sábado, 1 de julio de 2006

Libros y libreros






Por: Mario Hernán López.

Al final de una novela del escritor cubano Leonardo Padura - la neblina del ayer -, están consignados los agradecimientos a su librero por el trabajo de selección de los textos en los cuales se basa la narración. La novela se centra en el hallazgo de una biblioteca con cinco mil libros exquisitos en una casa de La Habana vieja, uno de ellos guarda hace más de cincuenta años la fotografía de una cantante de boleros; la imagen de una mujer bella y sensual detona una historia policíaca que mantiene en vilo al lector. La contribución del librero en la elaboración de la novela es invaluable, su trabajo consistió en la elaboración de una antología de literatura hispanoamericana, cargada de finos detalles editoriales e históricos acerca de las obras y sus autores. Un aporte de esa naturaleza, en sentido estricto, debería ser reconocido con la coautoría.

Por sugerencia del propietario de la librería Libélula, el año pasado leí un par de novelas espléndidas del narrador italiano Antonio Tabucchi, una simple insinuación sobre la experiencia del lector lo puso en alerta sobre mis preferencias; gracias al librero y a la provocación de los estantes de la librería, dispuestos para una comunión permanente entre los ojos y el texto, aparecieron los españoles Javier Cercas y Enrique Villa-Matas, los norteamericanos Paul Aster y Philip Roth, el chileno Roberto Bolaño y algunas novelas premiadas por las casas editoriales y las convocatorias nacionales. Siguiendo las huellas del librero, las recomendaciones del dependiente de la librería están orientadas a los ensayos sobre política y desarrollo:” creo que esto te puede interesar”- suele decir con aire tímido cuando llega algún trabajo de Antonio Negri.

En un país de pocos lectores, textos costosos y una sola feria del libro, la visita a la librería es una experiencia capaz de provocar modificaciones.

Días atrás visité Libélula, mientras examinada una novela del español Alfredo Conde – Lukumí- sugerida por el dependiente, aparecieron dos clientes con solicitudes poco usuales:

Una mujer madura preguntó por un libro “no me acuerdo de la editorial ni del título”- dijo - provocando una alerta general y poniendo en operación un procedimiento previsto para estas situaciones. Quince minutos más tarde, un hombre joven de aspecto universitario, preguntó por el precio de un libro pequeño para un regalo, el dependiente, sin inmutarse, le ofreció tinto y un librito de poesía colombiana.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Yo diría que llegar a Libélula, es pasar un umbral hacia el delicioso mundo de
la conversación y de un café espumuso con un excelente aroma,nacido de éstas
montañas. Pero a mi también me han provocado a incursionar timidamente en la
literatura norteamericana con John Kennedy Toole con la "conjura de los
necios" una novela que descubre y descifra el mundo transgresor de la ironía
pero atrapado en las redes de los absurdos sociales y de la fina observación
política, recubiertos ambos con maquillajes de la "normalidad norteamericana".
Así como dices, mi querido amigo, el librero tambien me recomendó, más aún, me
prestó La marcha de Radetzky de Joseph Roth para continuar en mi tímido
intento de incursionar en la literatura del oriente europeo, con Sandor Marai
a la cabeza, el último libro Tierra Tierra marca otra faceta de este escritor.
Y su dependediente...a propósito un "fenómeno juvenil" completamente
fascinante que me hace mantener la esperanza de unas líneas muy finas de
encuentro intergeneracional, me ha llevado a la literatura oriental,de manera
particular, la japonesa con Kensaburo OE -arrancad las semillas, fusilad a los
niños- (esta me revolcó un poco por aquello de la violencia...tu sabes) y
Haruki Murakami con Sputnik, mi amor (esta última me la dió ayer). Mi querido
te respondo un mensaje que enviaste a mucha gente y a la vez te invito para
otro trago en Juan Sebastina Bar que tal? si hogares tutores te lo permiten.
un abrazo. Ma. Crist.