lunes, 29 de enero de 2007

Ladrillos de la belleza


Manuel Graña Etcheverry*



Dentro de tu cabeza,
que tiene pocos centímetros de diámetro,
cabe un megaparsec,
o sea más de tres millones de años luz,
y algo más de doscientos mil siriómetros
(y no importa que me haya equivocado
en las cuentas).
Tú puedes fraccionar esa distancia
en kilómetros, en metros, y hasta en micromicrones.
Puedes reducir todas las cosas
a porciones minúsculas:
los cuerpos a moléculas,
y a átomos,
y escandir más allá, hasta mínimas nadas.
También puedes fraccionar los volúmenes
y expresarlos con números y exponentes.
Puedes desmenuzar
el ritmo de una melodía,
o de un verso,
y reducirlos a esas partes componentes
cuya sucesión te produce
aquella necesidad de retorno de que hablan los tratadistas.

Pero dime, tú que buscas los gránulos mínimos,
los componentes básicos,
los menudos ladrillos invisibles
de las cosas,
dime cuál es la menor partícula,
cuál es aquel ingrediente
primigenio e infracelular
que sumado a otro
y a un puñado de iguales -o distintos-
hace resplandecer de pronto la belleza
en la forma de un rostro,
de un cuadro o de una estatua
o de un poco de tinta en un papel.

*Manuel Graña Etcheverry nació en Córdoba, Argentina, en 1915. Abogado, poeta, traductor y crítico literario. Entre su obra se distingue Poemas para físicos nucleares, El ritmo del verso, La poética de Juan Filloy en Balumba, Defensa de la gramática tradicional contra la lingüística moderna, Ensayos divertidos (que no sirven absolutamente para nada), entre muchos otros títulos. Destacan muy especialmente sus traducciones de la obra completa de Carlos Drummond de Andrade. Actualmente reside en Deán Funes


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