sábado, 25 de noviembre de 2006

EN LA MUERTE DE CARLOS ARANGO

La palma de cera, de especial interés en la vida profesional de Carlos Arango

Palabras de Mario Hernán López en la ceremonia en honor de Carlos Arango, en la Universidad de Caldas


A las 10:49 am, del día 21 de noviembre del 2006, el profesor Germán Gómez Londoño me llamó al celular para enterarme de la muerte de Carlos Arango; en un acto reflejo, o de desconfianza con las malas noticias, decidí marcar al celular de Carlos. Mientras los circuitos electrónicos -de la empresa de teléfonos en la cual trabaja su hijo León David- tramitaban la llamada y le daban paso al correo de voz, me di cuenta que ese mismo acto reflejo lo había repetido durante todos estos años de complicidad universitaria: Ante las noticias del día, era necesario llamar a Arango para buscarle sentido a los asuntos políticos, a los acontecimientos universitarios, o simplemente para intentar comprender el funcionamiento de algún mecanismo de la fábrica de tragedias y sucesos insólitos con los cuales se produce la vida cotidiana del país.

A pesar de tener la certeza que el sentido del humor de Arango le haría celebrar hasta el límite una mala noticia sobre si mismo, decidí no dejar mensaje; ahora lo imagino con su humor cáustico, con sus salidas ingeniosas que no siempre sopesaban al interlocutor, cargadas de giros inteligentes, advirtiendo con vehemencia al público de ocasión que aún no es hora de abandonar su lugar en la barra de Arte Tango, que no es el tiempo adecuado para dejar de alimentar polémicas, de casar buenas peleas, de dejar de escuchar el tango Mala Suerte en la versión de Julio Sossa, ó Como Abrazado a un Rencor interpretado por Rubén Juárez, ó Flor de Fango de Alberto Castillo, o la Chicana, o el tango electrónico de Bajo Fondo; menos aún y por ningún motivo se le ocurriría perderse la historias de sus hijas Maria María y Ana Raquel.

Carlos Alberto Arango Rojas hace parte de una generación que interpretó el mundo con la felicidad singular que debe producir contar con una ideología redonda y suficiente, capaz de reconocer las dinámicas sutiles del poder y de soñar con un mundo opuesto a este desmantelado estado de cosas. Son muchas las evidencias a su favor: lo vimos, en este mismo recinto, liderando los movimientos universitarios en los tiempos de la discusión de la Ley 30, empujando las protestas callejeras de los profesores en las negociaciones de la valoración de la producción intelectual, asumiendo la defensa de la Universidad Pública como un elemento central para la cultura y la educación en Colombia, y comandando la protesta universitaria frente a los equívocos de las administraciones de turno. Siguiendo a Antonio Tabucci, puede decirse que Carlos cumplió con la tarea intelectual de hacerse centinela, de estar ahí para vigilar, para mantenerse despierto y esperar con una atención activa en la que se expresa menos la preocupación por si mismo que la preocupación por los demás.

Como muchos de su generación, en los últimos tiempos Carlos cuestionó los fracasos de los medios y los fines de los proyectos igualitaristas radicalizados, apoyó las opciones políticas que emergen con sensatez y con posibilidades de romper la eterna monotonía del poder en Colombia, apostó por ellas en el terreno electoral con entusiasmo renovado, guardando siempre un lugar para los fracasos inesperados. En un pasaje de la celebrada novela de Sándor Márai – El Último Encuentro – dice el personaje lo siguiente: “Entonces comprendí que quién sobrevive a algo no tiene derecho a levantar ninguna acusación. Quién sobrevive ha ganado su propio juicio, no tiene ningún derecho ni ninguna razón para levantar acusación alguna: ha sido el más fuerte, el más astuto, el más agresivo”. Esa circularidad de vencido y vencedor y nuevamente vencido, ayuda a comprender los destinos políticos de la generación que vivió intensamente, como Carlos Arango, los tiempos de la pasión política.

Como suele decirse en el lenguaje de los académicos, fue un actor universitario que transitó por casi todos los escenarios: Decano, Vicerrector, militante de causas impredecibles, miembro de las organizaciones profesorales, animador permanente de las discusiones sobre el currículo, generador de proyectos de extensión, pionero en temas ecológicos y tejedor de múltiples asuntos, oficiando casi siempre desde el hall central de la Universidad de Caldas.

En junio del 2002, la Universidad de Caldas y APUC hicieron la producción de una parte de la obra musical del Maestro Marco Tulio Arango, interpretada por el Conjunto Instrumental Acentos; Carlos realizó la gerencia completa del proyecto cuidando todos los detalles del trabajo; al mismo tiempo que realizaba las gestiones iba contando historias de su vida familiar alrededor de la música y las motivaciones escondidas en la composición de cada bambuco y pasillo. Era claro que no quería llegar al tiempo límite de su jubilación sin dejar terminado el homenaje al Maestro; una vez concluida la tarea, nos entregó un disco compacto bellamente dedicado. Con ese tributo a su padre cerró el ciclo en la Universidad de Caldas. Luego de su jubilación, se dió al oficio de conversar sobre todas las cosas; lo ocuparon la música, los periódicos, las revistas, los libros y los encuentros. En los últimos meses, una felicidad inusual lo acompañaba por todas partes, hacía demostración permanente de alegría hasta el punto de gritar por las calles cosas propias de los espíritus lúdicos, regalaba flores y declamaba fragmentos de su amado Borges: “Que de tus muchos días ninguno brille como el día de mañana”, pudo haberle dicho a alguien en medio de esa hermosa euforia intempestiva. Estaba feliz y nos dejó a todos con ganas de más.


Querido Arango, te llevaremos en el mejor lugar de la memoria.


Mario Hernán López.

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