miércoles, 13 de diciembre de 2006

LA MUERTE DEL DICTADOR




Por: Alba Nora Aristizabal


Fue una coincidencia que justo el día que llegué a Santiago, se muriera el dictador, precisamente el 10 de diciembre, Día Internacional de los Derechos Humanos, un tema que él algún día dijo no saber de qué le estaban hablando (lo que quedó plenamente demostrado). El domingo, por donde cruzábamos, estaban todos los radios encendidos, esperando la noticia. Unos rezaban, seguramente para que no se fuera a los profundos infiernos donde debe estar; y otros para que no se muriera antes de recibir una condena, al menos por uno, de los más de 300 casos por los que estaba siendo investigado. Finalmente se conoció la noticia de su muerte a las 2:30 de la tarde y empezó a salir la gente a la calle, por supuesto nosotros también, pues necesitábamos conocer de primera mano lo que los chilenos y chilenas pensaban y sentían.Después de la noticia, la expectativa era por conocer la reacción del gobierno, quien finalmente a las 6 de la tarde, a través de un comunicado oficial, autorizó los honores militares como excomandante del ejército en la escuela militar e izar la bandera a media asta solo en las instalaciones militares. Los seguidores del dictador interpretaron la decisión del gobierno como un acto ruin, de odio y venganza y desde la orilla contraria como una concesión que jamás debió hacerse y dejar que la familia viviera el duelo en privado. Mientras tanto la gente en la calle gritaba: "que lo tiren al Mapocho", el río que atraviesa Santiago, donde tiraban a los muertos de la dictadura. Creo que la principal responsable de la decisión de la Bachelet fue la justicia chilena, pues este es un vergonzoso caso de denegación de justicia. Por eso uno de los primeros entrevistados fue el juez Garzón quien no pudo ocultar su desconcierto y frustración. Las calles estuvieron llenas de gente hasta la madrugada quienes celebraban con cantos y música y llevando las fotos de sus muertos y desaparecidos. Después de la euforia del primer momento, creo que comprendieron que realmente no había mucho que celebrar sin una sentencia condenatoria por los crímenes de lesa humanidad que cometió. Los familiares de los torturados, los muertos y los desaparecidos quienes aún tienen las heridas abiertas y a quienes también nos duele la impunidad con la que partió el dictador, hubiéramos preferido celebrar, antes de su muerte, una sentencia condenatoria de la justicia chilena. De todas maneras, no pudimos dejar de sentir cierto alivio cuando vimos como un nieto de un muerto de la dictadura espero 3 horas para entrar hasta donde estaba el féretro y lo escupió en la cara.

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