viernes, 14 de julio de 2006

LA CASA DE RENÉ





(Segunda entrega del Día de La Virgen)
Por Rodrigo Restrepo Gallego

Muy de mañana alcanzamos el alto un poco cansados. Ella acuclillada y yo de píe, como la última vez que allí estuvimos tratábamos de encontrar en la loma del frente aquella casa que nos quedó en imagen fugaz después de oír el disparo que mató a mi papá. Yo ni siquiera la visualizaba desde los recuerdos de tantas veces desde allí vista. Como tampoco ella con el solo recuerdo de una sola vez mirada a través de sus lentes de mujer uniformada. No la veíamos; o tal vez ya no la recordábamos, o ya no estaba, nos decíamos.
Tuvimos que identificar puntos de referencia, los guaduales, el bosque primario, la quebrada La Ley, las formas topográficas, las casas de los vecinos hasta toparnos con una casa más grande que la mía, nueva, de ladrillo y cemento, de techos verdes, ventanas metálicas de color naranja y paredes blancas, rodeada de jardines y de cercos también blancos. Entonces para allá caminamos.
Entramos por el camino hecho en los amaneceres a punta de silbidos largos y de cascos de vacas y caballos de pisar duro, hasta llegar a la pozeta del patio. Allí nos detuvimos a refrescarnos las caras, a remover las aguas del tanque con nuestras manos como si quisiéramos pescar de ellas el pasado acallado antes de su ocurrencia. El lugar de nuestro primer encuentro. Nuestras manos se encontraron dentro del agua y se apretaron mientras sosteníamos las miradas asustadas de quienes vuelven de valientes a desenredar partes de un pasado de muertos y vivos callados.
Ni siquiera era una casa, era una escuela con niños que en ese momento repetían en coro la primera conjugación del verbo ser entonada por la maestra: Yo soy, Tu eres, El es, Ella es, Nosotros somos, Ustedes son, Ellos son. De momento nos reímos nerviosamente y nos dijimos al unísono: nos estaban esperando. Como si fuera la vieja casa la que nos estuviera denunciando, pensé.
Allí estaba la cocina, allá la cochera y el corral para las gallinas, el corredor de madera, el cuarto donde dormíamos mi papá y yo, y allí donde está la caja de arena para los niños de preescolar la sala; en esa esquinita, la puerta que daba al pueblo.
Mara rondó la caja con mirada baja y yo detrás de ella. Entramos descalzos a la caja de arena rasada, sin huellas. Ella se detuvo en una de sus esquinas y se acostó en diagonal señalando con sus pies hacia el pueblo. Con pequeños movimientos marcó su cuerpo, cerró los ojos y se quedó quieta en silencio. Estaba hermosa. Le tomé varias fotos en primer plano, con la cámara digital que trajo de España. De momento quise a su lado también marcar mi cuerpo, pero me detuvo diciéndome: «allí no, aquí encima del mío», se levantó y ayudó a acostarme para no dañar su figura marcada en la arena. Cerré los ojos y ella cruzó mis manos como si estuviera muerto. Se acostó a mi lado marcando de nuevo su cuerpo. Dormimos, o más bien, creímos que dormíamos por minutos, tal vez segundos, hasta que sentimos a los niños de la escuela mirándonos en silencio. Habían terminado el primer período de esa mañana. La maestra detrás de ellos permanecía vigilante.
Con sus pequeñas manos, los niños, animados por Mara, dichosos nos cubrieron con arena. Con agua la humedecieron para darle forma a nuestros cuerpos. A mí, en mi pecho liso moldearon unas tetas grandes y en Mara unas botas de campamento. Gozaban con su gracia. La foto la tomó la maestra. En ella se ven los niños apretujados riendo y nosotros dos esculpidos por el destino de nuevo.
Conversando con la maestra salimos de la escuela por la puerta principal. Nos contó la historia de la escuela y cómo de ella se dice que en su patio hay enterrado un muerto, allí debajo de la placa de cemento que soporta la caja de arena, donde los niños raramente juegan.
Antes de despedirnos, la maestra quiso leernos la placa de mármol fijada en una columna en gratitud al fundador de la escuela, decía:

«ESTA ESCUELA FUE CONSTRUIDA
EN EL TERCER PERÍODO DE LA SEGURIDAD Y LA DEMOCRACIA,
GRACIAS A LAS GESTIONES DEL
REELEGIDO ALCALDE
SEÑOR DON GAMALIEL AFANADOR CHIQUITO
ANTE EL INSTITUTO DE LA INFANCIA Y LA FAMILIA, LA UNICEF,
LAS NACIONES UNIDAS Y EL GOBIERNO NACIONAL.
GRATITUD ETERNA
Julio 16 - Día de la Santísima Virgen del Carmen -»

Tomamos el transporte intermunicipal y no volvimos a hablar hasta que aparecieron en la distancia las luces de la ciudad. Mara entonces me dijo: «Hoy nos acostamos en el arenero justo encima de los restos del cadáver de tu padre. Si quieres, ahora mismo vamos a la fiscalía donde tu amigo el fiscal Conde y establecemos la denuncia de una fosa común, pues allí hay otros muertos».
Dejemos a papá en la escuela, le respondí.

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