martes, 18 de diciembre de 2007

Cuento con fantasma




Mario Hernán López.
- Ficción-



Fueron innumerables los libros y los artículos de revistas que le dejé al fantasma sobre mi escritorio. A pesar del cúmulo de papeles que descarga a diario la Secretaria sobre el único mueble de madera de la minúscula oficina que habito en la Universidad, mi lector (o lectora) fantasma siempre supo dónde y cómo recoger los textos indicados. En los últimos días de su aparición procuré que cada libro o artículo estuviera subrayado en aquellos apartes que me interesaba hacerle saber, de esa manera intenté varias veces un diálogo que no funcionó. La primera vez que él o ella tomó sin autorización un libro de mi oficina pensé que se trataba de un robo: Una mañana dejé una revista abierta en el aparte correspondiente a un análisis de las gestiones de la banca de los pobres en Bangladesh, la revista desapareció durante tres días, cuando la encontré abierta en la misma página, justo en la foto del premio nobel Muhammad Yunus, pensé que la memoria ya me estaba haciendo malas jugadas o que la Secretaria o algún estudiante tomaba indebidamente mis materiales de trabajo.
La segunda vez el asunto me generó una mezcla de sorpresa y miedo, era evidente que alguien quería seguir mis lecturas y que probablemente también esculcaba en los papeles que guardo en las gavetas. Ese día, a la hora del almuerzo, había dejado sobre el mismo escritorio un libro de publicación reciente que narra las miserias de la guerra en el Perú, se trata de una especie de biografía política de Abimael Guzmán escrita por Santiago Roncagliolo. El libro apareció tres días después abierto en una pequeña sección fotográfica central; la fotografía expuesta mostraba un telón rojo con decoraciones amarillas, en ella se podía apreciar algunas mujeres peruanas que ondeaban banderas rojas en un gesto pretendidamente heroico y triunfal. Para cualquiera que estuviera tomando sin permiso los materiales del escritorio era perfectamente posible encontrar una continuidad política entre los dos textos; pensé que podría tratarse de algún estudiante radical que poseía una copia de las llaves de la oficina o de algún agente de los servicios de seguridad del Estado o de un profesor interesado en mis lecturas sobre asuntos sociales.
En algún momento contemplé la posibilidad de denunciar el suceso ante las autoridades institucionales, tal vez fuera necesario investigar a la Secretaria; algunos colegas ya habían sido víctimas de agresiones, amenazas y otra serie de persecuciones por sus ideas políticas, las investigaciones no lograron identificar a los responsables. A pesar de que mi trabajo está relacionado con el estudio de algunos asuntos críticos, yo nunca he militado en un partido político, eso me hace más vulnerable a las opiniones ligeras de quienes piensan los temas sociales en blanco y negro. Decidí no informar y en su lugar tantear un poco más la situación, opté por ofrecerle al fantasma un libro de otro tema bien distante de las cosas políticas: al final de una mañana, justo antes de salir al almuerzo, dejé sobre el escritorio una selección de cuentos de Rubem Fonseca: “Historias de Amor” una serie de relatos de tono escatológico con los cuales el lector generalmente se vuelve adicto al escritor. El libro desapareció durante tres días, cuando lo encontré, de nuevo sobre el escritorio, estaba abierto en el mejor cuento de la serie: El ángel de la guarda; al revisar el libro aparecía un subrayado claramente hecho por el fantasma: “No sé cómo pagarte lo que hiciste por mí, Me curé. Ya no tengo miedo”
El fantasma no podía ser la Secretaria, jamás leía, no tenía llaves de la oficina, carecía de opinión sobre todos los temas – A pesar de trabajar por más de dos décadas en la Universidad los libros nunca fueron parte de su vida -, llevaba demasiados años en el mismo trabajo como para arriesgar su reputación y su próxima pensión de jubilación. No podía descartarse que el juego lo estuviera realizando algún estudiante de perfil intelectual y pícaro de los que estudian filosofía.
Luego del libro de Fonseca, dejé sobre el escritorio varios artículos de revistas culturales, reseñas y ensayos científicos, algunos deliberadamente exóticos como por ejemplo la historia secreta del mamut, escrita por el célebre Richard Stone. En esa ocasión el fantasma, por segunda vez, subrayó una línea en la página 181. Hecho con lápiz, el subrayado permitía destacar una frase enigmática que, leída con miedo, resultaba sin duda amenazante: “el problema es que su hogar ya no existe”, decía.
Decidí no volver a salir de la oficina. Traje del apartamento un maletín con algunas camisas, pantalones, ropa interior y libros que hacía rato esperaban un turno en la estantería: libros de Roberto Bolaño y Darío Jaramillo, una antología de cuentos colombianos, un ensayo de Bourdieu y otro de Niklas Luhman suficientemente pesados y crípticos como para dormir un fantasma. La comida y otros servicios los conseguiría con facilidad en la cafetería central de la Universidad.
Pernocté durante tres semanas en la oficina, sobra decir que una romería de funcionarios, profesores, estudiantes y curiosos en general pasó a mirar y a tratar de descifrar lo que estaba pasando; algunos preguntaban con sorna si se trataba de un nuevo record Guinness de permanencia en una oficina universitaria, otros advirtieron que muy probablemente era un episodio maniático tan usual entre los profesores de ciencias sociales, también podía tratarse de alguna modalidad extravagante de protesta en boga en Colombia desde que un Rector se bajó los pantalones frente a un auditorio estudiantil. En esas semanas el fantasma no apareció.
Durante las tres semanas leí y releí las dos frases subrayadas tratando de encontrar una conexión entre ellas o una ruta que permitiera descifrar algún mensaje velado:
“No sé cómo pagarte lo que hiciste por mí, Me curé. Ya no tengo miedo”. “El problema es que su hogar ya no existe”. Repetía compulsivo entre cada línea de los libros que leía en las noches frías de la oficina, (en las mañanas, la Secretaria me ofrece café y un jugo de naranja con los documentos del día enviados ritualmente por el decano).
La primera frase posee una connotación sentimental, probablemente su autoría es de alguna mujer con la que sostuve una relación amorosa en el pasado; también puede tratarse de alguna mujer madura con problemas de autoestima, aunque es posible entenderla como una expresión agradecida de alguna autoridad universitaria decidida a asumir un reto académico gracias a mis consejos oportunos. La segunda frase es más compleja, al mismo tiempo que está hecha en un tono de afirmación también involucra un tercero en el juego. Al juntar las frases no se logra generar algún sentido particular. Una mañana, justo antes del medio día, decidí salir a la calle a caminar un poco para tranquilizar a los compañeros y a los pocos amigos y más escasos familiares que llamaban al celular preocupados por el “exceso de trabajo”. Con seguridad ya se rumoraba sobre un probable episodio de demencia en la facultad de ciencias sociales.
Al regresar encontré abierto uno de los libros del escritor Roberto Bolaño, lo cogí con pavor, en el primer párrafo de una página central se veía claramente subrayada una frase en dos líneas: “Nadie quiere caminar junto a un blanco móvil. Nadie quiere caminar junto a quien ya apesta a carroña”. Ese día decidí quedarme a vivir para siempre en la oficina, no tendría problemas con la alimentación, los estudiantes vendrían a visitarme para recibir sus clases y asesorías; cada mañana la Secretaria llega temprano con café y jugo de naranja cargando los interminables papeles del decano.



