viernes, 18 de mayo de 2007

LAS COSAS.




Recuerdo de M.Foucault.
Oscar Robledo Hoyos *


Las cosas son vehículos de relación. Son valores y son signos”-
Octavio Paz, “Levy– Strauss o el nuevo festín de Esopo”.

Las cosas tienen su historia. No están desde siempre. Van apareciendo como estrellas fugaces en el ámbito de nuestras vidas por situaciones y acontecimientos que generalmente se camuflan en el ropaje de su cotidianidad anodina. Vamos por la existencia convocándolas pero, tal vez más acertadamente, sirviéndoles de percheros. Las personas nos observan y de inmediato, por las cosas que se nos han pegado, nos dotan de alguna personalidad adventicia, nos atribuyen cualidades que no tenemos. Una estilográfica de punta de oro, una camisa de marca, unos zapatos o nuestras adoradas “gafitas de carey” son una serie de ridículas y graciosas anécdotas de momentos por los cuales paso nuestra corta biografía teatral.

Es difícil juzgar por la vista. A lo mejor la estilográfica, no indica personalidad de alta intelectualidad o arribismo alguno; más bien incidente de un regalo por época navideña o herencia antiquísima del tío medio chiflado. La camisa, no es timbre de gusto “chic” sino ganga de un día en que la novia o a la esposa llegaron al alumbramiento feliz de una convicción benefactora que nos “veríamos geniales” con la prenda y se embarcaron inconsultamente en su compra a cuotas. Los zapatos, la herencia de un cuñado a quien les quedaron estrechos y las gafas, un accidente después de recibir tremendo balonazo en el rostro después del cual hubo que hacer reingenieria de fachada. ¡Así de sencillo! Las cosas tienen su historia y nosotros terminamos siendo sus hijos, es decir, material historiado.



En alguna parte de su obra, Marx explica el surgimiento de otra especie de cosas. Las que vienen a la vida por voluntad de hombre, por la necesidad de convivir o simplemente de ser o compartir con los demás. La instancia de la ciencia y la tecnología. El derrumbe del bosque – ¡Oh, gesta colonizadora! - la demolición de montañas, el anegamiento de pantanales y manglares pestilentes como el bello Alicante, la perfilacion de un rostro humano para nuestras jóvenes ciudades. “L environnement” de los urbanistas franceses. El amoblamiento del paisaje. El “Estar” de lo humano en la naturaleza que se va convirtiendo sala comedor de la comunidad urbana. “Se vende el paisaje, la vista, la panorámica”. Finamente el balcón queda colgado de la montaña como esplendente nido de pájaro. De allí que nada de lo que ves a través de la ventana es paisaje puro, ¡Pamplinas!, nada de lo que observa el ojo “natural” es lo “cósmico” y menos lo “nuestro”, lo “autóctonamente/nacional”. Por el contrario, todo lo que nos va rodeando es construcción, hechura, paisaje humano, moldeado a “imagen y semejanza” nuestra, que se ha vuelto cosa distinta de la cosa física. Devenimos cosas entre las cosas. Las nombramos pero ellas nos van imperceptiblemente colocando un rotulo en su trato coloquial con nosotros. Por ello nuestro inquietante Zubiria habla de “mentefactos”, aquellas creaciones que desde la experiencia y el saber moldean, al calor de inquietudes vivenciales, nuestras agendas mentales y el crucigrama de nuestros pasos.

