martes, 9 de octubre de 2007

ESTOS PUEBLOS NUESTROS.



Oscar Robledo Hoyos *

En éstos pueblos nuestros, apartados de la capital, marginados de las noticias, de los avatares de la política cotidiana y las intrigas de los cortesanos que esperan cada día una dadiva del “jefe”, no solo ha transcurrido gran parte de nuestros días sino que se ha consolidado lo mas importante de nuestra personalidad y nuestro sistema de valores.

Hay páginas verdaderamente maravillosas de nuestros escritores sobre la importancia de haber nacido en provincia, en un pueblo-pueblo a la manera de aquellos que nos describe con exquisitez Azorín. Páginas excelentes del filósofo de Envigado o de aquel otro patriarca, así hubiera muerto tempranamente, Gonzalo Arango de la carpa nadaísta. Para otros pues, denigrar de la montaña, el musgo y la batatilla, la mulera y el carriel. Cuando éramos jóvenes era una gloria del insulto decirle a otro que era más pueblerino: “Se te ve desde lejos la batatilla”, por decirle advenedizo, montaraz, rústico campesino, pues desde que se salía hacia el campo la traviesa e invasora enredadera relucía en los cercos de guadua, las huertas campesinas y los mismos cafetales. Para nosotros fue de una importancia extrema el haber nacido al ritmo de las cosas elementales, al calor de los animales domésticos, las plantas medicinales en el solar grande de los abuelos. Chinchiná se levantaba a una con el canto de los gallos en el corral y se dormía a la luz de las velas después de haber rezado el rosario en la cocina o que hubiera pasado el apagador del municipio por todos los postes interrumpiendo el servicio. Preguntábamos al abuelo sobre la Patasola, el Anima Sola, alguna aventurilla de Cosiaca o Pedro Rimales, los asustos en descampado junto a una quebrada oscura en noche de presuntos “entierros” como decían que sucedía por los lados de Alto Bonito, La Tesalia y La Parroquia, rumbo hacia la Julieta. En aquella escalofriante hondonada luego de descender vertiginosamente de Palestina por “El Camino del Centro”, al lado del inmenso árbol solitario. Pasábamos rápido sin mirarlo como Lot y su familia en salida de Sodoma. Solamente cuando alcanzábamos la cima nos deteníamos acezantes a mirar hacia el fondo con el corazón palpitándonos en la boca. A veces en esas noches, que era las mas de las veces, indagábamos sobre las cosas macabras de una tal Carlina Albornoz en Manizales o las historias escalofriantes del hijo desobediente a quien se lo tragó la tierra, por eso, por no obedecer y respetar a sus padres.


El pueblo tiene la curiosa virtud de moldear nuestro espíritu según las savias de la tierra y la larga paciencia de la naturaleza. De observar a pie juntillas sus procesos nuestra alma se hace porosa ante el tiempo. Adquirimos aquella virtud clave de los campesinos, la espera; más ahora que se hace la apología de la lentitud, con decirles que ya hay comida Slow y ciudades Slow en Europa. Un caracol es el símbolo de la Slow Food y el reloj de la ciudad de Bra en España tiene treinta minutos de retraso. Desde que llegas te saluda en vez de la batatilla como blasón, un signo prohibitivo del ruido, el atropello y la velocidad. No se lo hubieran inventado si esos “sabios del agua caliente” hubiesen descubierto el ritmo contagioso de lo lento en esos pequeños lugares de espaldas al Mediterráneo o perdidos en las cordillera de los Andes, aferrados a la piedra como tantos pueblos del Perú o el Ecuador milenario. De ir al paso de las caballerizas o las vacas, el hombre se vuelve un elemento mas del entorno y no se yergue orgulloso elucubrando otros horarios y otros menesteres de aquellos que a diario suceden en el pausado giro de la tierra alrededor del sol.

De Chinchiná, Caldas, hemos tenido siempre la tentación de escribir como para cumplir un compromiso con nosotros mismos, y con los contemporáneos (Cocoliso, Ñapá, Huevo, El Loco, Patemica, Carabina, Piquiña..etc) que hicieron con sus vidas, juventud y sueños posible ese grato remanso de recuerdos y esa entidad hacia la cual vuelven nuestros ojos cuando los años nos han acercado a ciudades y capitales tan distantes de nuestro pasado y de aquellas vidas elementales y ricas.

De ese pueblo querido no va quedando con el avance de la civilización y la cultura sino el recuerdo borroso de aquellos días estivales en los cuales se forjó nuestro espíritu. Recordamos nuestro contacto permanente con la vida. Niñez, pubertad y juventud de aquellos muchachos simples de nuestro pueblo – al lado de la prédica del Padre Santiago, el Padre Hoover recién desempacado, baños en la Quebrada de Ña Prudencia, el Padre Evelio que ha vuelto al barrio del Edén a recordar su juventud y morir coquetamente al lado de aquellas matronas que una vez dijeron que era “el mas hermoso varón de la comarca”; pueblo aquel que cojeaba de una de las torres del templo parroquial pero se levantó vibrante cuando cayó la dictadura rojista. Niñez, pubertad y juventud aferradas a estas escenas cotidianas, a estas cartillas vitales adonde nos asomamos- con cierta frecuencia - para descubrir nuestro rostro que se aja con el paso de los años y las comodidades de la ciudad.
*Sociólogo.
Manizales, septiembre 8 de 2007.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Oscaro, no sabía que tus recuerdos y evocaciones contenían a la extraña y lenta Chinchiná.

Suave y acogedora escritura.