miércoles, 12 de julio de 2006

Psicoanálisis clínico

Por Carlos Ricardo




A Gustavo Armando Bonilla


Ese sonido agudo, ese ondulante sonido que se metía por su oído derecho, le aceleraba el corazón y llenaba de destellos insoportables sus ojos cerrados. Maldijo a los japoneses con sus chips y su tecnología, que no habían podido inventar un despertador que no torturara con chillidos o campanas.

No sabía qué había pasado con Marcela. Todo había ido bien hasta cuando empezó a hablar de lo relativo del amor según Kafka y de lo insustancial de Foucault. Sabía que era pecado de lesa humanidad burlarse de Lacán, pero no resistió a la oportunidad y dejó ir frases poco amigables para el dogmatismo psicoanalítico de ella.

Ni las luces de Medellín a lo lejos, ni Sinatra en la radio del carro pudieron calmarla y cuando la dejó frente a la casa con jardín de astromelias y gladiolos, su última mirada era de enfado y pesadumbre; el beso de despedida fue más rápido que siempre y más distante que nunca.

Recorrió muchas calles; paró en el primer bar que encontró y el trago de brandy que ni siquiera quiso acariciar y menos oler, le alistó la garganta para muchos más. Cuando llegó a su casa, las luces eran líneas y sin saber cómo, acomodó el carro en el garaje.


El médico jefe le había dicho que no podía llegar tarde a recibir el turno y menos un sábado, cuando la Unidad era una locura y todo el mundo quería dejar ese espacio de semimuertos, muertos completos y familiares llorosos en la puerta.

En el ascensor, el tiempo pasó más rápido de lo normal y el letrero “Cuidados Intensivos” apareció 12 segundos antes de lo usual.
Pasó rápidamente por la puerta principal y se metió en la blusa estéril, la gorra, el tapabocas y las polainas.

Las auxiliares somnolientas le indicaron el cubículo de un paciente “ muy malito”. Cuando entró, un cura miraba compungido a una especie de masa inmóvil, con tubos por todos lados. El monitor marcaba 145 pulsaciones por minuto, frecuencia respiratoria de 40 y presión baja. No había duda, era un quemado y grande. La historia clínica decía: “ Traído por la policía. Al parecer sufrió quemaduras mientras procesaba cocaína en Dabeiba...”. Ah! era “cocinero”. Tenía 95% del cuerpo quemado, seguro se iba a morir.


La auxiliar lo llamó y le indicó la puerta de los visitantes: un señor quería hablarle sobre el quemado.
El hombre de aspecto común pero arrogante, le dijo en secreto: “ soy el patrón del muchacho”. Cuando le informó con la cara más dolida que tenía, que era muerto casi seguro, le dijo que él quería hacer todo lo posible. Por sacárselo del camino, le dio una respuesta: “ lo único sería un transplante de piel y eso sería imposible...” . El hombre pensó un momento y se le iluminó la cara: “ Dígame cuántos malnacidos hago matar y los pelamos; ahí tendría toda la piel que necesite”.

Después de eso, no había más opción. Llamó a Marcela y le propuso que se reunieran a arreglar lo de Lacán.

2 comentarios:

Kinshala dijo...

pocas veces sabemos de verdad a que nos estamos enfrentando... cada nuevo dia es un nuevo reto para la vida! que buen escrito... hace tocar sentimientos bien fuertes!

creo dijo...
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