sábado, 17 de enero de 2009

EL AGUACATE

Por Mónica Vélez


El aguacate, buen manjar para acompañar el sancocho, los frijoles, la arepa, mascarillas para el pelo. De venta en todas las esquinas, suben y bajan de precio y produce grasa de la buena. Recuerdo que la mancha del aguacate la utilizábamos para marcar el nombre de la traga en el colegio, imborrable y esto nos aseguraba amor eterno.

El aguacate, tema musical del sur “…ven a calmar mis males, …no seas tan inconstante”. Canción solicitada en las fondas interpretada por los tríos que circulan en las noches para los enamorados y entusados.

El aguacate, barrio de Manizales, a propósito muy cerca de la estación de policía en Fátima…espacio laberíntico como algunas de las bibliotecas que describía Borges, donde existen sorpresas literarias, pero los laberintos del barrio también llenos de sorpresas, de cuartos alquilados para consumir basuco vendido o cambiado por la dueña doña fulana. Esta fulana recibe celulares por 2000 pesos, tenis, chaquetas, mp3 y demás objetos que posea un joven desesperado y ansioso con depresión a bordo por consumir o en estado de síndrome de abstinencia que, entre otras, la fulana cuando éstos no tienen objetos ni dinero, les recomienda tomar una pasta de fósforocerebral o que busquen novia para que dejen ese vicio tan pendejo, o, en su defecto que, consigan dinero aunque sea robando para la papeleta que solo vale 500 pesos, pero ese vicio no es de 5 papeletas ni de 15, este vicio es continuo porque sus efectos duran 15 minutos y a soplar de nuevo. En ese estado quedan desfigurados, ojos brotados, cuerpo torcido, los huesos a la vista, resentidos, agresivos, mal olientes, incoherentes con la convicción de que son Dios sin voluntad para volver a lo terrenal.

Alguna vez hice un trabajo de campo sobre los objetos que venden en la galería, también llamado el mercado de las pulgas con objetos muy particulares y extraños. El trabajo se refería a la estética del kitsch que con gran admiración elaboré. Después de varios años, acosada ya no por la curiosidad respecto a estos objetos sino por la necesidad, descubrí que la dueña es doña fulana la del Aguacate y descubro a una gran expendedora, generadora y mimosa con aquellos jóvenes, especialmente, profesionales que cayeron en ese mal. También están los reducidores y prestamistas del mismo barrio, inclusive prestan dinero por los documentos para que queden sin identificación y no puedan salir de manera fácil del Aguacate donde se ha construido una gran empresa de objetos que van a parar a la galería. Estos jóvenes sin comida, durmiendo en la tierra, sin aseo recurren a los basureros a recoger cualquier objeto que, en su estado de locura e irrealidad producida por el basuco, ven en estos objetos (carteras viejas, correas dañadas, billeteras, teteros, ollas, etc.,) el más precioso tesoro para entregar a doña fulana por una papeleta. A partir de esto, me inquieté por los recicladores que pasan por mi cuadra, todos éstos son del aguacate y basuqueros con la misma historia de mi hijo.

Resolví ir al Aguacate en compañía del papá de otro de los jóvenes que también está atrapado, gracias al vicio y gestos -dicen ellos- de humanismo respecto a la situación de los habitantes menores de allá que viven en el vicio. Hicimos el recorrido, los campaneros avisaron que había visita y de todas las pequeñas ventanas asomaban las cabezas de miradas locas y perdidas como aquellos personajes de Bruegel . Casas sin paredes con el sanitario y colchón a la deriva, laberintos y cuartuchos semejantes a los del barrio chino para el consumo de opio. Los de menos vergüenza consumían en presencia nuestra de una manera desafiante, para ellos un paraíso y para nosotros, el infierno mismo. No sabíamos qué hacer y cómo comunicarnos, éramos escalas abajo, arriba, a los lados, alternas sin dejar de observar también cada detalle de arquitectura y diseño del lugar.

Narrar todos los detalles de dicho viaje, considero que merece más de un escrito, es por ello que, continuaré con las reflexiones arrojadas después de la visita.

Se han hecho denuncias en espacios competentes con el problema, se han dado todos los datos, nombres, direcciones y hasta el momento, la policía actúa tomando represalias físicas y duras contra los consumidores sin que éstos en su estado de locura capten lo que pasa. Los expendedores quedan intactos y los consumidores golpeados en el piso. Misión cumplida. Podríamos llamar a esto: falso positivo como fenómeno de nuestra época?

