miércoles, 21 de enero de 2009

Violeta Parra de Chile...


Carlos Ricardo



En frente del Palacio de la Moneda, oyendo el motor del bombardero que impactó en la oficina de Allende el 11 de septiembre, me llené de recuerdos y de tristezas. Un imponente edificio blanco, simétrico, con inusual soledad en ese viernes de diciembre.

Era imposible no evocar las palabras finales de la proclama del Presidente chileno: Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse, sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor.
Vinieron a mi escena Víctor Jara y tantos otros que no sobrevivieron y muchos de los que sobrevivieron. Me pareció ver por Plaza, caminara muchos chilenos y chilenas que vivieron la ignominia del generalato.
En un costado de la Plaza, un atractivo cartel obligaba a internarse en una escalera que descendía a un subterráneo: anunciaba la Muestra de Frida Kalho y Diego Rivera. La clásica imagen de la pintora no dejaba dudas sobre lo que debería seguir en el paseo por ese Santiago tempranero.



Y ya en el Centro Cultural del Palacio de la Moneda, se ofrecían otros regalos: una exposición permanente de Arte del Pueblo Mapuche y otra de pinturas de Violeta Parra. La muestra Mapuche, con el preciosismo de los pueblos aborígenes, entregaba al visitante el riquísimo mundo social y espiritual de una población arrinconada por los terratenientes que se han apropiado de sus tierras. Algunos días después, en un mercado artesanal de San Telmo en Buenos aires, repetí la dosis de Mapuches, contemplando las fotografías que un colombiano errante, por supuesto antioqueño, había tomado en tierras mapuches y exhibía a los posibles compradores.

Al salir de la sala quedaron en recuerdo palabras sonoras: nguillatún,gvnechen, rewe...



En la siguiente Sala, al son de las conocidas canciones de La viola chilensis, el recorrido sumergía en una faceta, poco conocida por estos lares: viola pintora. Un grupo de lienzos, según las anotaciones, surgidos de recuerdos de la niñez de la chilena, con evocaciones a las escenas cotidianas de la vida comarcana: velorios, juegos infantiles, símbolos de la religiosidad pueblerina y juguetonas representaciones de la rica vida de entonces.
Cuadros con perturbadoras escenas, como el cuerpo de un vecino velado sobre la cama de su alcoba, obligaban a pensar en soledades. Pero a su lado, un gran lienzo, el Cristo en Bikini, movía a compartir la picardía de su autora. El recorrido finalizó con una serie de esculturas, de temas diversos, que en nada compaginan con el atormentado final de la vida de la cantora.




Y luego, a palabra gruesas: Frida y Diego: recorrido por la vida de El elefante y La Paloma. Sus cartas de amor y de desamor, sus fotografías, sus ropas, sus pinturas y algo del mobiliario de sus espacios. Las infaltables fotografías con Lev Davidovich, los recuerdos en Nueva York...







En fin, luego de una mañana, salí con la sensación de haber recorrido tanto, que ahora, organizando recuerdos e imágenes, no puedo dejar de recordar la letra y la música de Maldigo del alto cielo, en voz de Viola cantora.
Ya estaba preparado para entrar en Isla Negra y llenarme de Neruda....

1 comentario:

Anónimo dijo...

Cr, bacano el relato lleno de descripciones, miradas, comparaciones y nostalgias...