miércoles, 1 de agosto de 2007

Éstas tardes de verano.



Parque "Los Yarumos".Manizales. Fotografía CREO







Óscar Robledo H

En estos cálidos atardeceres de la muerte del planeta nos sucede que se vienen los recuerdos de otros calores en otras latitudes y obviamente, otras circunstancias. Para ello las ventanas nos son propicias. Como dice jocosamente el titulo de un libro, “Open the Window para que la mariposa fly”. La mariposa del sueño o simplemente del recuerdo. Han sido los pintores los grandes fabricantes de ventanas. Sus cuadros intencionadamente son para ello, para mirar como a través de una ventana lo que supuestamente esta afuera pero que en realidad está dentro. En este sentido fue Velásquez el más grande de los voyeristas pues gustaba de los grandes escenarios de la corte de la época y sus personajes acuñados con sus pajes deformes, los enanos y los bufones para reírse socarronamente de su momento histórico. “Las Meninas” ha sido objeto del examen de psicoanalistas y semiólogos. Tal el es el caso de Michel de Foucault (Las Palabras y las cosas) y también nuestro entrañable Jorge Santander Arias quien ganara en justa lid, el concurso sobre el pintor sevillano. Allí las miradas se entrecruzan en cascadas y las interpretaciones se complejizan cuando las imágenes se reflejan sobre espejos hasta alejarse interpretativamente de su encuadre original.

Es necesario abrir una ventana para darnos cuenta como nos estábamos marchitando de tanto andar por dentro de nosotros mismos¸ flotando entre las cosas del mundo. Vengo de la calle bulliciosa, de los pitos y los trancones, de los locos callejeros y los perros flacos, de las banderas anunciando nuevos apartamentos y las ventas callejeras, la fuente de un parque habilitada para negocio de un particular y la marcha de las madres comunitarias que no son escuchadas por el burgomaestre, y apenas abro la ventana, una bocanada de aire fresco me pone a tremolar y me avisa con una caricia que el mundo esta allí al frente, que solamente tengo que cogerlo con una pequeña inclinación del tronco. Carajo, me digo. Y, ¿entonces no es del exterior que vengo?. Caigo en cuenta que es como de la envoltura de las cosas que vengo, del exterior del exterior, de sus fantasmas. Y si, ahora los recuerdo como una procesión de cosas y gentes con su amalgama variopinta y sus poses.

Es pues el calor el que nos recuerda que estamos vivos y que estamos plegados sobre el mundo como calcomanías irrisorias. Nos hace abrir ventanas y exige que el aire fresco entre a bocanadas en los cuartos. Vibra el cosmos en el éter en una reverberación furiosa. Se concentra en cada partícula y pareciera que todo átomo es el universo entero. Los cuerpos parecen transgredir las leyes de la estática y querer fugarse de sus capsulas amnióticas. Los genes y los óvulos parecen estar mal acomodados y dan saltos repentinos y los cuerpos se sumergen afrodisíacamente en aguas de arroyos¸ de lluvia¸ de duchas o la fuente de Cibeles o de Trevi. Los turistas se detienen un instante y también se zambullen desnudos ante el gozo de todos y lo que es mas bello aún, sin vergüenza alguna, como esos ángeles retozones que andan volando en pelota por los altares boyacenses, payaneses o quiteños.

La creación solamente puede concebirse en los días de calor al lado del Éufrates y el Tigris. La lectura del Génesis, aquella del caos caos y las tinieblas no pareció suficientemente recomendable a los nuevos creyentes del renacimiento y menos a los de la Nueva Era. El hombre apenas puede ser concebido en medio de la tentación del conocimiento, la manzana de Eva y un paraíso para deambular en puro almendrón. Es por eso que los apocalípticos dicen que estamos en el final de la historia - no por el tan cacareado cierre de las ideologías de Francis Fukuyama - sino porque la humanidad volvió a sus orígenes en Irak con una maquina de muerte, destruyéndolo todo, hasta el recuerdo de su Edén perdido de donde un día había surgido.

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