5 comentarios:

Anónimo dijo...

Los libros que se pierden son los libros leidos, usualmente se encuentran en las bibliotecas de los amigos que nunca te invitan a sus casas, de pronto allí en su biblioteca se encuentran aquellos que tanto hemos buscado. Como se ve que este, tu fantasma, los devuelve se puede ver que no tiene casa (¿caso?), y que además te sacó de la tuya.
Un abrazo
QUE SIGAN LIBERANDO A LOS SECUESTRADOS
AUN SIN ACUERDO HUMANISTARIO
PERO YA!
Rodrigo

Anónimo dijo...

Cuánto me gustaría contar con un fantasma que saque de la casa a... que me señale en un texto de Horacio Quiroga sobre la muerte.

Buena navidad para tí,

Mónica L.

Anónimo dijo...

Y al mejor estilo de Paul Auster terminar fundiendote con el edificio mismo hasta desaparecer. Seria enorme ver los locos y locas reconstruyendo el fenomeno de tu trasfiguracion corporativa. Adelante con el capitulo II. Abrazo, German Guzman.

Anónimo dijo...

que se pierden se pierden fantasmas y libros, reaparecen en las bibliotecas y sótanos de otras partes

Anónimo dijo...

Veo que se trata de un fantasma con preferencias poíticas. Un fantasma se mellevó una excelente biografía del Ché y me dejó un 'recontratexto' de Joseph Ramoneda "Después de la pasión política".

Abrazos,

Óscar A.L.