domingo, 10 de junio de 2007

EL MÉDICO QUE VIVÍA CON UN CABALLO.



AÑORANZA DE MARIO CALLE HOYOS.
Oscar Robledo Hoyos *


Cuando veo que una silueta sigilosa y tenue se desliza por el borde de una esquina o emerge entre los carros me entra un gran silencio interior de respeto; un poco de susto por la distancia que de manera repentina se operó entre los dos, y mucho de curiosidad y cariño, revueltos. Tales fueron los sentimientos que de pequeño y adolescente me suscitó el primo de los helechos y sus viajes a ras de tierra a bordo de la Cannabis. Es como un dispositivo interior que se dispara en cualquier parqueadero o a la salida de cualquier sitio. Solo se requiere que se vea a corta distancia, puede ser de espaldas, unas piernas largas generalmente con blue jeans, un pecho más de largo que de ancho, un metro con ochenta y cinco de altura que remate en un look frondoso, afro, embombado a la manera rokera, para que el rostro de Mario me dé la cara y me hable como en aquellos días.

Ahora que está muerto, el mecanismo funciona de manera más expedita, como si una mano amiga lo aceitara diariamente. Los gestos ampulosos de sus manos huesudas y largas deben haberse vuelto frenéticos y suplicantes esa nefanda noche de viernes en la Clínica del pueblo que había construido metro a metro, peldaño a peldaño, pues aventurarse a su recorrido era como emprender un viaje hacia las nubes en la mitad de la cuadra de ése encantador pueblo del oriente del departamento de Caldas.

Había nacido con el signo de los fumadores de opio y los ademanes de los grandes cirujanos: lento, pausado, controlado, digno y distinguido. Cuando se trataba de descifrar sus palabras apenas balbucientes eran sus manos a donde tenia que recurrir de manera sintáctica para encontrar la redondez de los acentos y el verdadero significado de su apenas murmullo hondo, gutural. No fue víctima de los afanes ni paciente de rabias intempestivas u ofuscamientos por la precipitud de la vida moderna o las quedadas entre cobijas a las primeras horas de la mañana. Iba por la vida solemnemente como deshojando margaritas, galantemente, como el Javier que nos recibió en el María Claudia con su hermosa bata de seda oriental estampada de flores y fieras, sin importarle una higa el movimiento de los autos o los gritos de la calle.

Lo veo en las afueras de Manizales generalmente en una enorme casona de dos pisos rodeada de helechos, novios y geranios. A lo lejos, los enormes macetones de flores de colores vivos. Va de mata en mata, pálido, regadera en mano, dispensando sus “Buenos Días” e irradiando con su parsimonia la mañana, en una actividad que se inició temprano como fiel copia de la abuela Tulia o de su madre Delia en el Chinchiná de los años sesenta. Tal vez allá en el inconsciente tiene los corredores amplios de su/nuestro adorado Montebello en la casi hondonada de todos los potreros. Era también casa de dos pisos con olor a aperos y enjalmas, frenos de mascada verde colgados de los postes y racimos de plátanos maduros que ascendían su perfume a las estancias. Un Montebello rumoroso y oloroso a pastos tiernos recién cortados abajo en la picacaña, de excretas de caballares y bovinos, mezclado de lamentos terneriles y olor a leche recien vertida en baldes, a ruidos en la cocina y olor de condumio que se esparcía desde la esquina de la casa, entreverado con gritos de peones y las órdenes del padre a la tropilla de niños desbocados. Sí, Mario traía en el alma enredados estos momentos. Por ello cuando lo veía dispensar el agua, el ir y el volver a las fuentes, mientras todo en la casa era silencio muelle de las siete y ocho de la mañana, era forzoso el escape de la imaginación a beber en aquella fuente madre de Los Lobos, el Reposo, Puerto Conejo y La Paloma del municipio de Palestina. Cuando me dijeron que vivía con un caballo en su propia morada, que se despertaba casi besando el belfo del caballo y que lo acariciaba con peines especializados me pareció que rimaba con su educación paterna y con aquella casa. Por un instante pensé en Calígula y Simón Bolívar, en Pegaso, Palomo, Incitatus, Rocinante, Babieca y todos los que en este mundo han sido mensajeros alados de los dioses y su bella cofradía de enamorados de la fuerza y la esbeltez. De inmediato reaccioné fuertemente. No se trataba en el caso de Mario de esteticismos paganos o gustos arribistas del ultimo de los nuevos ricos. No lo podía ubicar allí, al lado del imperio del poder romano o de los dólares. No, lo de Mario era algo fluyente, algo que se derramaba desde la primera infancia, en una palabra, desde los padres. Él con su caballo entronizaba en su corazón de huérfano la fuerza de sus padres, de aquellos fuertes y seductores olores del Viejo Montebello. Había llegado a la síntesis de la debilidad de la pureza y el fuerte olor de orines de la pesebrera que representaba la vida de los adultos.

Vi pasar mi primo entre las flores y las armazones de madera de la pesebrera como a un niño a quien se le hubiera crecido, sin saberlo, su unicornio de peluche. Me dio rabia no haberlo visto en esa casa en el aire, no haberle acompañado en las caricias y no haberle ayudado siquiera un tantico, a revolver la miel con el concentrado y la hierba.


* Sociólogo.

Manizales, junio de 2007.

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