lunes, 10 de julio de 2006

EL DÍA DE LA VIRGEN





Por Rodrigo Restrepo Gallego

Para los once años mi papá me compró un jean y unas botas negras pantaneras. Me llevó el día de la Virgen del Carmen al pueblito. Allí, Gamaliel me vio por primera vez. Nos siguió a mi papá y a mi por todas partes donde fuimos, detrás de nosotros callado. Tenía como veinticinco años. Cuando salíamos de regreso para la finquita se acercó a mi papá y despacito le dijo «un día como éste se irá conmigo». Papá no dijo nada, me tomó de la mano y continuamos caminando más rapidito. Él se quedó sentado en un barranquito, mirándonos.
Después de esto el Gamaliel pasaba cada dos días por el patio de la casa, antes del amanecer. Silbaba largo en la puerta y seguía arriando el ganado, unas veces no llevaba ganado, pero siempre silbaba largo en la puerta. Mi papá me miraba en silencio. Pasó tantas veces por la casa que hizo un camino ancho que atraviesa el patio. Nunca se detuvo o dijo algo más de lo dicho aquel día de mis once años.
La casa no era de nosotros. Su dueño era Manases el curandero de la vereda, primo hermano de Gamaliel. Mi papá le debía mucha plata por dejarnos vivir allí.
Un día nos fuimos para a otro pueblo, pero allí no encontramos siquiera en donde dormir; caminábamos y caminábamos de finca en finca pidiendo trabajo, comida, o agua para beber. Nada conseguíamos como si estuviéramos malditos o con peste. A los ocho días de andar en esas, apareció Gamaliel a caballo y nos arrió hasta la casa de nosotros, nos compró mercado y una botella de aguardiente para mi papá, no dijo nada, ni una palabra, solo murmuraba para que lo oyéramos: un día de la Virgen Santísima del Carmen.
Volvimos a los silbidos largos al amanecer. Así pasaron los días y los años. Las fechas antes de mis cumpleaños eran de miedo, eran como esperar el día en que se acabaría la vida; todo porque el Gamaliel se antojó de mi.
Para mis quince, papá me dijo que tres noches antes de las fiestas de la Virgen nos iríamos para Bogotá, como fuera, … por el monte, caminando; que ya tenía encaletada una ropita y comida allá arriba en el alto. Deberíamos estar listos sin levantar sospecha. Iríamos a los preparatorios de la fiesta de la Virgen que el cura hacía para los que cumplíamos quince años, como si nada. Sin abrir la boca. Allí cantábamos, bailábamos y rezábamos para agradecer por todo lo que Dios nos había dado: la vida, la familia, los vecinos, el trabajo, la salud, y el futuro que ya vendría.
Así lo íbamos a hacer. Pero una semana antes del día de la Virgen, a media noche llegó un grupo de uniformados armados con fusiles y ametralladoras; nos levantaron y se apoderaron de la casa. Nos trataron bien, no nos pegaron, ni nada. Se pusieron a beber y a oír música de radio. Mataron a Tarquino el marrano padrón, y a las gallinas; se bebieron todo el aguardiente y las cervezas que Gamaliel había mandado en una mula. No dormimos una sola noche.
En un amanecer se oyó el silbido largo de Gamaliel y los pasos de su caballo pisando duro. Los uniformados se alegraron y salieron a recibirlo llamándolo Comandante Gama. Venía con una muchacha, por hay de veinte años, también vestida de uniforme y armada. Eran los únicos dos que no tenían pasamontañas. Papá me miró como nunca me había mirado, entonces me puse a llorar porque ya sabíamos que me iban a llevar. El día de la Virgen había llegado.
A la mitad de la mañana de ese día la mujer uniformada me bañó en la pozeta, me vistió con un camuflado y salió conmigo en una mula alto arriba. No decía nada, solo me miraba. Al pasar por el patio oí a mi papá alegar con Gamaliel y que este le decía, diríjase a mi como Comandante Gama, compadrito.
La mujer, que dijo se llamaba Mara, hizo un alto en el camino, allá en un filo de la montaña. Se puso en cuclillas a mirar por unos lentes hacia la casa. Se oyó un disparo y me dijo: Ya vienen. Me puse a llorar porque sabía que habían matado a mi papá.
Al rato llegaron todos menos Gamaliel o Comandante Gama como había que decirle ahora. Anduvimos como quince noches seguidas hasta que llegamos a unos cambuches donde habían más uniformados. Nadie decía nada, ni siquiera me miraban. Mara la muchacha uniformada me llevó a un cambuche aparte, lejos de los demás. Me dijo que si hablaba con otro de los que estaban allí, o intentaba irme sin despedirme, allí mismo me mataba.
No se cuanto tiempo estuve allí, si meses o años. Esperaba que alguno mencionara la fiesta de la Virgen del Carmen para así saber de mis cumpleaños. Nunca la mencionaron ni siquiera entre ellos.
Mara me enseñó a lavar los camuflados, a remedarlos, a cocinar, a acopiar la leña, a prender el fogón así estuviera lloviendo, a dormir con las botas puestas, a distinguir las plantas dañinas de las buenas, a cazar micos, a pescar. Me daba clases de escuela porque ella había sido maestra en el Amazonas. Nunca me dieron instrucción militar. Nunca me llevaron a combate o a los ataques armados a nadie, pueblo o personas. Me cuidaban como el Comandante Gama había ordenado. Nunca me dieron un fusil.
Yo creo que tengo veintidós o veintitrés años, porque hace un tiempo el Comandante Gama me mandó con Mara dos cédulas de ciudadanía, una de Colombia y otra de Venezuela, que debía llevar en el viaje en helicóptero que hicimos a una hacienda de Venezuela llamada Otrabanda, donde me agrandaron las tetas, para que el comandante me viera mujer de verdad; según me dijo el médico, hijo de un secuestrado, que pagaba el rescate de su papá con operaciones de todo tipo.
Casi me muero cuando desperté de la operación. Me vi tan horrible, señor fiscal, que me tiré a una piscina de esa hacienda para ahogarme. Pero no, me sacaron ahí mismo, me acostaron en un cuarto de la mayoría y estuve bajo sedantes como un mes o algo así. Gama no me decía nada, solo me miraba fijamente y me sonreía. Me tomaba fotos con mi pecho desnudo. Le daba órdenes a Mara para que me atendieran como si estuviera en un palacio, y que no olvidara las hormonas de todos los días. Me dejaron crecer el pelo, largo bien largo. No me dejaban quitar el camuflado, dormía con él. A veces, cuando Mara me bañaba, ella lloraba en silencio, me acariciaba y algunas veces ella terminaba masturbándome o haciéndome el sexo oral. Lloraba todo el día y yo con ella.
De regreso de ese viaje fuimos a otra parte distinta, de mejores cambuches, con hospital propio y canchas de football, donde había mucha más gente uniformada. Me llamaban Rene. Las mujeres me querían mucho, eran solidarias conmigo. Los hombres no me hablaban o se quedaban callados cuando yo les hablaba.
Después de un tiempo que no se cuanto, salimos para el Pacífico. Caminamos montañas con mucha selva, muchos ríos, caseríos de indios, pobrecitos… no les hacíamos nada pero les quitábamos la comida y los obligamos a llevarnos por los ríos a punta de canalete.
En el Pacífico, el Comandante Gama, Mara y yo teníamos el mejor cambuche. Mara dormía con el comandante. Siempre hablaban pasito para que yo no oyera, se reían y se reían.
Aprendí los caminos de los indios de tanto verlos ir y venir calladitos como perritos que van detrás del amo.
Una noche, cuando Gama estaba acostado en la hamaca con Mara, le oí decir que me preparara para el último viaje a Venezuela, a Otrabanda, para la operación que esperaba y para la que había trabajado tanto. Mara no se rió, se bajó de la hamaca y se fue lejos del cambuche.
Desde ese momento entendí lo que me iban a hacer y por qué nadie me hablaba. Decidí entonces volármele al comandante Gama; en desertar así me mataran; en entregarme a ustedes señor fiscal. Oía por la radio las llamadas que nos hacían y como hacerlo. Una mañana me robé un fusil y lo encaleté, no dije nada, ni nadie sospecho de mí, ni siquiera el pelao que era dueño del arma. Al pobre lo castigaron muy feo. Ustedes lo mataron en la balacera de La Quince, lo recuerda? Lo mandaron al frente bien manilimpio, sin una aguja para defenderse; lo pusieron adelante para que le robara el fusil a uno de los soldados muertos. Pero no, lo mataron, como ya le dije.
Cuando las cosas se pusieron calientes con las bombas que caían cerca de los cambuches y que toda la gente se dispersó por diferentes caminos y que los indios huían aterrados, llorando, corrí detrás de ellos, como cuatro días hasta llegar al puesto de policía de la Pedregosa que estaba celebrando las fiestas de la Virgen del Carmen; me entregué con el fusil, y aquí estoy porque yo no iba a dejar que me caparan para ponerme una vagina de mujer, pues, así como me ve de cuerpo menudito y carilindo, yo soy un man, señor fiscal, yo soy un hombre, un varón, un macho preñador así tenga estas tetas; no soy una mujer como usted me ve ahora, señor fiscal, soy un macho de verdad. Por eso deserté. Ahora usted verá que hace conmigo señor fiscal..




