viernes, 21 de julio de 2006

El mundo es pequeño para los huyen de ellos mismos



(Tercera entrega del Día de La Virgen)
Por Rodrigo Restrepo Gallego

¿Ha caído usted en cuenta cuántas veces lo he recogido en este mes? ¿Y en el mes pasado? En este trabajo de taxista la rutina le lleva a una a distinguir mucha gente, muchas personas que con el tiempo se van convirtiendo en clientes fijos, se hacen como conocidos de una, y hasta amigos en algunos casos. La vida del taxista es muy dura, hay que trabajar hasta 16 horas para el patrón, no para una, es muy poco lo que queda a una después de la liquidación de un día de trabajo. Pero al menos se puede hablar con el pasajero, aún cuando hay algunos que no les gusta, le piden a una que se calle. Y una se calla, una comprende que no a todo el mundo le gusta oírla a una.
¿Sabe que yo viví una vida en la que no podía hablar? Pensará usted que soy una monja renegada, pero no, aunque me gusta rezar. Antes me llamaban La Rezandera, rezaba mucho a la Virgen del Carmen. Era la forma como podía hablar, oír mi voz, así no pudiera oír la voz de los demás que estaban conmigo. Dicen que la sabiduría está en escuchar, si eso fuera cierto sería muy bruta, pero no, lo que se vuelve una es una ignorante, una sumisa, una alcahuete o una cómplice de muchas cosas dolorosas que para que duelan menos hay que contarlas. Hay que contarlas aún a los desconocidos; mejor si es un conocido o a alguien que también estuvo ahí con una; de esa manera, cada vez que se cuenta duele menos, y una hasta vive mejor, como que una se va sanando y empieza a ganarse la paz. Hay cosas que solo se pagan contándolas. ¿Cree usted en eso?
Fue allá en el monte. En el monte monte, en la selva. Estuve perdida en la selva del Pacífico con cinco niños medio convertidos y otros once para convertir. Éramos un grupo pequeño, diez y seis niños y yo, aunque en algún momento fuimos un grupo grande, de varias mujeres con muchos otros niños. No, no era maestra, ni misionera, nada de eso. Era como una nodriza que enseñaba cosas de mujeres a los niños. Nos perdimos cuando los camuflados entraron al programa de Reinserción del gobierno. Los jefes de los camuflados negociaron su entrega, se llevaron a toda la gente; no nos dijeron a nosotros nada de nada. No quisieron reinsertar niños, supongo yo, eso los haría ver muy mal. Sólo desaparecieron un día cualquiera, así no más. Nunca volvieron, ni los volvimos a ver. Ni a oír, a pesar de que en la selva todo se oye a la distancia. Nos dejaron solos en medio de esa selva tan enorme, tan grande. Completamente botados ¿Usted conoce por allá?
La primera que desapareció, aunque fue antes de la reinserción para la paz de Colombia, fue mi compañera Mara, una muchacha muy especial que se enamoró de un muchachito a quien preparó para la primera parte de la conversión. Mara era muy inteligente y bonita, al tiempo que era mandona, muy viva: no se dejaba de nadie, ni siquiera del comandante Gama, su protector. Mara era brasilera, nieta de un viejo militante de los Tupamaros del Uruguay, refugiado en Tabatinga en el Amazonas.
Una noche llegó ella a las volandas, despertó a otras tres compañeras, las Indias como las llamábamos; llenaron los morrales de comida y vestidos de civil, cogieron un fusil para cada una y salieron en silencio. Esto no nos sorprendió a los demás que las veíamos también en silencio, porque era frecuente que ella hiciera cosas como esas, y después regresara con uno o dos niños nuevos. Nos pareció normal. Pero no, nunca más volvió. Supimos después, que había desertado, pero mucho después, cuando Gama fue a buscarla, a preguntar por ella y por las Indias.
Me quedé allí sola con los niños esperando que volvieran, pero nada, no volvió ninguno. Cuando se acabó la comida, me abrí del cambuchal con los niños; me los tenía que llevar. Cómo los iba a dejar allí, en medio de la nada, donde muy pocos sabían donde estábamos, y los que sabían no les importaba. Al principio buscábamos las guacas donde sabíamos habían reservas de comida, ropa, medicamentos, armas y billetes, muchos billetes. Encontramos varias, abandonadas; con lo que de allí podíamos cargar avanzábamos como podíamos. No podíamos llevar muchas cosas en los morrales. Teníamos que ir livianos para poder buscar los caminos y luego caminar y caminar. Estuvimos hasta de buenas, al principio queríamos encontrarnos con alguien así fuera cualquier tipo de camuflado, después, ya no queríamos encontrarnos ni siquiera con los indios o con los colonos taladores de árboles; no se enfermó ningún niño, ni yo tampoco.
