sábado, 21 de junio de 2008

CRÓNICA LOCAL:






EL POSTMAYO DEL 68 EN MANIZALES
Oscar Robledo Hoyos *


Refrescante el articulo de Jorge Enrique Robledo Castillo. (1) Conceptúa que el Mayo/68 inspiró de alguna manera los movimientos estudiantiles de la década del setenta en Colombia y en especial aquel famoso de 1971. Por aquellos tiempos fuimos profesores de tiempo completo en la Facultad de Arquitectura en Manizales. Robledo Castillo se ocupaba del encuadre de la arquitectura en las ciencias sociales y políticas - evidentemente haciendo un fuerte proselitismo político - y yo, recién desempacado intentaba conectar el nuevo Plan de Estudios con las luchas populares y vincular el problema de la vivienda como necesidad social a la lucha de los mas humildes y pobres de la sociedad. La prerrogativa de tener casa no era una dadiva y menos un problema de dibujo y manejo de colores. Técnicas paisajísticas y manipulación del carboncillo como lo pregonaban algunos estetas urbanistas y diseñadores. Finalmente casi todos terminaron por alternar la arquitectura con la pintura y hasta alguno abrió salón en la ciudad y sus cuadros decoran salas y áreas sociales de muchas hogares de la ciudad.

Con Álvaro Gutiérrez, Santiago Moreno, Pepe Castillón, Guillermo Navarro, Jorge Robledo Castillo, Jorge Gutiérrez (Padre e Hijo), el profesor Joya, Hernán Díaz, César Zárate, Edgar Paredes y un colega de apellido Ruiz de Santa Rosa cuyo nombre se me escapa, nos dimos a la tarea de conexión, deconstrucción y posterior construcción de un mapa conceptual teórico y político de la realidad de la vivienda en Colombia y Manizales. Y ay.... de caminadas, de clases al aire libre en las lomas de Pio XII, Malabar y Fátima con toda la muchachada levantando fachadas pero también indagando con los habitantes sobre sus necesidades espaciales, estéticas, de empleo y hasta gastronómicas. Fue la época romántica y bella de Operación Marsella, un desplazamiento de la Universidad hacia la sociedad de carne y hueso que se patentaba en la salida de una flamante chiva de colores – y cornetas especiales que removía el aire apacible de la Avenida Santander – los fines de semana y puentes para llevar los muchachos a estudiar en el pueblo, a entrar en contacto con los campesinos los días de mercado, con los moradores del casco urbano, las incursiones a la vivienda campesina tradicional, el trato con los líderes regionales y los comienzos de una acción concertada entre el incipiente conocimiento social y las practicas regionales. Fuimos además al Peñol (Antioquia) antes que se ahogara el pueblo en la represa. Se tomaron fotos de caballos y mulas en las pesebreras, nos echamos el pueblo a nuestras alpargatas, olimos la boñiga ambiental y nos trajimos medio pueblo entre fotografías, levantamientos de fachadas, testimonios orales y nostalgias revueltas con frutas y regalos de los campesinos. Eso si, en cada curva se dejaba una vaga estela de humo blanco y en la parte de atrás del bus de tenia que cortar la nube con machete pues eran tiempos en que la “maracachafa” estaba de moda de manera especial entre los universitarios y los candidatos a las Bellas Artes. Después se comentó que una mata de marihuana que creció silvestre por los lados de la Universidad de Caldas en donde se servía chicha en totuma, se convirtió de la noche a la mañana en centro de cultos ocultos y otros de tipo amazónico por sus virtudes espirituosas y que “prácticamente se la fumaron verde” los estudiantes.

De nuestras correrías urbanas y suburbanas, de las travesías y expediciones municipales – también hubo una intentona con el municipio de Villamaria, no tal exitosa con la de Marsella - regresábamos a la U. a la sistematización de datos, al debate de hipótesis de campo, a asambleas generales, presentación de nuestros primeros videos artesanales, al uso y desuso de la palabra en el auditorio, las pedreas y las marchas sobre la Avenida Santander hasta la plaza de Bolívar, al salón de clases, los pasillos y la cafetería para tratar de reconstruir ese mosaico de ideas y conceptos que nos parecían esquivos para dar cuenta de una realidad que se volatilizaba por momentos. Era el mismo espíritu parisino del uso y reconquista de la palabra, de los entrenamientos en el uso del discurso y de la pregunta que se hizo célebre esos días: ¿Desde donde hablas tu?, ¿Desde que experiencia social?, ¿Desde qué punto de la pirámide social? ¿De arriba? ¿De abajo abajo?, ¿de la mitad o desde la tibieza muelle y cómoda de los pequeños burgueses?. El Mayo del 68 tuvo, pues también, su "Topos", su lugar. No era lo mismo tener la palabra desde el lugar que la pronuncia un obrero que la de un campesino o un profesor de bata, tiza y tablero. Una era la palabra del gran industrial y otra la del comerciante floreciente; una cosa pensaba y expresaba el terrateniente y algo muy distinto el desempleado. De acuerdo a la posición o lugar que se tuviera dentro del entramado social eran las ideas y las palabras. Eso nos lo enseño de manera directa esa retoma de la palabra que representó el Movimiento de Mayo en París. La nuestra era una palabra más o menos inane, envuelta en gritos, abrigada en telas enormes que nos envolvían en las marchas y apoyada en las piedras que encontrábamos en la calle o que prefabricaban los estudiantes de un barro duro y colorado. La del sistema era la palabra impávida de los soldados, armada de balas y bolillos, arrogante en las esquivas y amenazante desde las altas ventanas de las oficinas gubernamentales.

