sábado, 9 de agosto de 2008

La cometa


Carlos Ricardo






Corría un año de los anteriores y el mundo corría con él. Camilo Torres aún era Párroco de la Universidad Nacional y pasaba entre las obligaciones del sacerdocio y sus claras inclinaciones de líder social. El iluminado de Palacio en su Medellín bucólico, ya era amigo de los Ochoa (pero no tan amigo aún…). Sus días pasaban entre las sorpresas de “El Camino”, texto de Monseñor José María Escrivá y los coqueteos con el Marxismo Leninismo Maoismo. Al final, el hijo de Antioquia y posterior dueño del El Ubérrimo entendió que el mundo era más de los Ochoa, de los Escrivá y de otros que estaba por conocer mejor, entre ellos José Obdulio, que lejos estaba de intuir que sería promotor de Firmes y luego asesor de alma y cuerpo, del Ungido.
En un tranquilo barrio de Bogotá, cuando apenas frisaba los 12 años, decidí que era tiempo de buscarme novia. Vivía al lado de un colegio femenino y todos los días al llegar de mi colegio, tomaba la ventana del cuarto de mis padres como tribuna, clasificando al personal que presuroso salía rumbo a sus casas.
En la clasificación de las niñas primaban detalles superfluos: cómo llevaba la falda escolar, si hablaba suavemente o vociferaba como marchanta de la Plaza de Mercado, si tenía o no asomos de prominencias y redondeces…
Pero desde un principio mi atención se dirigió hacia una pelirroja que destacaba entre las otras pelinegras: cantaba y bailaba la música de la Nueva Ola, se sabía varias de los Beatles (creo que una era Yellow Submarine) y era muy visible entre las demás.
La operación la monté con el máximo cuidado y se inició el asedio una tarde en que no tenía clase. Primero puse la Radiola a todo volumen, con un Long Play de Rafael de España y Todos sus Éxitos. Luego, me peiné bien, le robé unas gotas de Loción Pino Silvestre a mi padre y me ubiqué en la ventana para ver pasar a las niñas y a esperar a Clara Elena: ya le sabía hasta el nombre a mi objetivo.
Y apareció con sus compañeras. Tosí con fuerza para llamarle la atención y ella ¡miró hacia mi ventana! Lo único que se me ocurrió fue guiñarle un ojo repetidamente. Ella miró a sus compañeras y formaron un pequeño corrillo muy deliberante. Luego se acercó a mi ventana y me dijo:
-Niño, ¿usted no tiene un hermano mayor?
Ya lo de niño era alarmante, porque ni siquiera había captado la loción de hombre que le había sustraído a mi papá. Pero sacando fuerzas de donde pude le dije engrosando la voz.
-¡Yo soy el mayor!
Luego simplemente me miró y no dijo más. No entendí y aún no entiendo lo de “ un hermano mayor” y no es tiempo de aclararlo ya.
Al día siguiente inicié el Plan B: haría una cometa. ¡Pero bien resistente! Conseguí tres listones gruesos y los amarré con cabuya de la más fuerte que encontré. Hice varias lazadas centrales para abarcar el grueso nudo de maderos que se unían en el centro. Con buena cabuya hice el armazón hexagonal de la cometa y separé varias corbatas viejas para hacerle la cola. Con engrudo pegué tres pliegos de papel fuerte, para que fuera más resistente: en la estratosfera los vientos debían ser muy fuertes y no era cosa de que se rompiera por ahorrar papel….
Cuando terminé ese mi primer diseño, el resultado era asimétrico, antiestético, pesado y todo lo contrario de lo deseable para el grácil vuelo que soñaba. Pero había que probarlo y salí al parque del frente de mi casa. El peso era notorio y ninguna de las técnicas reconocidas para hacerla volar daba resultado. Entonces recurrí al recurso extremo: llamé a uno de mis amigos de juegos y le pedí que se alejara con ella, para recuperar hilo (cabuya) rápidamente y así hacerla elevar. Cuando había caminado unos pocos pasos, se lanzó al piso en medio de carcajadas. No entendía que pasaba y le pregunté:
-Pendejo, con razón no vuela: tiene los vientos y los templetes al lado contrario.
¡Ni con los vientos del Ciclón Katrina habría volado esa cometa!
Esa noche tomé la decisión: me haría piloto….


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Aún sigues enamorado muchacho. Dos veces nos has contado acerca de la ventana y los discos de tu papá. No llegaste a piloto pero sigues en las nubes por esa sardina. ¡Ah, el amor!
Rodrigo

Anónimo dijo...

Lo imagino cada mañana asomado a la ventana, subiendo el volúmen del tocadiscos a la hora del recreo y la salida del colegio... esperándola con toda la discografía de Serrat...

Buen viaje.

Mario