miércoles, 11 de junio de 2008

Del desprestigio de la razón en tanto discurso autónomo





En el terreno académico la distinción entre el conocimiento a priori y el conocimiento empírico es de beneficio estrictamente racional y por ello científico, en tanto proporciona elementos de comprensión que derivan en afirmaciones y determinaciones útiles al desarrollo del pensamiento, en términos generales y —en ocasiones dramáticas— como me propongo probarlo, en detrimento de las libertades publicas y de los derechos políticos, entre otros. ¿Puede entonces la razón en este sentido, contribuir dolosamente a la expansión del poder dominante irracional? Vaya paradoja, vaya disonancia cognitiva. Intentemos pues, develarla un poco, en conjeturas así:


Uno: La filosofía occidental se ha nutrido de múltiples discusiones entre uno y otro concepto (a priori y empírico) sobre el alcance del conocimiento humano, con afirmaciones como “no hay efecto sin causa”, “todos los cuerpos son pesados” o incluso, desde las proposiciones matemáticas. Esta tendencia pretende demostrar cuál y en que forma uno (a priori, en adelante Ap) es indispensable al otro (empírico, en adelante Emp) entorno de sí mismo o producto de aquel. En otras palabras: cómo si el conocimiento comienza con la experiencia, no procede todo de ella y cómo Ap y Emp operan o se mueven “entre los sentidos”.


Dos: Se afirma que la experiencia (empirismo) nunca otorga a sus juicios una universalidad verdadera o estricta, sino simplemente supuesta o comparativa (inducción). Por tal, si se piensa un juicio con estricta universalidad, es válido únicamente a priori, no como resultado de la experiencia, es decir que en este juicio no intervienen para nada los sentimientos. En ese contexto se plantea que los conocimientos que traspasan el mundo de los sentidos desarrollan investigación y avanzan en lo científico. Es lo que denominan razón pura cuyos problemas esenciales son: dios, la libertad y la inmortalidad, y su espacio de resolución metafísica.


En tal contexto, las pruebas del poder de la razón no se han hecho esperar y desde las matemáticas, para no citar sino un ejemplo, demuestran contundentemente lo ilimitado del conocimiento a priori, que prescinde de la experiencia. El mundo entonces devino dividir y sumar como elementos constitutivos del poder al servicio de unos pocos, luego sociedades dominantes. Desde ese “conocimiento” las preguntas flotan en la historiografía de los Estados y de los pueblos, como cadáveres sin dolientes: ¿es la suma igual al total de sus partes? Habrá que preguntar a los destripadores puestos en el aeropuerto de CATAM rumbo al tío Sam ¿La división genera como producto infame los reinos injustos del poder de los imperios? Reenviar al todopoderoso que repite gobierno a toda costa.


Tales sumas demuestran la vulnerabilidad de quienes sirven a esos propósitos injustos. Aprender las matemáticas demandó al mundo civilizado poseedor de la economía, la dominación de las comunidades vulnerables, los descamisados; en beneficio propio y no común. ¿De que sirve aprender a sumar si no se tienen los medios autonómicos para elevar los índices de dignidad humana?


Desde otro punto de vista, las matemáticas cumplen un papel primordial en las sociedades, independientemente de si se tiene o no posibilidad de asirlas para el beneficio personal desde el punto de vista eminentemente económico o financiero. También el ser humano que no sirve al sistema bancario creció con el descubrimiento de las matemáticas. Pudo entender que sumar es importante en tanto instrumento de crecimiento, de interpretación holística o integral. Comprendió que uno más uno podía ser igual a tres, cuatro, colectivo: Estado y materialización real de oportunidades.


Entendimos con las matemáticas que el orden de los factores no altera el producto, es decir que si la meta es el desarrollo humano, no importa si se empieza por la ley o por las políticas, si se logra trascender al humanismo.


Pero también el conocimiento se extendió hasta los confines de la arrogancia humana que “todo lo puede”, de la vanidad que todo lo corroe, de la ambición que todo lo olvida desafiando incluso la naturaleza y demostrando como la razón se imponía sobre el universo conocido: Guerras, barbarie, genocidios, violación de principios y de reglas2.


Esta realidad conduce a la afirmación de que la razón no es un discurso autónomo, es decir, no se basta a sí misma para explicar los fenómenos sociales y políticos, su firmeza comenzó el declive autonómico como discurso a partir de la segunda guerra mundial, suceso en el que se demostró como la razón único criterio válido entraba en la esfera del desprestigio al apalancar procesos barbáricos y de exterminio de la especie. ¿No era una razón pura y suficiente la “macabra invención” de una raza superior para dominar el mundo conocido? ¿No es razón pura la que esgrimen los estados totalitarios como su razón de Estado, incontrovertible y suficiente por sí misma?


