miércoles, 2 de agosto de 2006

Abril Rojo



Por: Mario Hernán López

Hasta hace pocos meses, se podía leer, en un muro de la Universidad de Caldas, un solitario graffiti político en medio de los textos cada vez más insípidos que suelen decorar las paredes: “Escarbaremos la tierra hasta rescatar al Presidente Gonzalo. Partido Comunista Peruano”. En otro costado del mismo edificio, otro graffiti, con la consigna más popular de Sendero Luminoso, anunciaba la captura de Abimael Guzmán en el año 1992: “Salvar la vida del presidente Gonzalo”. Lo que parecía ser una expresión política circunscrita al conflicto armado en el Perú - distante de las inspiraciones ideológicas locales, más próximas al marxismo-leninismo que al marxismo-leninismo-maoísmo - aparecía como un estertor en las paredes de la Universidad de Caldas.

¿Qué pasó en el Perú después de la derrota militar de la guerrilla senderista? ¿Cómo se ocultaron las innumerables violaciones a los derechos humanos, por parte de las fuerzas militares? ¿Qué camino cogieron los terroristas después del año 2000, al final del conflicto armado? ¿Qué ocurrió con las comunidades campesinas en la zona de Ayacucho? Sobre estos asuntos gira la novela del escritor Santiago Roncagliolo, Abril Rojo, ganadora del premio Alfaguara 2006. La novela se puede leer como un thriller, como un trabajo documental sobre el posconflicto, como un ensayo sobre las violencias y las culturas locales, o simplemente como la especulación de un escritor a partir en los sucesos de la guerra reciente en el Perú. Un fiscal apegado a las normas hasta el fastidio, un cura cómplice en los crímenes, el comandante regional del ejército, varios campesinos que hablan en quechua, y una mujer joven, pequeña y de senos diminutos, integran la historia de Roncagliolo.

Cada mañana, los soldados salen a cubrir con pintura blanca los muros de las casas, los senderistas (terrucos) han pintado durante toda la noche letreros alusivos a la revolución comunista; en tiempos preelectorales el candidato presidente no debe enterarse de los desórdenes.

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