miércoles, 29 de agosto de 2007

Armonías



Carlos Ricardo

“…. Sin afán, pensando en la ortodoxia que por fin entendía, caminó hacia la muralla, que fuerte y avasalladora lo contemplaba. Ya era tarde….”

Releyó el último párrafo y quedó convencido de que era el final lógico: la muralla no se movería y nada quedaba por hacer. Tantos días tecleando palabras, desechando ideas, borrando personajes y trayendo memorias, para ese pequeño resultado. Pero era una época de esas en que la capacidad de convertir las ideas en letras llegaba justo al límite de firmar el desprendible del día del pago. Era lo más literario que venía a su mano y fácilmente desaparecía. Total, lo cotidiano su inspiración primera, ya no agolpaba ideas y argumentos para un escrito que pugnando por salir, descifrara los espacios vacíos de las páginas y las llenara de historias y de sueños.

¿Y ahora qué hacer con el resultado?

Entorchó las 14 páginas y media a doble espacio, letra tahoma de 12 puntos y las metió en el bolsillo de la chaqueta. Llovía y no desentonaría, aún con lo raído de esos bolsillos casi siempre vacíos. Y se lanzó a la calle. Caminando encontró a quien sería su primer lector: el negro. Le pidió unos minutos y él aceptó oírlo, con la condición de no retrasarlo demasiado para la cita de bongoes y mulatas. Leía mientras observaba la cara que obviamente andaba preparada para todo lo que no significara gastar energía en intentar entender formales artilugios literarios.

“…. Podría responderle, pero pudieron más el pudor y la codicia, escribiendo en la piel la eterna sinfonía del cobarde….”

El negro lo miró: no entiendo bien el sentido social del personaje, podría derivar en un conminuto fraccionamiento de la estética raizal, desnaturalizando tu intención primigenia al concebir la argumentación que es sugerente…

¡Buenas palabras!

Se sintió autorizado para tomar el primer tinto de la mañana –oscuro y sin azúcar por favor- Cuando le llevó la taza, intentó leerle un poco, pero lo único que quedó en el ambiente, fueron los pasos presurosos hasta la barra, en busca del nuevo pedido.
Cuando el hambre apremió, una chispa iluminó el oscuro rincón del café: si Oliverio Girondo en “El lado oscuro del corazón”, logró sostenerse vendiendo sus poemas en los semáforos, él podría lograr compañía y afecto, leyendo trozos de sus escritos a los transeúntes.

“… caería poco a poco, porque sus carencias le habían desafiado hasta llevarlo al indeseado extremo de la soledad más solitaria”.

No supo si la respuesta era la confluencia del hastío en el desenfado de la extrema juventud de la cajera. Rato después la vio mirándolo de reojo y hablando en secreto con un cliente, mientras lo observaba. Era lógico: no estaba para páginas literarias, ni tan siquiera para pequeños párrafos.

Para comprobar el efecto, le soltó de memoria a una mujer que parecía esperar a alguien, en la mesa de al lado:

“no sé, me importa un pito que las mujeres tengan los senos como magnolias o como pasas de higo; un cutis de durazno o de papel de lija. Le doy una importancia igual a cero, al hecho de que amanezcan con aliento afrodisíaco o con aliento a insecticida. Soy perfectamente capaz de soportarles una nariz que sacaría el primer premio en una exposición de zanahorias; pero eso sí, y en eso soy irreductible: no les perdono, bajo ningún pretexto que no sepan volar. ¡Si no saben volar, pierden el tiempo las que pretenden seducirme!”

Cuando terminó de decir el párrafo de Oliverio Girondo, los otros asistentes del café le miraban con compasión algunos y con burla otros. La mujer le lanzó una mirada digna, en el instante preciso en que el esperado acompañante tomaba su silla.

No lo entendió, si en la película con ese párrafo, habían caído dos fugaces compañías al cuartucho de Girondo!

No quiero seducirte, pero el texto es muy bello. Me parece conocido, pero si es tuyo, vendré otro día y hablaremos…

Que forma tan trivial de dejar un mensaje. En una servilleta y sin un teléfono. No podría volver por muchos días y además, el texto no era suyo.

