jueves, 15 de enero de 2009

ALBERTO EL FILÓSOFO.


Universidad Católica. Santiago de Chile.

Fotografía Carlos Ricardo



CUENTO, II CONCURSO NACIONAL SENA.

OSCAR ROBLEDO HOYOS. *

Cuando estudiábamos filosofía había, entre los condiscípulos uno muy particular por lo extravagante. No era ni mucho menos por lo flaco, alto o pálido. Era su seguridad personal en medio del absurdo. Todo lo veía de manera relativa, tal vez la poca importancia que nos prestaba, era lo que en definitiva irritaba nuestros nervios. En el fondo lo animaba un profundo desprecio por el presente y un desarraigo por las cosas y las personas.

Cavilábamos todos sociológicamente sobre su ancestro campesino, la influencia de esos silencios que se ciernen sobre la vida en los atardeceres del campo y que de descender tanto, van apachurrando las cosas hasta el punto de hacerlas desaparecer. ¡Pero qué!, eran puras divagaciones nuestras, manera sutiles de eludirlo o mas bien, un solapado mecanismo de defensa.

Lo cierto del caso es que sobre la gran terraza del seminario lo veíamos disertar a solas…. Se paraba de pronto como sobrecogido por una claridad inesperada, extendía sus manos al vacio y parecía que separara meticulosamente las esencias, las definiciones, las diferentes “Quidditas” de los seres y las cosas. Su mirada se hacia profunda porque se perdía en la atmósfera y transcendía como un pájaro el entorno y el entonces. Al fin y al cabo ese era un mundo más vital que el que nosotros le pudiéramos dispensar! Nos disgustábamos y rabiábamos porque no alcanzábamos a comprender el porque se sentía tan feliz cuando todo alrededor nos parecía aire, sutilezas, pose. Si, tal vez nos parecía un farsante que nos quería introducir en su mundo irreal para burlarse manera más contundente de nosotros.

Así las cosa, nos propusimos acecharlo mas de cerca. Nos hacíamos relevos. En una ocasión casi se cae del salto que dio: “Te pillé,,,, te pillé… te pillé sinvergüenza”, gritaba. Otro día dio tres o cuatro vueltas inmerso en una gran tristeza…. Volvió a su celda sin proferir palabra. En otra ocasión no acertó a entrar en disquisición con sus compañeros y su rostro se distorsionó en mil muecas incomprensibles.

Finalmente un día que volvimos al eterno problema de los Universales que hasta muertes produjo entre los estudiantes de La Sorbona, cuando los repasábamos en el salón de clase y cuando ya los teníamos encasillados en un hermoso cuadro sinóptico final descubrí que en realidad faltaba uno. Si, era uno el faltante. El resto de compañeros fingían ignorar su ausencia. ¡No serían tan tontos como para no notarlo! A mi francamente me parecía sencillamente, ¡Desconcertante! Uno por uno fui revisando mis compañeros. Nada. Todos estaban como hipnotizados mirando al maestro. ¡Increíble!. Ya iba a desistir de la pesquisa y un sentimiento de soledad y cansancio me embargaba de manera incipiente cuando detuve la mirada en Alberto, el flaco aquel que les comentaba al principio, el abstraído de siempre. Sorpresivamente volvió su cara hacia mí, me miro fijamente a los ojos, hizo un gesto con su mano derecha, chasqueó los dedos estruendosamente y sin pronunciar una palabra, como sorprendido por un rapto momentáneo de inspiración metafísica, se levantó de su asiento, se vino lentamente hacia mí, se me acercó y me dijo pausadamente al oído:

“Ajá…. ¿Con que tu también te diste cuenta de su falta?”

*Sociólogo.

1 comentario:

Anónimo dijo...

En la Universidad de Antioquia,yo tuve un Alberto como el de tu cuento, sólo que el no era un estudiante, era el profesor.
Felicitaciones,- no quiero parecerme al «Cuenta Huesos», pero Buenísimo, buenísimo.
Rodrigo

9:44 AM