jueves, 12 de junio de 2008

¿ES MANIZALES UNA CIUDAD?


Fotografía de Carlos Ricardo Escobar

Mario Hernán López

Recuerdo que hace algunos años el escritor Adalberto Agudelo Duque hizo una invitación pública para discutir si Manizales es o no una ciudad. Esa misma invitación la hicieron recientemente narradores cómo Darío Ángel - en su novela La hora del Ángelus - y Jaime Echeverri en Corte Final. Ambos relatos están cargados de frases irónicas, de caricaturas que revelan el carácter y el talante de una ciudad en la que todavía se habla, en algunos lugares, de blancos y negros, de carangas resucitadas, de sitios escriturados para algunos apellidos como si se tratara de una sociedad conformada por dinastías o castas.

Como se sabe, las ciudades son mucho más que un entramado de calles, edificios, redes, organizaciones y servicios públicos que requieren de una racionalidad burocrática para planificarlas y gestionarlas. Las ciudades son territorios, lugares para ser habitados (el habitar es la manera cómo los mortales son en la tierra, dice Heidegger). Más allá de una definición de la ciudad como centro económico, de escenario para la producción y la reproducción, la ciudad es, en esencia, un lugar en el que suceden las historias públicas, privadas y secretas; en el que hombres y mujeres construyen su personalidad a la manera de una impronta diferenciadora que le otorga variedad, diversidad y color a la vida en común.

Los maestros y profesores podemos anunciarles a los jóvenes que la ciudad es un lugar propicio para desatar una experiencia vital como sujetos; la ciudad es clave en la gestación de proyectos políticos basados en propósitos ciudadanos - capaces de contrarrestar toda forma de discriminación en las decisiones públicas -. Si Manizales es una ciudad, entonces debe asumirse como un territorio para desatar la autonomía y hacer uso de la libertad.

A principios de este año, dos estudiantes del colegio Leonardo Da Vinci interpusieron una tutela por el libre derecho al desarrollo de la personalidad; dice la prensa que al regresar al Colegio las dos jóvenes fueron recibidas por cuatrocientos estudiantes gritando ¡no las queremos!, en un acto de presunta defensa de la moral del establecimiento educativo. “No queremos que crean que somos un colegio de puras lesbianas”, dijo una estudiante ante las cámaras de los noticieros. Por su parte, la rectora del colegio, se declaró atropellada en su autoridad y autonomía, sin considerar que allí se estaba configurando una violación al derecho a la dignidad y a la educación, y emergían simultáneamente la intolerancia y la homofobia; con este gesto el colegio puso en entredicho el sentido de su proyecto educativo.

Transformar el suceso del colegio Leonardo Da Vinci en asunto de debate público, es lo mínimo que debe hacerse por parte de los académicos, las organizaciones sociales y las autoridades públicas; el suceso amerita el abordaje del tema de la diversidad sexual en los contextos educativos; así como otros asuntos que contribuyan a romper con la artificialidad de la educación que se imparte en los establecimientos; se necesita abordar temas como la relación entre el aprendizaje y el pensamiento crítico, la relación de la educación formal con lo bello, la adquisición y el intercambio de saberes, las conexiones con lo otro, lo diferente, lo diverso, y trabajar en la formulación local de políticas públicas educativas orientadas a contrarrestar la homofobia y la intolerancia.

El suceso del Leonardo Da Vinci activó todas las alarmas, nos está interrogando acerca de la orientación educativa y sus efectos en materia social, cultural y política, y sirve de ocasión para citar una frase del escritor Jaime Echeverri: “Manizales es centro móvil de contorno difuso, sin comienzo ni fin, mapa de gas donde el tiempo se detuvo, dejando a la ciudad suspendida en el aire” .

1 comentario:

Anónimo dijo...

Sin disminuir la representatividad que una rectora y sus docentes asesores tienen en la alevosía defendida por ellos con manipulación directa de sus inexpertas estudiantes para el ataque premeditado a su compañeras, es más claro ejemplo de no ciudad, si de pueblo, el ataque por homosexualidad de un Arzobispo a uno que habiendo sido su obediente servidor, fue expulsado en lecho de muerte de la uniforme pureza de alma comprobada que deben tener sus habitantes; además del reto desde el palacio arzobispal a la justicia pecadora y pequeña de los humanos.