miércoles, 6 de diciembre de 2006

EL OJO DERECHO








Mario Hernán López.
Para Camilo y Manuela, que escuchan de lejos estas historias

Arroyave se reía de sí mismo cuando se le alborotaban las ganas de volverse francotirador: Un combatiente al que no le servía un ojo, no tenía la más mínima oportunidad de hacer el curso ofrecido por los internacionalistas europeos. Era la tercera temporada en que los irlandeses llegaban con sus aparatos de alta precisión para preparar un nuevo grupo. La guerra estaba cambiando de tácticas y los francotiradores se estaban haciendo cada vez más importantes en los frentes de combate y en las emboscadas: Los bombardeos de la aviación y la ofensiva terrestre del enemigo estaban obligando a la conformación de grupos más pequeños, el propósito era generar seguridad y movilidad en el frente de operaciones.

Imaginó la carcajada que podría soltar el comandante de la columna cuando le hiciera la solicitud de ingreso al curso; el mismo día que salió del hospital de campaña, con un apósito cubriéndole el ojo derecho, el comandante en persona le había ordenado apoyar al personal encargado del rancho; la esquirla de una granada le había causado daños irreparables en la visión y la movilidad ocular. En algunos días empezaba el curso, había visto a los cuatro irlandeses metidos en un cambuche armado a pocos metros de la quebrada, su estadía en el campamento estaba acompañada de buena comida y licor disponible, pero sobre todo baño y ropa limpia cada día.

Tres semanas antes, en el mismo lugar donde ahora estaba armado el cambuche de los cuatro pelirrojos irlandeses, había ocurrido el desafío con el Chichi, esa pelea fue la cuota inicial de los sucesos que ahora lo tenían tuerto. Ese día el camarada encargado de la instrucción teórica, había dado una conferencia sobre la política antiterrorista del imperio y sus guerras preventivas. El Chichi era su actual compañero de escuadra, el apodo del Chichi era una herencia, su padre fue un reconocido chichipato asesinado por los socios, eso lo había obligado a pedir protección e ingreso al grupo desde hacía dos años. A la salida de la instrucción jugaron a los empujones como niños en recreo hasta que el Chichi lo golpeó sin culpa en la cara con la culata del AK-47, se insultaron con la mirada más que con la palabra amenazándose mutuamente con delatarse; de ser descubiertos, el comandante podía ordenar un castigo severo cavando cien metros de trincheras o la deshonrosa suspensión temporal del porte y uso del fusil. Ya se encontrarían en algún combate.

Ocurrió dos semanas después en la toma de la cabecera municipal: La resistencia inesperada del cuartel de la policía, y la llegada inminente de apoyos aerotransportados del ejército, obligaron a un repliegue rápido de la columna; el Chichi y él habían quedado apostados en un mismo lugar del combate disparando hacia el edificio blanco y verde hasta cuando les dieron la orden de ganar una posición en la montaña; mientras avanzaban con los fusiles a punto - uno detrás de otro - Arroyave lo oyó vociferar, el Chichi lo conminaba a resolver el asunto de una vez por todas: Que cuál era la vaina, que porqué no arreglaban el problema allí mismo, que le faltaban pelotas para medirse con él, que no era tan hombre como decía. Encolerizado, Arroyave frenó en seco giró el cuerpo y disparó sin ubicar un blanco específico, no había vuelta atrás en la pelea, corrieron en sentidos contrarios buscando refugio detrás de los árboles; al fondo, las bombas opacaban los gritos de combatientes y civiles atrapados entre varios fuegos. El Chichi se lanzó al suelo, buscaba una posición de combate cuando sintió el estallido de una granada que le reventó los tímpanos. Arroyave, que aún se mantenía de pié detrás del árbol, recibió el golpe en el ojo, la esquirla penetró con un destello de mil colores, apenas alcanzó a gritar cuando llegó el desvanecimiento para aplazar el dolor. Despertó dos días después en el hospital de campaña, a su lado estaba el Chichi sosteniendo dos fusiles AK-47.

- Llegaron los irlandeses – Dijo el Chichi con voz casi inaudible.

