miércoles, 20 de septiembre de 2006

Entre El paciente inglés y Doña Elvira






Por Titi Shinki


Casi cinco y media y Luciano me llama ... “estoy en camino” le digo, “tranqui, que tú eres en la que más confío... el resto se está levantando de la siesta sabatina” y yo que andaba preocupada porque nuestra cita (o sea, la de casi un equipo de fútbol) era a esa hora en su depa para salir al Bolívar a tomar unos piscos y comentar la obra antes de irnos al Segura.

No pudimos reunirnos todos porque como casi siempre, aparecieron problemas de última hora, así que dejé mi carro estacionado en la cochera de Luciano y nos fuimos en el suyo con destino al Segura, él, Cecilia, Emilio, Lucas y yo... ya coordinaríamos en el camino con los demás.

Durante el recorrido, les iba leyendo el resumen de la ópera que estábamos a punto de disfrutar, cada oración que les leía venía inmediatamente seguida de alguna frivolidad extrema que nos sacaba a todos de la atmósfera del bel canto... entre risas y gritos, llegamos al Bolívar a tomar unos drinks “al toque no más porque llegamos tarde”, dice Luciano. El Bolívar no está muy lejos del teatro pero suponía dejar el auto en las puertas del hotel y no era muy seguro, así que casi corriendo partimos al Segura y Carabaya estaba repleta de autos, fue espantoso la búsqueda de la cochera.

Llegamos y ocupamos nuestras butacas... empezó la obra... está Doña Ana junto a Don Giovanni sufriendo por la afrenta de la seducción (bien que quería, la falsa)... sigue la obra y aparece un tipo que se sienta exactamente a mi lado... a los dos minutos, empieza a cantar las arias y yo, mismo rumiante a punto de darle un jab; felizmente Luciano que estaba al otro lado mío, se percata de la situación y de un manotazo lo calla (aunque él dice que sólo le tocó el hombro delicadamente).

Las arias más divertidas las transmite Leporello (siempre un alcahuete tiene las historias más brillantes, el aria que le canta a Doña a Elvira relatándole la lista de amantes de Don Giovanni es espectacular) y las más desgarradoras (al punto de ser risibles) las da Doña Elvira... cada aparición en escena de uno de estos dos personajes era una carcajada general de todo el teatro.

Se desarrolla la trama y llega el desenlace trágico de Don Giovanni, donde todos los afectados repiten: “La muerte de los pérfidos es siempre igual a su vida”.

La obra, bien montada, no podemos pedir más para un país pobre como éste, los cantantes y músicos muy buenos, el teatro, precioso como siempre... la música totalmente celestial.

Muy contentos todos, luego de la obra decidimos ir a cenar, así que nos fuimos a un restaurant un tanto alejado de donde estábamos... pedimos, comimos como pajaritos porque no nos habíamos dado cuenta que era tardísimo y encima era un grill (reconozco mi error porque fui la que propuso el lugar)... terminamos regalando la comida a uno de los guachimanes del local.

Para bajar la pesadez de la cena, uno no podía irse a casa, así que decidimos ir a un local recién abierto en Miraflores... había tanta gente que ni respirar se podía, así que me regresé a casa.

Cuando llego, maldita sea, no podía dormir, esa picoteada de cena me había hecho efecto y tenía un insomnio asqueroso (de los que no suelo tener)... leía y leía y nada que se me venía el sueño; hasta que decidí que el sueño tenía que venirme sí o sí porque tenía un domingo algo complicado, más que complicado comprometido con varias actividades.

Apagué las luces, la radio y todo quedó en silencio, empecé a concentrarme en los latidos, en tratar de sentir como fluye la sangre y en esas cosas que intentan llevarte a un estado de tranquilidad que te permite conciliar el sueño... mientras mi intento, se me cruzó algo que por supuesto no me dejó dormir en absoluto hasta que vi el amanecer.

Varios años atrás, de pura casualidad un amigo me preguntaba, cuál era la última película que había visto, y le contesté: “El paciente inglés”; él me dio una explicación de la trama de la película que en verdad imagino que ni al guionista se le habrá ocurrido tantas aristas... y terminó adolorido en su relato, cuando finalmente me dice: “Titi, si quieres saber exactamente qué significa el amor para un hombre, está ahí”... esa desnudez de sus sentimientos lo hacía tierno y a la vez esa confesión de parte lo llevó a la tristeza más profunda.

Durante la sobremesa de nuestra cena, comentamos mucho la ópera, resaltando las dotes técnicas de los cantantes, la exquisitez de la música, etc, etc... pero también decíamos con risas que sólo demostraban nerviosismo (por nosotras las mujeres), la maldita vocación de revelar los sentimientos.

Así como una vez el paciente inglés reflejó el tuétano del hombre, doña Elvira (maldita!) reveló el tuétano de la mujer.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Bien Titica. Siempre nos acompaña la curiosidad por el complejo significado y contenido de "lo otro"