Sin embargo lo que parecía una panacea para los innumerables conflictos del mundo en poder de la razón, a partir del siglo XVI con la aparición del iluminismo y la ilustración, se ha venido abajo 400 años después y en desprestigio por su ineficacia – otra paradoja – en la construcción de convivencia base del desarrollo humano político, social, cultural, económico y científico de los pueblos.


La razón tantas veces aplaudida, venerada —deificada: Ratio— e incluso impuesta como determinación al servicio del poder, no fue suficiente para evitar la debacle humana a la que asistimos. ¿Cuál la utilidad de la razón entonces? ¿Cómo escindirla de la sensación, es decir de la intuición, de lo que nos produce felicidad en suma, o tal vez tristeza para alcanzar la dimensión de lo humano?


No cabe duda que la razón en boca de Platón y de Aristóteles, retomada luego por Kelsen y otros pensadores del siglo pasado, contribuyó a la estructura de la teoría pura del derecho y del normativismo —tan de moda en tiempos de concepción imperial del estado3— defendida incluso con emotividad (contradicción) sin límites por destacados juristas4, jueces como Cayo5, Cortes como la Suprema6 en épocas de incomprensión sobre el carácter de la supremacía de la constitución como norma vinculante del ordenamiento jurídico.


Y las preguntas de nuevo se levantan en muros divisorios del entendimiento humano: ¿cómo dividir lo que la evolución ha unido en sustancia corpórea capaz de amar y de matar con la misma razón? ¿Existe otro tipo de razón que convierta el genocidio en producto de la sinrazón? ¿Puede imponerse la razón como única esencia de lo humano, es decir como opción empírica que prescinde del a priori?


No parece ofrecernos respuestas contundentes la historia y, al respecto, la praxis social es demoledoramente contundente. La misma razón investigativa demuestra sin duda nuestra contradicción permanente: la estupidez humana no tiene límites y con el poder totalizante ¿razonable? comparten el mismo destino: el auto-exterminio.


Razón y sentimiento son pues resultados de un devenir histórico que merece otras miradas en las que se reconozca la otredad, la textura abierta de la sociedad como resultado axiomático de la vida humana, sin lo cual, la razón es tan inútil como un mensaje papal en medio de cohetes asesinos de poderes imperiales, que amenazan desde todos los puntos cardinales.


* Carlos Arturo Gallego Marín



1

2 Para una mayor ampliación de esta temática véase “el derecho dúctil” de Gustavo Zagrebelski.

3 Como en épocas de la expansión de Roma.

4 Véase “el defensor de la constitución” de Karl Smitt

5 “La definición del derecho”, ejercicio en un caso “ficticio” del juicio de Nuremberg, efectuado a los criminales de guerra del Tercer Reich. Véase Carlos Santiago Nino en: Introducción al análisis del Derecho, Editorial Ariel. S.A., edición en español 1983 y 2001.

6 Corte Suprema de Justicia en Colombia:

4 comentarios:

Anónimo dijo...

En el curso de unas cinco o seis décadas, hemos visto acentuarse y proliferar, hasta el extremo de constituirse en un virus o en una suerte del imperialismo de la cultura, una estilística de la reflexión y del discurso que modaliza también una operación de confusión y de trans-codificación de aquello que ya sólo pertenece ambiguamente al relato de la cultura, de la política, de la historia, de la filosofía. Esta interpretación que asombra y trastorna con una extraña inspiración el medio intelectual universitario, determina un movimiento emancipador de deslegitimación del status quo, de derribamiento de la razón oficial, de desconstrucción de la función narrativa de la modernidad.

En la gran disputa filosófica entre el entendimiento y la experiencia (a priori - a posteriori), sin duda, los ingredientes de la estupidez, de la dualidad de la razón, de la afección no encontraron los límites.

Mónica

Anónimo dijo...

al que le den con esto en la cabeza, lo matan.

Anónimo dijo...

Carlos Arturo supera las contemplaciones políticas a las nos había acostumbrado por una década, ahora acude a la filosofía para explorar temas que bien merecen un par de rones.

saludos

Mario

Pablo R. Arango dijo...

Me apunto para los rones. Lo de a priori y a posteriori lo dejo para posteriori.