martes, 22 de agosto de 2006

CIRCO A CUATRO MANOS




Oscar Arias y Mario López

Capítulo I

Ocho y treinta de la noche, Medellín. Un altavoz gangoso anuncia a lo lejos el inicio de la función: - “señoras y señores, este es el circo Fantasía, etc., etc.”- La decisión la tomamos de inmediato, casi al mismo tiempo nos paramos de las sillas y salimos corriendo para coger un buen lugar en la carpa. Fuimos todos: los niños y la abuela, la visita y los anfitriones. Ninguno había asistido a la función de un circo tan pichurria, con lugar para cien personas: ¿tendrá un perrito amaestrado? ¿Estará la mujer barbuda? ¿Se presentará el payaso tuerquita, el malabarista maravilla, el contorsionista del cubo de cristal, el mago Lorgia o un imitador de Huidini? ¿Será un mito el chiste de la mujer manguera? Nos preguntábamos todos en el recorrido.

Encontramos casi cincuenta personas apostadas en las graderías (a mil pesos la entrada para niños y dos mil para adultos); el animador, con pinta de vicioso, no permite que la función inicie con la fantasía del circo Egred Hermanos: una voz ronca y afectada de consumidor callejero nos aleja a los adultos del recuerdo nostálgico de la novela del viejo Cocherín – Carapintada-; la escena no es la historia de Ubu, el reguetón sustituye la canción del payaso cantada por Javier Solís. El circo tiene un tono de barrio marginal, malevo, peligroso y parlache. Un borracho mira con los ojos torcidos desde las graderías, mientras se toma media botella de licor apoyado peligrosamente en la guadua que soporta la carpa.

Mientras lanza al aire tres palos encendidos - parecidos a los bastos de la caballería en el naipe - el presentador realiza también funciones de malabarista; cada dos lanzamientos los palos caen al suelo, la sonrisa en la boca desdentada y los ojos desorbitados crean una ambiente de zozobra: ¿Se incendiará la carpa?

Capítulo II

A los más pequeños se les dibuja el asombro en el rostro con cada broma que ofrecen los artistas, repetida como interminables vueltas de tornillo en cierta tradición circense. En el público se destaca un personaje extremadamente “trans”, que parece un habitante de Ámsterdam decadente para esta latitud: facciones bruscas, palidez, inexpresividad - a veces parece hombre, a veces mujer – por todas partes se le asoman los estragos de las drogas.

El borracho corretea al cuchillero para felicitarlo por la hazaña que acaba de realizar: lanzar cuchillos a una modelo a cinco pasos de distancia que al momento de ejecutar, con la estirada del brazo, queda reducida a tres. Casi los coloca sobre la tabla y aún así la modelo aprieta los dientes. Nos miramos como preguntándonos sobre el sentido de esa especie de ridiculez que poco a poco nos metía en la paradoja nacional de la cruel violencia y el elemental amor. ¡Cómo nos suceden estas cosas! Resulta sublime participar del drama y de la alegría, de un mundo gobernado por Tánatos y Eros.

Mientras la vendedora de comestibles se prepara para vestirse de cantante en la próxima escena, la vendedora de boletas la asiste, el cuchillero se prepara de payaso, el anterior payaso ejercita los músculos para la exhibición de contorsionismo, el animador hace el arqueo de las ventas, el mago llega de empujarse unos guaros y el borracho corretea a algunos para compartir su celebración, con esto se cierra la primera parte de la función.

A manera de epílogo.

Al anunciarse el intermedio bajamos a buscar los payasos para tomarnos una foto; desde las graderías llamamos a gritos al payaso Arrocito (audaz lanzador de cuchillos, silencioso asistente de malabarista, habilidoso técnico de sonido, marido celoso de la cantante y vendedor de obleas con dulce de guayaba). Cuando subimos a la pista y abrazamos a Arrocito cualquiera pensaría que queríamos atraparlo para agradecerle; la verdad es que el abrazo solo tenía un propósito: no dejar que levantara los brazos, porque con una chucha tan ácida (olor intenso y desagradable por descuido en la asepsia adecuada del sobaco) se corría el riesgo de armarse un problema de salud pública.

Al salir de la carpa, el público ve al borracho echarle una mirada furtiva, torpe y deseosa al “trans”.

2 comentarios:

Angélica Cuevas dijo...

Es una lástima encontrarse con textos de este tipo, en los que quien escribe, sin tener idea de su profesión, trata de ridiculizar el ambiente de un circo que, si bien, carece de recursos, amanece sobre las montañas de Medellín no solo con el fin de ser el sustento de 8 familias que dependen de el, sino con un el fin de llevar a un público unas sonrisas probablemente, no con el humor más fino del país, no con el humor que seguramente usted deba merecer, pero si con el objetivo de divertir.Y esa fatiga, que genera ese estar de acá para allá, que produce el mal olor del que usted habla despectivamente, hace parte de la vida de agitada de esas personas que viven para divertir a otros, sin ánimo de ofender a su público, sin juicios como los suyos, cobrando 1000 y 2000 pesos por boleta. Que aveces encuentran un público agradecido, y otras, como es su caso, poco educado que simplemente desentona.

angelicamcuevas@gmail.com

Anónimo dijo...

Celebro el tono de su comentario y la redacción elegante. Obvio que el texto que escribimos Oscar y yo es una caricatura como las tantas que hay sobre el circo - recordemos la novela carapintada de Ivan Cocherín, los innumerables trabajos para teatro y esa canción para suicidas que canta Javier Solís - generalmente idílicas o nostálgicas que ponen la vida del circo en el lugar de la tragedia o de la farza. ¿Qué haríamos sin el dulce juego del humor en la conversación y la escritura hecha a partir de torcerle el cuello a lo que vemos y sentimos tratándo de buscarle un ángulo menos severo a la realidad?.

El texto no tiene una lectura única ( como todo en la vida, diría mi madre); en el caso de Oscar y mio escribimos una nota a cuatro manos, que lejos de ofender o desconocer el trabajo del artista popular como oficio digno, celebra el encontrarnos en la pista y en el público con lo que comunmente se denomina una vida de circo.

Un abrazo siempre

Mario