menos 15 centímetros a las formales faldas de las abuelas de los años 50, conseguía un efecto pasmoso en sus nietas y en quienes les rodeábamos: la minifalda. De ahora en adelante, el paisaje se llenó de motivadoras visiones y de fuente de inspiración para los adolescentes y jóvenes de la época.


En ese entorno de actividad en todos los órdenes, León Valencia nos ofrece una crónica que evoca, llena, pregunta y responde al lector, sobre los sucesos de nuestro país y de paso, precisa los desarrollos de algunos de los países que vivían la efervescencia de los cambios políticos. La aparición de figuras queridas para la mayor parte de los colombianos, con Hector Abad Gómez quien de la mano de la historia, mostró caminos de dignidad aún en el momento supremo de su ignominiosa muerte; nombres simbólicos como el de Fayad, organizaciones entrecruzadas que conocimos, aceptamos, criticamos o temimos. Todo el libro lleva y trae al lector a una Colombia conocida pero ignorada oficialmente.


Sin temor a equivocarme, puedo decir que el libro Mis años de Guerra es ante todo una historia de amor: amor por sí mismo, amor por las mujeres en su vida, amor por los hijos, amor por los campesinos humildes primero de Antioquia y luego de tantos sitios recorridos en la actividad política y luego de amor por los amigos, compañeros y camaradas que le acompañaron en la entrada al ELN y luego en su salida. En fin, de amor por vivir y por entregar todo los personal, en nombre de un gran amor por Colombia, por los colombianos y por su futuro.

Como lo expresa un pendón presentado una marcha convocada por la Corporación Nuevo Arco Iris de la cual participa León, Ninguna Guerra gana la paz. Eso, después de tantos años de violencia, dolor, desapariciones e infamias, lo conocemos casi todos los colombianos.

La responsabilidad de contar algo del Libro de León Valencia ha sido más bien un gusto: el gusto de evocar, de recordar momentos, amigos vivos y desaparecidos, de volver a sentir el temblor en el espíritu y el cuerpo al correr de los gases y los bolillos en una manifestación estudiantil y recordar las lágrimas adolescentes que corrían escuchando aquel 11 de septiembre de 1973 a la 1 de la tarde en la cafetería de la Universidad, la transmisión gangosa en la radio de los pormenores del Golpe de Estado en Chile.

Gracias León por su postura digna, por su trabajo generoso por la paz de la próxima generación de colombianos y por dejarnos vivir y revivir en las 286 páginas de su libro, los años dorados, los años de sangre y ahora, los años esperanzados que todos queremos y compartimos.

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