Luego soltó una seguidilla de frases dichas para evitar el silencio:
- Una esquirla de granada del enemigo le jodió un ojo; pasado mañana viene el camarada para hablarnos sobre el proceso en Venezuela; la toma ya terminó, la columna salió completa del combate, el comandante ha preguntado por usted todas las mañanas.
Arroyave lo miró desde una eternidad brumosa:
- ¿Me sacaron el ojo? – Preguntó.
- No, pero tiene un problema serio.
- ¿Entonces para qué me cuenta del curso con los irlandeses sino voy a poder disparar?
- Compañero, esos son los costos de la guerra- Respondió, con la voz recompuesta.

El mismo día que salió del hospital, Arroyave tomó la decisión de irse: ya no servía para el frente, tampoco estaba dispuesto a soportar los chistes crueles de los combatientes a los lisiados que prestaban servicios en la retaguardia, los insultos a los destinados para toda la eternidad a la recolección de leña, limpiar trincheras, arreglar cambuches y cuidar vacas. Nada más peligroso que un combatiente tuerto, decían los veteranos durante las largas caminatas nocturnas.

El manual establecía que nadie podía andar solo por fuera del campamento: un sistema de seguridad, control y vigilancia mutua lo tenía ligado a su compañero, si decidía escapar fusilarían al Chichi, lo juzgarían y el castigo acostumbrado por el comandante en esos casos era la muerte con un balazo en el ojo de apuntar. Ambos tenían dieciséis años pero las responsabilidades en la guerra no tenían nada que ver con la edad, tenía claro que su amigo jamás abandonaría el grupo: el miedo al comandante y su afición a la instrucción teórica nunca le dejarían cambiar el monte por una vida de pobre urbano. De todas maneras le haría la propuesta a la primera oportunidad, en una vigilancia le propondría escapar, buscar algún cuartel del ejército y pedir las garantías de la reinserción de las cuales hablaban las emisoras y los panfletos del enemigo. Imaginó al Chichi replicando con las frases típicas del camarada: la responsabilidad histórica, la ética del combatiente, la lucha contra la oligarquía, el combate contra el capitalismo, el conflicto de clases y el papel de la lucha armada en la conquista del poder; el Chichi sabía decir todas esas cosas con propiedad, el camarada siempre lo ponía como ejemplo de claridad política en la juventud. El abuelo de Arroyave había caído en las primeras campañas campesinas en Riochiquito; eso también se lo enrostraría. Un ojo tuerto es un precio chiquito para pagar por la causa del proletariado, otro mundo es posible, le diría el hijo del chichipato imitando la convicción teórica del camarada. Arroyave no sabía de discursos, lo suyo siempre había sido la obediencia al comandante. Simplemente le contaría que se iba y ya. Allá él con sus ideas de revolución o muerte.

Ochos meses después, Arroyave y el Chichi almorzaban sopa y seco en un restaurante del centro de la capital cuando en la noticias de la televisión anunciaron la captura de cuatro irlandeses, por parte del ejército, en el momento en el que se disponían a abandonar el país. – Ya no voy a poder hacer el curso- dijo Arroyave, dibujando una sonrisa que le apagaba aún más el ojo malo. – Yo pienso en el camarada, quién sabe que cosas estará padeciendo metido en una celda, encadenado desde que lo extraditaron - respondió el Chichi.

- ¿Qué le queda de la guerra, además de estar tuerto? –
- Haberlo convencido a usted esa tarde en la trinchera de que se escapara conmigo-
- ¿Y si me hubiera negado a acompañarlo? -
- Entonces estaría casi como yo, tendría un hueco en el ojo derecho –

Se pararon al mismo tiempo, llovía ese tarde en el centro de la ciudad, un hombre viejo, sentado en la silla más cercana a la puerta del restaurante, leía una edición pirata del último libro sobre los niños de la guerra. Al salir, cada uno, como siempre, pagó la cuenta.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Dos cosas: para apuntar un fusil se apaga un ojo dizque para ver mejor el blanco, es decir sobra uno. Hay quienes apagan los dos y reparten a diestra y siniestra. Su presidente, por ejemplo, ni siquiera mira, parece tuerto o al menos se hace el de la vista gorda. Alla todo el mundo se hace el de la vista gorda asi no haya ido a ninguna guerra. Magnifico escrito, pero prefiero bromear que tomarlo muy en serio, abruma tanta indolencia.