viernes, 9 de febrero de 2007

EL JINETE INEFABLE



Por Rodrigo Restrepo Gallego
Febrero 09 de 2007

Del caballo, noble e inteligente animal, se vanagloria el jinete. Se luce caracoleando ante el atrapado público de las graderías cuando exhibición de feria o ante transeúntes de plazas haciendo mercado. Hinchado de vana-gloria montado en el equino lleva el pocillo de café sin derramar una gota en búsqueda de aplausos. Muestra las artes, los trucos y las mañas inventadas por él mismo, para tratar alcanzar el equilibrio y la suficiencia en la conducción, con espalda recta y riendas cortas; mientras el caballo marca el armonioso paso, amplificado con los micrófonos de la tarima, para los jueces que detectan los tiempos del compás ya aprendido. Los árbitros traídos del extranjero premian al caballo y saludan al jinete. El público aplaude al jinete, y el patrón se regocija en ganancias a la vista. Apeado y caminando entre las gentes, los áulicos emborrachan al jinete con zalemas; le llevan a hombros al podio; mientras al noble animal con orejas inquietas se le da su porción de agua y pienso.
Del binomio –caballo jinete-, los ingenuos del pueblo esperan que el jinete sea tan noble como el caballo. Que de él tuviera aprendida la serenidad y la cautela para el manejo de la marcha al galope, al trote o al Paso Fino Colombiano. Con este pensamiento y también sentimiento le abordan, para sólo estar con él, rodearlo y caminar juntos; evitando eso sí, sus afiladas espuelas y amplios zamarros de cuero de caballo. Pero no, los del pueblo se equivocaron. El jinete inefable sólo aprendió del potro cerril, de aquel que no se puede tocar; en especial si el toque es directo, porque igual que el potro, cuando se toca, se encabrita, relincha, da patadas, con ojos desorbitados se levanta en manos, no hay riendas que lo contengan. Y eso pasó un buen día cercano, casi ayer.
Rodeado por las gentes en tumulto, a quienes saludaba estrechando en abrazo o mano al vuelo, y agobiado por las voces venidas de la plaza del pueblo, de las fondas de la feria, el jinete inefable supo por la emisora local, que a su hermano le habían tocado las «carnitas», le habían apretado los «huesitos». Y válgame Dios, sin las gotas de «rescate» a la mano se desensilló el jinete.
Sin ningún respeto por los caballos arremetió, envalentonado por los peones de los establos, por los palafreneros, por los vendedores de alimentos concentrados y por los representantes del patrón que vive en USA, tomó el micrófono y zurriago en ristre se lanzó contra sus propios miedos.
No faltó zurriago para la gloria de la alcaldesa que luchó en contra de un mal «convivir» y fue extrañada de su entorno al convertirse en «líder cabeza de familia». Como tampoco faltó zurriago para el maestro expulsado de la universidad por hablar del Estado de Derecho, que además «chalanea» con sabiduría y sin espuelas ni zamarros potros mañosos producto de malas riendas. Ni mucho menos faltó el zurriagazo para la familia y los amigos de quienes llamaron a los potreros ajenos donde trabajaban, «patria», que aprendieron del caballo a decir, a escuchar la palabra, y a dejar las armas. Hubo, también, zurriago para quienes primero que él vivieron en la mayoría de la hacienda, reclamándoles el haberla dejado plagada de abigeos, matarifes y carniceros que él ahora, tiene a recaudo voluntario en espera de la verdad que el ordenó dijeran. Por último, no pudo faltar el zurriagazo para las gentes que creen que en las exhibiciones equinas «el bueno es el caballo, no el jinete».Que miedo.


«POR LOS SECUESTRADOS, UN ACUERDO HUMANITARIO»

2 comentarios:

RUBÉN DARÍO SEPÚLVEDA GALLEGO dijo...

Estupendo artículo, de verdad muy bueno.
Pero con respecto al acuerdo humanitario, es evidente que ninguno de los dos protagonistas quiere matar la gallina de los huevos de oro. A mi se me hace que ambos leyeron el cuento.

Anónimo dijo...

Hay algo en la cultura del caballo que no me gusta, se trata de esa relación entre domado y domador en la que el primero obedece y el segundo manda y se divierte encaramado en la bestia, por eso nunca un jinete será buen amante. Nos faltó la foto del inefable en el ubérrimo.