lunes, 14 de abril de 2008

EL SISTEMA SE HA CAÍDO, SEÑOR



Por Rodrigo Restrepo Gallego
Abril 14 de 2008

Si viviéramos en la década de los años sesenta, años de las revueltas universitarias, muchos de los profesionales jubilados hoy en día, morirían de infarto feliz. Sus pregones y banderas de batalla, sus objetivos de inconformismo político se habrían cumplido. Incluso se repetirían sin señalamiento en las grandes compañías nativas o en las transnacionales, en los Call Centres, y en los centros de atención al cliente de las grandes superficies de mercado. EL SISTEMA SE HA CAIDO. ¡¡¡Uf!!!! Le informan con desparpajo, y su historia se conmueve. Las veloces asociaciones le dejan sin aliento. Se recupera al instante cuando retumba de nuevo las voces viejas de la oposición a sus ideas y convencimientos: SIN EL SISTEMA NO PODEMOS HACER NADA, SEÑOR.
Con el silencio entre usted y la psicorígida asesora que no se le ocurre absolutamente nada para darle una buena atención por fuera del sistema, se piensa que de alguna manera los sueños juveniles se han cumplido. Se cayó el sistema…lo logramos aunque un poco tarde... se dice mentalmente…hasta que se descubre que las cosas simples de la vida ciudadana peroradas antes con argumentos, valentía y decisión, no han mejorado. Por el contrario han empeorado. Y de nuevo, el sistema es apabullante, demoledor y humillante. Sólo que ahora no se tiene el ímpetu de antes; si, la comodidad de los servicios tecnológicos y la buena vida del emérito trabajador profesional, para levantarse de nuevo en riadas de protesta, así le «den en la cara marica».
Visitar un centro de atención al cliente o de venta de servicios de cualquier compañía con la cual se tiene cualquier tipo de vínculo, obligatorio en los servicios públicos o voluntario con los bancos, es toda una frustración.
De la atracción de los espacios decorados con colores llamativos para la mirada rápida, prederminados por la psicología del color en los centros de ventas, se pasa a la realidad de la fila de espera, que muchos ingenieros jóvenes muestran como indicador de cobertura y atención a la clientela. Muchos clientes, mucha fila, poca fila pocos clientes, dicen.
Con el juego tonto de adivinar la personalidad de los individuos con solo mirar la cara, sus gestos y movimientos, rápidamente se encuentra que las «niñas» asesoras son psicorígidas por entrenamiento. Aprendieron las preguntas formuladas y las respuestas debidas incluso antes de que el cliente se manifieste. Entra entonces a seleccionar la de menos. Ojala me toque esa. De la fila que encontró a la llegada, después de cuarenta minutos, queda ad portas de una atención como esta:
Buenos días. Su cédula por favor.
El sistema esta caído y no lo puedo atender, vuelva otro día.
Señorita vengo a…
Lo lamento señor pero sin sistema nada puedo hacer.
Vengo a que me devuelvan los documentos que firmé para una tarjeta de crédito…me dijeron que los reclamara aquí…
Es posible que estén en esta oficina de al lado, pero como ya le dije sin el sistema no podemos hacer nada… muchas gracias por venir, recuerde que lo atendió Esperanza Laverde, que esté muy bien, gracias de nuevo.
Frustrado, perdido, suelta su mirada en barrido por las oficinas con ampulosos escritorios con computadores de última tecnología, pantallas de cristal líquido, redes inalámbricas de teléfonos, caminantes supervisores… personas robotizadas…le dan ganas de repetir con fuerza ABAJO EL SISTEMA, pero sabe que gritándolo será detenido por alteración del orden público, igual que ayer.

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