lunes, 24 de julio de 2006

CITA CON LA INMORTAL





Por: Óscar Arias Londoño

El 20 de julio, me levanté recordando que era el día de la independencia y me preguntaba: ¿independencia de qué? Me asomé por la ventana y vi banderas que ondeaban por las ventanas de dos casas vecinas. Puse unos videos de música cubana, agarré a tocar el güiro, luego las maracas y soñaba que la Orquesta Aragón sería mi destino. Me preocupaba el trabajo que me cuesta concentrarme en hacer una coreografía y hacer bien la percusión al mismo tiempo y que, para cuando estuviera tocando con ellos, me tendría que esforzar mucho. En ese momento recordé las palabras de Leonardo Acosta en “Elige tú que canto yo” cuando narra un pasaje suyo como saxofonista de la Gran Banda de Benny Moré conocida en el argot como ‘La Tribu’: ‘…Benny no paraba de reirse y señalar a la guarachera que llevaba puesta a pesar mío, pues la orquesta salía con esa prenda absurda que siempre me pareció símbolo de coloniaje turístico…mi preocupación por el perfeccionamiento era incompatible con una banda en la cual había que pararse de pronto y tocar un estribillo que podía durar media hora, moviéndose además de un lado a otro”, que ya se las había escuchado durante una conversación en la Habana en 1993, año de la edición del libro. Salí de casa casi al final de la mañana -dos días después Martha recordaba que cuando salí parecía como si fuera para una cita-.

Andaba por el centro de la ciudad y observaba la arquitectura de edificaciones antiguas y me venía a la memoria la arquitectura de la Habana Vieja. Iba cruzando en dirección al Hotel Nutibara cuando vi a tres señores cuyos rostros me eran familiares, se trataba del viejo de la clave que hace la coreografía y de dos de los tres violinistas de la Orquesta Aragón, que la noche anterior se había presentado en el Pablo Tobón. Tres días antes de la presentación ya se habían agotado las boletas y la taquilla no se abrió la noche del concierto. Recuerdo que en 1998 los vi por primera vez y en el 2000 repetí el concierto. En el 2002 se presentaron en el Teatro de la Universidad de Medellín. Esta vez me quedé con las ganas de entrar al Metropolitano.

La conversación fue demasiado breve. Cuando los vi abrí los brazos con un ¡holaaa!, me dejé ir y se quedaron observándome como extrañados. Los tres me miraron fijamente a los ojos y solo atiné a decirles que eran bienvenidos. Los violinistas –padre e hijo- se quedaron muy serios y el viejo fue deferente, se detuvo, me saludó de mano y sonrió. Cruzamos unas pocas palabras que ya no recuerdo y me despedí de mano con los violinistas.

Me fui recordando los sueños musicales de la mañana y me parecía increíble el encuentro. Continué haciendo las cosas que me había propuesto realizar aquel día. Eran las 5:00 p.m. y me disponía a entrar a un almacén de cadena. Había una orquesta en una pequeña tarima, cuando pasé estaban tocando una salsa y luego les escuché un porro, ambos mal interpretados, con el sello de ese ‘tumbao paisa’ que le mata el alma de la música caribeña. Mientras escuchaba, pensaba hipotéticamente que en ese momento aparecieran los músicos de la Aragón y le pidieran ‘una vueltica’ con los instrumentos a esta gente. La verdad me divertía mucho al imaginar las expresiones de sorpresa de aquellos músicos y del público. No quise oir más y entré al almacén. Recorrí el segundo nivel buscando un repuesto y luego bajé al primero. Había caminado menos de veinte pasos y me detuve a hacer una ‘treinta y una’ con un balón que me gustó. Terminé y al mirar al frente dije en voz alta: ¡Rafael Lay! Se trataba del director de la Orquesta Aragón que estaba observándome. Estaba acompañado de dos percusionistas y del pianista.

Conversamos por espacio de media hora, me atendió con un don de gentes particular en los músicos cubanos. Me contó de sus recientes trabajos musicales, de la manera como el Ministerio de Cultura se encarga de manejar todos los asuntos relacionados con las comunicaciones y las giras, del regreso a la Habana y de lo que sigue en Europa. Le pregunté por algunos personajes de la música cubana y recordamos las tres ocasiones anteriores cuando visitaron Medellín. Cuando me preguntó por el significado del 20 de julio, le respondí lo mismo que yo mismo me había preguntado en la mañana. Nos despedimos con un fuerte abrazo y me guardé lo del sueño. Durante toda la conversación estuve recordando un LP que me habían regalado y cuya dedicatoria dice: Para Óscar, esta joya de la inmortal Aragón. Con afecto, Helio Orovio. La Habana, 1993.

3 comentarios:

Anónimo dijo...

Ese tono de cosa mágica, de encuentro cósmico, de asunto ineluctable sólo puede lograrlo alguien que sabe de las cercanías entre música y religión.

Saludos

Mario

Anónimo dijo...

Buena esa!!!

Anónimo dijo...

Estamos esperando una historia para el siete de agosto. Felicitaciones