Venían las pedreas, los aporreados, las carreras y las fierezas de unos y los otros. Muchos contusos, algunos heridos pero nunca un muerto. Lo mismo que en París. Un levantamiento a la hora de la verdad pacifista. Los líderes estudiantiles tiraban la piedra pero se iban de convalecencia o de “retiro espiritual” ocho o quince días a las favelas de Manizales, huéspedes camuflados de los barrios populares para luego volver silbando por las calles como si nada hubiera pasado. Para esos momentos las oficinas de la policía habían olvidados los rostros de estos pequeños Marxs metidos de redentores pero con miedo extremo de perder el uso de la palabra en las asambleas del Teatro Ocho de Junio o de ser alcanzados por los bolillos de los "tombos". Los que no éramos líderes íbamos en las marchas listos a correr por las calles al mínimo movimiento de la fuerza pública; nos reorganizábamos a la topa tolondra y volvíamos al grito para volver sudorosos, a la desbandada. Era lo social como juego. Un "giocco". Tal vez en eso falló el movimiento. El poder se entrenó en el juego y la democracia se adormeció luego de Mayo pues la represión del establecimiento no avanzó en el discurso sino en las respuestas estratégicas sobre el tejido físico de la ciudad, movimiento del “corpus” como en una pieza de ballet o sofisticado juego de ajedrez. La represión se hizo cotidiana como saber que iba a llover a las dos de la tarde o que la ruta de los buses azules era por la carrera 21 o 22.

La represión se convirtió en “un ambiente” , una cotidianidad pacificada de manera simbólica como dijo J. Baudrillard en Nanterre, a un punto tal, que lo mismo daba ser estudiante que policía, magistrado o profesor. Era algo así como el Tango Cambalache, lo mismo lo uno que lo otro, claro que sin la fuerza cínica del aire argentino. En el “postmayo” llegamos a no diferenciarnos, éramos todos marionetas en ejercicio en el mismo tinglado.

Tendríamos que preguntarnos si esta “anomía” durkeniana de nuestros días o militarización de la sociedad civil, “a cada plátano un policía y a cada ciudadano un vigilante de una empresa de seguridad privada”, en la cual hemos venido a adormecernos, al punto de parecernos lo mas normal del mundo. Un “flic” a cada cien metros y un “polocho” a cada instante y curva del camino, es parte de ese postmayo en que las fuerzas del cambio se acondicionaron a la dinámica de dominación del poder central y se adormeció la protesta y el reclamo. Con razón se ha venido a lo mismo de los unos y los otros. Resultó al final que aquello de "Copains" y "Camarades" abarcaba tanto a unos y otros y el ciudadano terminó saludando al garante del Establecimiento y tomando cerveza en los cascos de los soldados del régimen.

Esa paz “Constantina” terminó por aflojar los reclamos y hasta los análisis a un punto que nuestras sociedades terminaron por ser sociedades domesticadas por gobernantes armados.

La pregunta que formulamos tal vez tendría que responderse por la vía cínica de Daniel Cohn-Bendit en su Forget 68, “Olvidémonos del Mayo del 68”, está bien ido y de él no ha quedado mayor cosa. Quien fue denominado el Rojo, el Anarquista Judeo-Alemán está de regreso a casa pero a una casa deshabitada de espíritus burlones y sueños. Como dijera en una entrevista “Es difícil ser joven en los tiempos que corren”, ahora anda metido de eurodiputado.

Juan Goytisolo se atrevió a decir "apostaron sus ilusiones y perdieron hasta el alma".


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(1) Sobre las jornadas de 1968 en Francia: DEL 68 EN FRANCIA AL 71 EN COLOMBIA. Jorge Enrique Robledo, Revista Cambio, mayo 1 de 2008.
*
SOCIOLOGO.

MANIZALES, JUNIO 21 DE 2008.

2 comentarios:

Anónimo dijo...

Su nombre es Gustavo Ruiz, y sospecho que María del Rosario Vélez, si bien no estaba en el compromiso arduo de ustedes en Marsella, por lo menos, era buena administradora de la ambrosía, como dicen: tan de moda...

Bello relato de una nostalgia idílica del pasado.

Mónica

Anónimo dijo...

Oscaro querido; el legado de mayo del 68 es central para comprender el sentido de las movilizaciones sociales en la última década. A manera de ejemplo, Negri declara que hoy las disputas son por el reconocimiento de lo común en la democracia liberal.

Tampoco me aguanto las ganas de contarte que la última vez que alguien me dijo:" otro mundo es posible", me robó cuarenta dólares en la Habana.

Saludos

Mario