La tarde la pasó como lo merecía por no mover las fibras de ternura de sus congéneres, sólo, temeroso y sin razones para querer impresionar a nadie. Leía y repasaba las 14 páginas y media, pensando si sería por el tipo de letra o por el tamaño que escogió. Pero al final los hechos eran contundentes: faltaba el toque preciso, ese juego de palabras que moviera la fibra exacta de un frío corazón. Y bueno, faltaba ese frío corazón.

Probó con el primer párrafo:

“La indefinida condición de algunos seres, a despecho de los deseos de quienes bien o mal los quieren, supone el logro de metas que de otro modo llegarían a simples y pequeños escalones en la tortuosa maraña de las inconstancias. Así justificó su ajena presencia en ese espacio, en donde la bohemia y la Bel Epoque, de la mano de la voz de la Piaf acompañaban a L’homme a la moto por las callejuelas del París de la postguerra.”

Ahora, una colegiala lo miró con curiosidad y le preguntó en su orden, qué era la Bel Epoque, quien era la Piaf, a donde iba el hombre de la moto y de cuál guerra hablaba: de la Irak o de las más recientes…
Un hombre de cabellos entrecanos intentó hablarle, pero decidió abandonar el sitio: con resultados tan impredecibles, podría establecer relaciones, cuando menos conflictivas.
Desde un pequeño vehículo, varios niños le arrojaban trozos de papel, para atraer su atención…

Las páginas que había entregado en su vida eran simples y sin pretensiones; sólo eran el paso anterior al decir sin compromisos, sin limitaciones de conveniencias y tal vez, esa demasiado obvia intención, le ponía en las manos de quienes esperaban un arte de dependencia. No había tenido tiempo de crear a su público lector, porque además de dos o tres amigos, nadie había abordado la tarea de degustar sus letras y menos, de comprometer una opinión.
En la noche hizo otra prueba:

“Basta por esta noche, cierro
La puerta, me pongo
El saco, guardo
Los papelitos, donde
No hago si no hablar de ti,
Mentir sobre tu paradero,
Cuerpo que me hace temblar”

Estaba en un pequeño Bar y entre las notas de La garota de Ipanema, de Mack the Knife y otras melodías del ritmo sincopado, su voz se dejó ir, repitiendo los versos de Gelman. Cuando terminó, dos mujeres le lanzaban miradas de curiosidad y algunos hombres apuraban sus tragos. La más cercana le preguntó cuándo había escrito eso.

No es mío. Es de Juan Gelman.
Ah. Comprendo. ¿Vendrá pronto con usted?
Vive en Argentina
Ah. Comprendo.

No hubo más comprendos y hasta los hombres dejaron de brindar y simplemente se embriagaron, como si el despecho de su evidenciado plagio enrostrara su soledad.


Bajó la intensidad de la luz y la Piaf dejó salir su voz: La foule. El acento de la francesa no ocultaba el ancestro de la canción y los asistentes terminaron en una previsible mezcla de Julio Jaramillo con final de La marsellesa.

La miró y creyó que había estado oculta. Se acercó sin temores. Ella simplemente interrogó con un gesto. El empezó a decir su final:

“…. Sin afán, pensando en la ortodoxia que por fin entendía, caminó hacia la muralla, que fuerte y avasalladora lo contemplaba. Ya era tarde….”

Y ella,

“Allí, entre la luz del sol que languidecía, el secreto del símbolo milenario se reveló sin ambages; la antigua civilización había dejado escrita la causa de su triste final: la búsqueda de la ansiada inmortalidad”

No hablaron: sólo miraron fijamente y salieron a vender palabras a los escasos caminantes que rumbo a las iglesias encontraban sorprendidos a la pareja de narradores.
Los niños de las escuelas les rodeaban y clamaban por más de Benedetti, más de Galeano, más de Twain y más de todos y ellos felices, decidieron llenar sus ausencias y sus cuentos, con finales soñados y al fin completos.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Me gusta el aire, el rastro de guión cinematográfico que deja el texto. ¿ Todo encuentro es atroz?

El negro de este cuento habla bién, me pido el papel de ese personaje.

Anónimo dijo...

"No quiero seducirte, pero el texto es muy bello."