Una marcha como tantas en el país propuse. Nueve madres con carteleras recorriendo el Aguacate, pacíficas y con buenos textos. En medio de la locura, risas, miedos, resolvimos ir, ya todo estaba planeado, dos policías y un periodista infiltrados como en las películas eran los invitados, no obstante, los esposos más aterrizados convencieron a algunas de las mamás bajo el argumento de peligro, peligro, que quedábamos fichadas y de seguro sicario a bordo. Total, se me salieron del plan ocho de las nueve y quede sola. Se abortó este proyecto y enseguida como si todavía estuviera el plan, llamé al CTI antidrogas, me identifiqué y les dije sobre la marcha que haríamos para el sábado 17 de enero a las 2 p.m. en el barrio el Aguacate en vista de que por los medios legales no habíamos logrado nada. La respuesta de ellos inicialmente fue: “Que nos ganamos con cerrar esa olla si los jóvenes buscan otra” Pensé, no me dejan fumar adentro, pues lo hago afuera. Sin embargo, el problema es diferente, yo sigo siendo funcional, racionalizo y me comporto en una sociedad aunque fume. Ante esta respuesta, me limité a decirles que, mientras que encontraban otro espacio y fueran aceptados en otra olla, porque no es fácil para ellos comprar y consumir en el mismo lugar, puesto que, en nuestras casas no lo pueden hacer y ese espacio se les convierte en la familia como es en el Aguacate asistidos por doña fulana y sus secuaces, podría existir una lejana esperanza para los hijos y para nosotras al versen desprotegidos de ese espacio y que, posiblemente, pidieran ayuda a sus familias y resolvieran rehabilitarse. A propósito de rehabilitarse, un tiempo atrás tuve una inquietud respecto al programa de Maestría Culturas y Drogas. Se que los estudiantes las prueban para comprobar los efectos, cuentan sus experiencias y producen sus textos, analizan el origen y naturaleza de la droga, la cultura competente de la misma y se adquiere mucho conocimiento. Me pregunto, para qué ese conocimiento. Creo que un buen trabajo de campo en este lugar teniendo en cuenta que es la olla más grande de la ciudad con todos los servicios podría enriquecer su producción académica y sensibilizarse ante un problema real, social y oculto dentro de la sociedad. Las mamás nos avergonzamos al tener hijos en este estado, los escondemos como si fueran leprosos por temor a la sociedad, al rechazo, de que no consigan trabajo, de que no crean en ellos.
No estoy segura si este escrito se manifiesta como una denuncia, una catarsis, una experiencia o un grito desesperado, y para terminar, los del CTI dijeron que no fuéramos por allá porque nos podrían matar fácilmente…

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Mónica querida. Duele hasta la médula. Lo que relatas es -sobre todo- el testimonio de tu valentía.

Mario

Anónimo dijo...

Mónica, muchacha valiente: me faltan las palabras y de verdad quisiera estar más cercana. Decirte con el corazón que no estás sola, que algo debemos hacer porque estoy convencida de que los hijos y las hijas deben recibir el amor y el compromiso de todos y todas.
Hace muchos años acompañaba a Teresita Gómez, de lejos la pianista más sensible de este país, ha buscar a su hijo Vladimir en la calle de cartucho en Bogotá...como lo dices es ir al infierno, es comprobar la misera humana -la de menos es la de quienes consumen, sobre todo la de los "jíbaros-, es sentir el alma y las manos impotentes.. .pero hay que actuar. Creo que de esta persistencia, de esta "operación sirirí" a las que somos tan dadas las mujeres, surgió poco a poco el plan de recuperación de la calle del cartucho, que efectivamente contribuye a que la llaga brote en otro sitio pero que también contribuyó a visibilizar lo que nadie quería ver, a que aparecieran más personas y organizaciones que se responsabilizaran del tema y estoy segura de que es algo en lo que se debe insistir.
Conozco en Medellín a dos médicos bioenérgeticos, maravillosos seres, por si de pronto tu hijo quiere mirar una lucecita: se llaman María Eugenia Villegas y Jorge Vega. No tengo los datos pero deben estar en el directorio.
Seguiré pensando, mientras recibe una mano, un hombro, un oído, un latido y una neurona para estar con vos, Yayo

Anónimo dijo...

Mónica, no se que decirte.Sólo alcanzo a ofrecerte mi hombro para que en él te apuntales y sigas con migo, ahí a tu lado, en las batallas que vienen, y que tendremos que dar todos a una.
Te doy el abrazo que nunca había dado.
Rodrigo

Anónimo dijo...

Te acompaño

CREO

Anónimo dijo...

monique,
tenaz tu relato de madre y de ciudadana tan impotente, tan adolorida por la experiencia, sin puertas abiertas. en una palabra tan sola. para esta dolencia social no se ha inventado el remedio ni los procedimientos, un poco a la topa tolondra, tocando las buenas voluntades, uniendo brazos y hombros y abrazos, haciendo ramos de gritos y de lagrimas.

seguir buscando soluciones alternativas y no desmayar Monica, por nada del mundo.

te acompàño y tambien lloro contigo por tu hijo,

oscaro.