2 comentarios:

Anónimo dijo...

Está colgado en el blog un texto elaborado por Rodrigo Restrepo. Escrito a la manera de un relato breve, el texto describe una situación extrema en la que se conjugan aspectos del conflicto armado en Colombia y algunas de las mil prácticas preversas que pueden ocurrir en la guerra ¿ Es posible que ocurra una situación como la descrita por Rodrigo en el conflicto armado? ¿ Rodrigo está fabulando o elaborando una crónica?

Como se sabe, la guerra corre todos los límites: Lo inhumano no es ajeno, escribió un preso en las paredes de la carcel durante la segunda guerra mundial. Varios trabajos recientes dan cuenta de la crueldad con los niños y las niñas ( se estiman 11.000 niños y niñas metidos en el conflicto armado colombiano), sus relatos conmueven hasta la médula: " yo aprendí a matar y a tomarme la sangre del muerto" dijo uno hace poco.

¿Es Rodrigo perverso o cronista? ¿ nos lleva hasta el límite para lacerar o conmover?

www.lalocadelacasa1.blogspot.com

Anónimo dijo...

En medio de la casuistica no es facil avisorar una salida lucida al conflicto. Si, es muy conmovedor y a pesar de que sea innegablemente cierto, creo que no ayuda mas que a cegar a un pais que solo entiende la realidad por la pantalla de sus televisores o los comentarios fatigados de sus jubilados. Claro, el dolor es motor de creacion y de pronto dolerse ayude, en fin.