martes, 27 de marzo de 2007

SALAS DE TEATRO Y ACTORES EN ESCENA






Por: Mario Hernán López

Durante más de tres décadas, El Galpón de Bellas Artes de la Universidad de Caldas fue el lugar emblemático del teatro y otras expresiones culturales en Manizales. El tamaño, el color y el olor de la sala, su rara adscripción arquitectónica al edificio de artes, y su capacidad para mimetizarse con el paisaje nocturno del barrio Chipre, hicieron de El Galpón el sitio por excelencia para hacer y ver el teatro en la ciudad. Se puede decir, sin pudor, que en los años ochenta y noventa allí se presentaron las obras más importantes de los grupos locales y del Festival Internacional, y se realizaron los mejores debates sobre todas las cosas de la cultura. Sin dejar de reconocer el esfuerzo de varios grupos independientes que montaron sus sedes de trabajo en el centro, en los barrios periféricos y hasta en los límites de la ciudad con Villamaría, puede afirmarse que El Galpón ha sido, por definición, una escuela de actores, dramaturgos, técnicos y directores. En las tablas y en las gradas, los de mi generación pudimos ver y escuchar los trabajos de Jairo Gómez, Pedro Zapata, Javier Humberto Arias, Albeiro Serna, Antonio Leiva, Yolanda Arias y Gerardo Quintero; Alejandro Jaramillo, Carlos Ricardo Escobar, Martha Inés Soto, Rafael Sambrano, Rubén Darío y Víctor Zuluaga, Gloria Vilma Trujillo, Enrique Vargas, “El Coche” Gonzáles, “Kiko” Arbeláez, “El Chino” Henry y “El Flaco” Jiménez, entre otros. En los últimos años, el Galpón ha sido el espacio permanente del programa de teatro de la Universidad de Caldas, desconectado del trabajo de los pocos grupos permanentes e independientes que aún quedan en la ciudad.

Contar con una sala para hacer teatro es un propósito apenas natural de los grupos estables. Alrededor de las salas se crean centros importantes para la exposición y presentación de trabajos artísticos, son lugares indispensables para la producción y el encuentro de los artistas; las salas cumplen funciones todavía insustituibles por las nuevas tecnologías, sus propósitos desbordan a los recintos construidos para la exhibición y los intercambios de productos culturales, entendidos como objetos transables en los mercados del arte.

Desde hace más de dos años, Leonardo Arias y Liliana Díaz, con los integrantes del grupo de Actores en Escena, adecuaron una casa hermosa y grande de Manizales como sede de trabajo permanente - ubicada más abajo de Confamiliares de la Cincuenta -; se trata de un sitio espléndido para la práctica teatral con espacios organizados técnicamente para la presentación de grupos artísticos y el trabajo de creación; los jueves y viernes de cada semana el público puede asistir a la presentación de grupos musicales, escuchar conferencias, ver una obra de teatro o militar en alguna tertulia sobre las dramaturgias del mundo y la parroquia. La casa cuenta con escenarios y salas para ensayos a la manera de las sedes de los grupos reconocidos de Bogotá, Cali y Medellín. A pesar de los esfuerzos por mantenerla abierta y funcionando, hace pocos días Leonardo Arias anunció que los apoyos públicos y privados no son suficientes para sufragar los gastos y, por lo tanto, en algunos meses el público y los artistas se quedarán sin uno de los pocos espacios que, como el galpón de Bellas Artes, permite contar un pedazo de la historia viva del arte y la cultura en la ciudad.

En medio de los múltiples conflictos que vive el país, las ciudades de Medellín y Bogotá han puesto en operación políticas públicas centradas en la cultura y la formación de ciudadanía: bibliotecas, salas de teatro, redes de información, promoción de la lectura y movilidad social alrededor de las expresiones artísticas, hacen parte de la gestión local, con resultados envidiables en materia de desarrollo humano. En Manizales corremos el riesgo de cerrar la sala de Actores en Escena, al mismo tiempo que asistimos al espectáculo que ofrecen las nuevas obras de cemento.

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