lunes, 28 de abril de 2008

EL PLACER DE HABLAR MAL DE LOS DEMÁS





Mario Hernán López.


Durante la semana santa leí La Noche del Oráculo, una novela juguetona e inteligente del mil veces celebrado escritor de Nueva Jersey, Paul Auster. La fórmula de la novela en el espejo - la novela en la novela y en la novela-, manejada sin lugar a despistes o confusiones, era perfecta para soltar las amarras de la pereza; este año los días de semana santa fueron pasando entre conversaciones tranquilas con buenos amigos y sorbos literarios al final de la tarde.

Desde su inicio, la novela de Auster impone un ritmo, va empujando, acelerando al lector como puede ocurrirle a un conductor novato que se encuentra sólo en una pista sin compañía ni señales de tránsito. Los frenazos literarios son de súpito, como sucede con los nuevos choferes de buses urbanos; el primero ocurrió en un pié de página en la página 29; en efecto, al describir los pliegues y rasgos de un personaje, la novela habla de los habituales conflictos y agresiones de la vida moderna: “falta de confianza en uno mismo, envidia, sarcasmo, necesidad de juzgar o menospreciar a los demás, el punzante, insoportable dolor de la ambición personal (…)”.

Alguna tara moral no superada - o la entrada en vigencia, durante la semana santa, de nuevos pecados capitales decretados por la iglesia de Roma- me detuvo en el pasaje; una secuencia de situaciones, recuerdos, nombres e imágenes fueron acompañando las frases de Paul Auster: La envidia y el sarcasmo adquirieron rostro, el menosprecio por los demás se llenó de lugares y situaciones mil veces vividas, la ambición personal tomó nombre. Pensé en mis amigos académicos y literarios, en las innumerables ocasiones en las que nos hemos reunido para denostar, infamar y denigrar de los políticos, para vilipendiar a los gobernantes, para tratar sin piedad al académico local que comete el menor error. Sin darme cuenta, la semana santa me había impregnado de su aterradora díada de culpa y exaltación.

El segundo frenazo fue más suave; ya era el final de las vacaciones, la novela y la conversación con los amigos me había permitido recuperar la fuerza que se necesita para juzgar con severidad los actos ajenos. Ahora necesitaba un texto que pusiera sobre la mesa el carácter ambiguo de las acciones humanas, una explicación contundente sobre el origen de la difamación. Lo encontré a la medida, está en el segundo párrafo de la página 215: “(Vivimos) la peor época, la edad de la sabiduría, el ciclo de la estupidez, la fase de la creencia, la etapa de la incredulidad, la estación de la luz, la hora de las sombras, la primavera de la esperanza, el invierno de la desesperación…”.

¡Ahí les quedo!

5 comentarios:

Anónimo dijo...

La red ha creado una posibilidad novedosa de empoderamiento social ya que la disponibilidad de información por unidad de tiempo y cobertura, es más grande que nunca. Los ciudadanos gozan simultáneamente de múltiples versiones de un hecho o un proceso dado cosa que no ocurría antes. Adicionalmente, cada uno puede interaccionar de múltiples formas con dichos fenómenos al punto de permitir que tal empoderamiento luzca como a una suerte de soberbia irreverente o intromisión. Por consiguiente, ya nunca más se requerirá erudición ni calificación profesional o académica alguna para abalanzarse contra o a favor de otras lecturas del mundo. En buena hora, no es otra cosa el quehacer en el blog de la Laloca.
Por cierto, si tan solo los rebeldes armados entendieran esto la cosa seria más llevadera, de pronto sus nietos o bisnietos “gomelos” se lo hagan notar.

Anónimo dijo...

La mejor novela de Aster es leviatán

Anónimo dijo...

El comentario del primer anónimo es la mejor muestra de cómo escribir un párrafo largo sin decir nada.

Anónimo dijo...

De la extensa producción narrativa de Auster sigo disfrutando la trilogia sobre Nueva York; en especial los finales cargados de sorpresa y fantasía.

Anónimo dijo...

¿Oster no es una marca de máquinas para hacer arroz?