En algunas guacas que encontramos sabíamos que por allí había pasado Mara con las Indias, sentíamos eso, yo nunca he sabido por qué, pero lo sentíamos, como si nos estuviera guiando sin nosotros saberlo. Cuando rezábamos pasito para que no nos oyeran,- por allá, una nunca sabe quien lo oye… bueno, por aquí también es lo mismo, uno nunca sabe quien lo oye. Por eso hay que hablar pasito, hay que rezar pasito-, pedíamos a la Virgen por ella, siempre estaba en nuestras oraciones y rezos. …Ah, y también por Rene, el amorcito de Mara, por los dos.
Yo soy de Amalfi, un pueblito de Antioquia. Vivía en el campo a dos horas de la cabecera municipal. Es un pueblito pequeño, de gente muy sufrida, muy pobre pero muy verraca; de allí es la historia del tigre de Amalfi, ¿usted la conoce? Los muchachos del monte engatusaron a mis papás, les ayudaban con los trabajos de la tierra, hasta les lavaban la ropa y los platos de la cocina, no les faltó sino irse a vivir con nosotros o cobrarle sueldo a mi papá, como si fueran peones. Todo para que me regalaran a ellos y dejaran la pobreza, según les decían. Un día un vergajo de esos me violó en un potrero mientras que los otros sentados en las cercas se reían. Me tiraron encima de una mula y me llevaron con ellos hasta los cambuches de Gallina, un asociado de los camuflados cuyo oficio era el de reclutar niños campesinos. Yo, en ese entonces tenía once años, aunque parecía de trece. A Gallina después los mató Gama a solicitud de un gringo Sueco, de Suecia, que andaba con su mujer por los montes y pueblos como Pedro por su casa, saludando de beso y abrazo a los jefes y comandantes de los camuflados. Me secuestraron primero y luego me incorporaron a sus fechorías, pues les resulté avispada y resuelta a salir viva de ese espanto y horror que sufría con otros niños. Yo era de las pocas niñas que allí había.
Una vez le conté esto a un señor como de sesenta años que recogí en el aeropuerto porque me pareció buena persona y educado. Yo no se si me creyó o no me creyó. Pero que fiasco. Antes de bajarse en la Plaza de Bolívar me dijo que no contara esas cosas tan feas, que lo único que hacía con ello era darle una mala imagen al país, que me quedará callada, que fuera positiva, que la puerta de entrada al país somos los taxistas. ¿Que tal… Ah?
Bueno, el mister Sueco era un negociante de niños, pero no de cualquier clase de niños, de niños convertidos en niñas en dos operaciones que hacían en Venezuela. En la primera les ponían senos y en la segunda, según les fuera en la primera, les cambiaban el sexo. Los vendían en Europa y en Japón, o los ponían a trabajar en unos bares de travestis que el gringo tenía no se en donde. Contaban que los europeos y japoneses pagaban mucha plata por hacer el amor con un travesti total, es decir, pagaban mucha plata, pero mucha plata por acostarse con una mujer físicamente completa, en todo, pero que en realidad fuera un hombre de verdad. Dizque eso era los más excitante y erótico en esa época. ¡Hijueputas!. Perdón señor, pero a veces se me sale.
Gallina y después Gama ganaron muchísima plata con ese negocito, tanta plata, que contrataban con los camuflados el cuidado, el entrenamiento y la conversión de los niños.
Le cuento que muchos niños se suicidaron lanzándose a los ríos o por despeñaderos de la selva misma. El primero que se voló después de la primera operación fue Rene, el ya joven adorado de Mara, ojala este vivo todavía…, no volví a saber nada de él; a Mara la recogí una vez por merita casualidad en el aeropuerto, venía de España…

Perdone joven que me halla encarretado, pero ya llegamos.
Señor, Señor, Joven… que le pasa, por qué llora, Señor, Señor…

Yo soy Rene, alcancé a decirle antes de bajarme del taxi.

1 comentario:

Anónimo dijo...

La triada de Rodrigo contiene una historia posible, en medio de las cosas inverosímiles que trae la guerra.