La anterior inocente reflexión sobre las cosas y su economía fue la base del extraordinario libro de Foucault “Las Palabras y las Cosas”! (Edit, Siglo XXI –Una arqueología de las ciencias humanas). Pero más insólito, fue Borges quien incitara al francés. En el prefacio dice “Este libro nació de un texto de Borges. De la risa que sacude, al leerlo, todo lo familiar al pensamiento... Este texto (el de Borges) cita “cierta enciclopedia china” donde esta escrito que “los animales se dividen en a) pertenecientes al Emperador, b) embalsamados, c) amaestrados d) lechones, ...k) dibujados con un pincel finisimo de pelo de camello, ..m) que acaban de romper el jarrón, n) que de lejos parecen moscas” (El idioma analítico de John Wilkins, Otras inquisiciones). Asunto que deja perplejo al lector y evidentemente, al filósofo mismo. “Este texto de Borges me ha hecho reír durante mucho tiempo, no sin un malestar cierto y difícil de vencer”, dice. Diríamos que tormento o malestar de caminar al filo de una finisima tomadura de pelo más sutil que el pincel de pelo del más eximio camello de la taxonomía propuesta. Lo confiesa paladinamente “ En el asombro de esta taxinomia (sic), lo que se ve de golpe, lo que, por medio del apólogo, se nos muestra como encanto exótico de otro pensamiento, es el limite del nuestro: la imposibilidad de pensar esto”. Aquí Esto, son las cosas allí tiradas en el mundo sin orden alguno, sin demiurgo fundador o iluminador. Las cosas codeándose con todos los pensamientos y ordenamientos posibles, imponiendo el orden de su desorden fecundo por la gran asociación de ideas que suscitan y los mundos posibles que podrían resultar de su desbarajuste genesiaco. Cosas locas, inexplicadas pero explicantes que dan origen a nuevo sistemas de pensamiento bien diferentes del clásico griego y el cartesiano instrumental.

Las cosas por su fortuidad nos hacen pensar en otros límites y otras cosas posibles tal vez por cercanía o lejanía. Por eso son necesarias las utopías. El invento de un lugar para esas nuevas cosas en un nuevo orden, así se llamen el anticamello o la no- mandragora, falansterio o ciudad del Sol. Foucault piensa que “quizá porque entre sus surcos (el libro de Borges) nació la sospecha de que hay un desorden peor que el de lo incongruente y el acercamiento de lo que no se conviene; seria el desorden que hace centellear los fragmentos de un gran numero de posibles ordenes en la dimensión, sin ley ni geometría, de lo heteroclito; y es necesario entender este termino lo mas cerca de su etimología: las cosas están ahí “acostadas”. “puestas” “dispuestas” en sitios a tal punto diferentes que es imposible encontrarles un lugar de acogimiento, definir mas allá de unas y de otras un lugar común. Las utopías consuelan: pues si no tiene un lugar real, se desarrollan en un espacio maravilloso y liso; despliegan ciudades de amplias avenidas, jardines bien dispuestos, comarcas fáciles, aun si su acceso es quimérico. Las heterotopias inquietan, sin duda porque minan secretamente el lenguaje, porque impiden nombrar esto y aquello, porque rompen los nombres comunes o los enmarañan, porque arruinan de antemano la “sintaxis” y no solo la que construye las frases –aquella menos evidente que hace “mantenerse juntas” (unas al otro lado o frente de otras) a las palabras y las cosas”.

Es posible que el orden de lo heteroclito es la misma ordenación de “esa enciclopedia china” que de alguna manera se ve reflejada en el método del mismo diccionario que permite toda la extravagancia de disimiles e imposibles contactos y acercamientos. El simple enunciado de las cosas fragmenta el pensamiento y lo conecta dimensiones ilimites, como decir: el ñandú es un ave ñoña que se alimenta de ñame que a la vez es ñapa para los ñapangos ñatos; ñangostarse como los ñandúes, o utilizar el ñandu como antídoto de la picadura de la ñacanina para que no quedemos ñengos o ñarusos.

¿No es cierto que se abre un nuevo mundo, fantástico, desnormalizado pero creativo?. ¡Es el reino y dominio de las cosas sueltas en su desvarío¡

* Sociólogo


Manizales, mayo 16 de 2006

2 comentarios:

Mónica L. Vélez H. dijo...

Una spicosemiótica de las cosas puede determinar posiciones sociales, culturales y nuestra actitud.

A propósito de Las Meninas de Velázquez en el análisis inicial de Las Palabras y las Cosas, que presenta como un emblema del juego paradójico de identidad y diferencia en mutuo reflejo, así mismo como imagen de la ausencia del hombre, sin duda, es uno de los fragmentos de escritura más elegantes que Foucault haya producido.

Foucault también señala un problema entre representación y simulacro en el ensayo Esto no es una Pipa a propósito de la pintura de Magritte.

Muchas gracias por su texto.

Mónica L. Vélez H.

Anónimo dijo...

Muy interesante, no solo Dios crearia mundos, el hombre a su modo crea los suyos tambien. En el borde del universo no es que haya vacio, es que mas alla de ese final las cosas aun no tienen nombre.