lunes, 4 de septiembre de 2006

Por siempre....

Carlos Ricardo

A Carlos Fenando Henao


1963-1976





Con cuidado enrolló la cuerda del trompo de círculos azules, amarillos, rojos y verdes, ese de punta fuerte con borde de clavo y que tantos desafíos le había ganado, especialmente al mono Fernández, el más parecido a él.
En las calles empinadas de la ciudad sostuvo enfrentamientos de balón, monedita y uno que otro de puños, con nariz reventada y ojos multicolores. Las niñas, esos personajes misteriosos también de 13 años como él, pero incomprensibles con su olor a muñeca, sus pecas y sus cuerpos con asomos de formas llamativas, los acompañaban en algunos juegos, pero casi siempre se escondían tras las esquinas a la espera, sin permitir que sus risas pasaran el umbral de lo soñado.

No supo por qué se acercó al “remache”, ese muchachito con cara de yo-no-fui que se sentaba siempre adelante, con sus zapatos brillantes, la cara recién lavada y la frente redonda con huellas de los besos de la mamá. Cerrando muy fuertemente los ojos, podía ver en esa cara la de Liliana, la hermanita linda del “remache” que lo miraba con los ojos de miel y le sonreía con timidez desde la escalera de la casa. La conoció en un día de entrega de calificaciones, con su vestido de margaritas pequeñas, zapatos blancos y medias de bordes azules. Al principio le pareció muy niña y más cuando no se soltó de la mano de la mamá durante la izada de bandera. Pero la sorprendió mirándolo con interés y cambiar el color de durazno por el de manzana con la mirada fija en el parlante que tocaba el rayado disco del Himno Nacional. Y hasta la metió con valor en una de las estrofas, pero se arrepintió con el segundo verso de “la virgen sus cabellos, arranca en agonía y de su amor viuda los cuelga en el ciprés... ” cuando la imaginó arrancándose los rizos y buscando desesperadamente un ciprés para colgarlos, sin saber qué diablos era un ciprés.

Al salir, la miró fijamente para no olvidar su cara y para que supiera que al lado de sus muñecas, habría siempre un osito de peluche con sus pecas, sus rizos y sus ojos vivos, que le interrumpiría las lecciones, las tareas, las risas y las lágrimas. Porque no tenía cara de cantante, pero tenía su estilo y no lo hacía del todo mal cuando de meterse en el corazón de alguien se trataba.
Por la tarde se enteró de lo nuevo: la ciudad estaba estremecida, porque los universitarios andaban en problemas y la policía competía por acomodarles piedras, donde normalmente se acomodaban libros. La calle era un tremolar de sirenas, estudiantes sangrantes, policías sangrantes, gentes corriendo y curiosos asomados a los ventanales como avivando el espectáculo.
Lo cuadró con el Fernández y salió disparado, sin mirar atrás por el temor de la hermana llamándolo a hacer la tarea de aritmética. Asomó a una esquina con la nariz levantada y los oídos dispuestos al ruido de patrullas y de gritos. En el tumulto reconoció a toda la barra del salón: “pirinolo” con su pantalón siempre caído, “mediobeso” con la eterna camisa de cuadros, “para impresionar a las sardinas” decía él, “cucaracho” el del bronceado natural, “cacharrito” el de las navajas, los radios, los cables y bombillos, el “loco” de los cohetes de fósforos en envoltura de cigarrillos “Pielroja” y Romero, el duro de clase y el de las buenas notas.

Sin dudarlo se metió entre los amigos, saludó y se enteró: iban como “grandes” a participar en el tumulto. Se alegró de no haber traído la “Cruz Blanca” de 10 servicios que le regaló su padre, porque al correr podría perderse y no sabría cómo responder por lo perdido.
Como en la esquina del banco alcanzó a ver a Liliana que salía del colegio, levantó con más fuerza la voz, coreando las consignas de los universitarios y sintió que la niñez era otra historia y que ahora su historia era con esa colegiala de uniforme azul, blusa marinera y cara de muñeca.

Entonces lo vio, era un hombre mayor, de bigote, con uniforme de policía, botas negras y una pistola en la mano. Por un momento sintió que era una escena de película de vaqueros, que la bala saldría del cañón y el se tiraría al piso, mientras el “guapo” lo defendía. Pero no hubo guapo, la bala le robó la imagen de Liliana, le arrancó la navaja y lo borró de la lista de los “duros” de Tercero B del Instituto. Para el teniente Pérez fue uno más, un reporte en su hoja de vida; para el resto, un trompo menos en la calle, un oso más en la alcoba de Liliana y una “Cruz Blanca” de 10 servicios, nuevecita, sin ánimo de gastarse, oxidándose abandonada en el fondo de un cajón.
Carlos Fernando Henao S. fue herido de muerte por un oficial de la Policía, el 6 de septiembre de 1976, durante las movilizaciones de estudfiantes y de la población de Manizales, que siguieron al allanamiento de la Universidad de Caldas, el 3 de septiembre de ese año
Volante elaborado por los estudiantes de Manizales, en 1976

3 comentarios:

Anónimo dijo...

En algún lugar de la memoria debía quedar un fragmento de la historia de Carlos Fernando. Las promesas de los grandes heroes y de los mártires, para la eternidad, también se incumplió. Bien por ese relato, de un muchacho que alcanzó a ser un eco en la memoria triste de esta ciudad siempre pacata.

Anónimo dijo...

Es increible que no pase nada. Me aburre esa Colombia con alzheimer.

Anónimo dijo...

no dejemos la costumbre de no dejar perder en la historia de esta primer victima de parte de la autoridad porque fue falta de expresion por un gobierno de no hace las cosas de un determinado control para el buen manejo del pais no debemos dejarnos sunplatarnos de estos incorruptos politicos que pierden el tiempo en un puesto y nosotros aguantandonos las incomodidades de estos señores del estado att luisantiago