lunes, 25 de diciembre de 2006

ADIOS A PERUGIA (ITALIA).



Oscar Robledo Hoyos

Apenas llego a la catedral y la fuente mayor, a las cinco de la tarde. Me siento en las escalinatas, tímidamente, en la soledad y el silencio de la plaza solamente acompañado de los recuerdos, dando la espalda a la ciudad. Dos o tres palomas vuelan detrás despabilándome un poco para dejarme caer definitivamente en la belleza de la contemplación en retrospectiva de la muerte del sol de mano de las embestidas de la noche que se perfilarán próximamente en el horizonte. El espectáculo del atardecer en Perugia como telón en donde proyecto las expectativas de aquellas tardes locas y lo que fueron los cansancios de la ruta que se siguieron luego de aquella tarde en que se nos entregaron, en el aula caldeada, los “títulos” de nuestro aprendizaje no tanto de la lengua y la literatura italianas sino de la vida en una Europa moribunda que no alcanzaba a romper los arneses y corsés en los que la había metido la cultura al uso del momento y los intereses de los dueños del mercado y del estado..

No como aquella tarde en la que los “pappagalli” de la ciudad fueron a nuestro encuentro con el verbo alicorado y la testosterona en flor. Iban en búsqueda de las desubicadas nuevas alumnas del curso de verano que al día siguiente iniciaría la Universitá per Stranieri. Nada raro que a nosotros, insignificantes machos melancólicos, no nos lanzaran una mirada o al menos un saludo en un bravísimo italiano. Fueron en grupo, como gavilanes luego de la apertura de la tierra, como emisarios de buena voluntad de la Citá etrusca, a la estación ferroviaria mas próxima, para impresionar a las neófitas con el pretendido “encuentro casual” con la fortuna de tener un cicerone en la almohada, si fuere necesario complementar los malabarismos de la conjugación de los verbos con la gimnasia del Amor. En fin, no se trataba de cortesías entre galanes pues al fin de cuentas íbamos a definirnos – ellos y nosotros los forasteros – tras la presa y los acontecimientos inmediatos o futuros se encargarían de colocarnos del lado de la “Madonna” dadivosa y bella o el “Inferno” de los desahuciados que encontró El Dante en el círculo de los lujuriosos haciéndole compañía a Francesca da Rímini. Talvez muchos de ellos o todos ellos quedarían del otro lado de la montaña donde el sol es definitivamente enceguecido por las tinieblas.

De la Trattoria del frente adonde íbamos a almorzar aquella pasta que naufragaba en el jugo perfumado de los pomodori, el queso parmesano y el pan hecho en casa, no venían las voces de los alegres veraneantes dal mezzo giorno. Los grupos de estudiantes no pasaban a la calle, a las seis y media de la tarde, abrazados y medios ubriacos a danzar y cantar las canciones folclóricas de sus países o regiones. Ana Rosa, la venezolanita pariente de Rómulo Gallegos, ya no entona en su guitarra Pueblo Mío, la fogosa andaluza ya no despierta las calles adyacentes con su cojera alebrestada del pie izquierdo, Ambretta no habita en la casa de fachada blanca en la parte de arriba y mi ninnina Neusinha de Fortaleza - Brasil se ha ido con sus trastes a vivir con su tía a Río.

Bajo apesadumbrado al Corso Vannuci, camino hasta el fondo, me instalo en su mirador como otra tribuna de mi bella Manizales a observar, una nueva muerte del sol de mano de las embestidas de la noche que se perfilan ya en el horizonte

Manizales, diciembre 24 de 2006

1 comentario:

Anónimo dijo...

me ha gustado... ligeramente complejo y entrebuscado todo pero en definitiva "difernte". Well done! ;)