domingo, 17 de diciembre de 2006

A LA MUERTE DE PINOCHET

Salvador Allende con Pinochet.






Oscar Robledo Hoyos


“Vamos a festejarlo / a no ponernos tibios/ a no creer que éste/ es un muerto cualquiera/ vamos a festejarlo/ a no volvernos flojos/ a no olvidar que éste/ es un muerto de mierda”.
M. Benedetti.

La muerte del tirano vuelve a dividir a los chilenos. Los que están del lado de la fuerza y que últimamente han venido en llamarse “los demócratas”, los desarrollados del sur de Latinoamérica, los aperturistas de vanguardia pero tambien los insensibles al desgarrón que significó el arrebato violento del presidente que habían querido los chilenos para su patria. Los que lloran aún la pérdida de tantas vidas humanas, padres, hijos, sobrinos, amigos y vecinos y que no se resignan a aquello de “Como ya pasó, todo está consumado”, “Borrón y Cuenta Nueva” como si ésa tremenda espeluznante hecatombe fuera absolutamente necesaria para el funcionamiento democrático y económico del Chile postpinochetista.

No puede negociarse sobre los muertos. Ellos dividen necesariamente. Dejan como un muro hacia abajo que discrimina. Quien haya pasado de largo sobre el cadáver de un ser humano sin importarle su historia, los sueños y los amores que sembraron son sus sonrisas y talvez sus ilusiones pueriles, sus lágrimas y sus últimos pedidos angustiosos de otra oportunidad es bien claro que no está del lado de la víctima y los suyos. Que no se invoque ahora el evangelio de la “otra mejilla”, si aquel del “Si, Si y No, No”; y “Dad al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios”.

Raramente los que han escogido la vía de la violencia y la muerte pueden ser reincorporados a la red de relaciones que rompieron con las armas. Ello es muy difícil. Se colocaron – sin piedad alguna - del otro lado del muro que construyeron con sus manos y sus acciones. Son monstruos (des-humanizados) que no inscriben sus ejecutorias y sus lógicas en una República sino en un zoológico de seres desquiciados o un manicomio de homúnculos que arrastran la baba asqueante de su miseria espiritual. Estos especimenes no son prototipos de las guarniciones militares pues los ejércitos, por el contrario, dan y han dado ejemplares de los más elevados grados de civilidad y respeto a los derechos humanos. Excepciones como Pinochet son una anomalía de la vida castrense, una deshonra de los galardones que prenden de los uniformes de parada, una vergüenza y una afrenta. Lástima que el ejército austral no haya tenido el coraje de hacer justicia y haya preferido deshonrarse tributando honores a alguien que no fue digno de sus armas y uniforme. Debe ser tremendo ser hijo de un monstruo pero más horrible debe ser ir por la calle con toda la deshonra del señalamiento de muertes y violencias. ¡Qué drama el de esos hijos de Pinochet que se desdibujan en las primeras páginas de los periódicos del mundo por el solo hecho de ser hijos del monstruo y del bastardo!. Generalmente se ponen gafas negras. No se sabe con certeza si es por temor a la luz o para tener la seguridad de no ser reconocidos por las victimas del padre. Tambien es triste ser Isabel Allende e ir por el mundo en búsqueda de justicia y ser un pueblo huérfano a quien sus dirigentes, sus hombres de bien, sus juristas y parte significativa de su sociedad no le restituyeron el sitial de honor que se había merecido históricamente por su espíritu civilista y respeto de la democracia. Mas triste aún, no se le retribuyó a Salvador Allende su solidaridad con el pueblo que lo eligió en las urnas, pero sobre todo no se hizo justicia a una muerte digna, del lado de los deberes de un primer mandatario y el sitio de donde nunca debería haber sido movido un milímetro y menos haber consentido, nunca, su muerte.

En el fondo se perfila la tesis tan repelente de que ésta etapa armada del capitalismo globalizado solo es posible con el desprecio total y absoluto de lo humano.

Manizales, diciembre 10 de 2006

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