lunes, 5 de junio de 2006

Desconocido





Por Carlos Ricardo

Tenía sólo 5 milisegundos para ubicar en el monitor del computador el texto que explicaba la falla presentada en la mainboard. Cuando le vendieron el programa, le dijeron que era un software de procedencia no muy clara, al parecer de un país del Asia suroriental y que se estaba ofreciendo como sistema de diagnóstico de los nuevos procesadores con tecnología trimmx. Debía ponerse en el lector de multimedia y seguir las instrucciones hasta dar con el problema y corregir todo de acuerdo con lo propuesto por el programa. Esperaba que todo se redujera a un simple error de programa, detectable fácilmente y que desapareciera con las medidas usuales: escaneo, eliminar los fragmentos perdidos de archivos, resetear y volver a iniciar la CPU. Claro que ya eran muchas las horas que había dedicado a esa máquina de la voluble jefe de ImpoFinanciera. La descripción del problema de la máquina era tan simple como su interlocutora: aparecía a las 3:59 p.m de todos los miércoles, un aviso que decía "Sorpresa…. Ha ganado usted un gran premio. !!!!" . Luego sonaba una fanfarria en los parlantes de la multimedia y una mano mostraba en el monitor un paquete envuelto en papel de regalo, con moño y todo. Después se llenaba la pantalla de destellos y se apagaba. Al volverlo a encender, aparecía un letrero que decía "Por favor no molestar, estamos celebrando". Al día siguiente, la maquina funcionaba como si nada, hasta el siguiente miércoles a las 3:59 p.m.
Como la orden del jefe de Mantenimiento fue terminante, debía solucionar toda la dificultad con la menor pérdida de datos y sólo tenía hasta esa noche para hacerlo. Las cosas estaban saliendo bien al parecer. El programa corrió sin tropiezos luego de dar doble clic con el mouse sobre el icono de Setup. Apareció un mensaje en la pantalla que decía: "Trong Hu Co. le agradece su compra del Programa Cazador. Por favor siga las instrucciones de nuestro asistente para principiantes". En letra muy pequeña, al final de la pantalla decía: "Trong Hu Co. no se hace responsable de los problemas causados por impericia en el manejo del Software."
Cuando el programa se lo solicitó, pasó al disco duro. Agradeció que sólo fuera de 8 Terabites de capacidad de memoria y que la velocidad de acceso fuera de 3 picosegundos, a diferencia de los lentos equipos que tenían en otras oficinas. Mientras el disco duro era revisado por Cazador, pensó en que tal vez todo se debió a algún hacker malintencionado que burló la seguridad de la Red y se metió en el disco duro de la máquina, dejando el regalo de un virus desconocido.
Había leído recientemente sobre científicos que pretendían desarrollar modificaciones a la estructura binaria de los virus informáticos, para que permitieran la incorporación de información de otras estructuras y hacerlos más agresivos para los computadores en desarrollo de la guerra informática y temió que ese fuera el caso. Pero quién iba a tener por ciertas, las circunstancias de una oscura guerra que se iniciaba y terminaba en Silicon Valley.
El sonido agudo del parlante del computador lo trajo bruscamente a la oficina y en la pantalla pudo ver una red de las usadas para cazar mariposas, que se movía con rapidez de un lado a otro, persiguiendo a una especie de animalito, mezcla de hormiga y araña que corría de extremo a extremo del monitor. Por fin, la red lo atrapó y vino una pregunta en la pantalla: "El virus Simbad ha sido detectado en su computador. Desea eliminarlo: (Marque Sí o No)"…. Virus Simbad? . Nunca había oído hablar de un virus con ese nombre. Como correspondía, escribió Sí, sin dudarlo. El siguiente mensaje fue: "Ahora debe usted realizar dos acciones que garantizarán el éxito del proceso: Retire diskettes de las ranuras y toque la ranura de comunicaciones del computador con un objeto metálico. Simultáneamente, resetee la máquina. Al reiniciarse el sistema, habrá sido eliminado el virus Simbad. Gracias por darnos su confianza y usar nuestros productos. Cazador Ver. 6.59." Tal como lo decía el programa, la nueva revisión no identificó la existencia del virus y sintió que por una vez les había ganado una a los hackers. Ya tendrían tiempo de enfrentarse de nuevo en algún sórdido lugar de la Red Virtual.
Cuando terminó de hacer todos los pasos que pedía el programa, sintió un poco de mareo y pensó que definitivamente el campo electromagnético de los equipos informáticos que manejaba, le estaba afectando y que era tiempo de pedir unos días extra de descanso.
Esa noche durmió mal y entre insomnio y sueño, creyó ser la red de cazar mariposas, que corría detrás de un monstruoso animalito que reía todo el tiempo. Por la mañana, al levantarse le costó trabajo recordar muchas cosas de la víspera. Le extrañó y pensó que no era aún tiempo de tener olvidos, pues sus 32 años distaban de ser los años de un viejo. Mientras se afeitaba, vio en el espejo una figura pequeña que se ponía exactamente sobre el sitio por donde andaba la cuchilla. Afinó la vista y se dio cuenta que era un cursor en forma de flecha. No entendía que pasaba, pero cuando se dió vuelta, el cursor se desplazó hasta cada objeto que miraba y siguió en todas las imágenes que llegaban a su cerebro. Sin comprender nada, se dirigió a su oficina. Cuando entraba, la rubia del conmutador lo saludó con una leve sonrisa. Llevaba una blusa verde de donde pugnaban por salir sus senos. El cursor se posó primero en su cara y luego recorrió todo el borde de la blusa y se detuvo por algunos segundos en el pliegue del centro, donde todos dibujan los corazones en forma de manzana.
En el recorrido hasta su oficina, la loca carrera del cursor se repitió, pero con algunas variantes: se ubicó sobre el botón del ascensor marcado con el 7, luego saltó hasta el ceñido vestido de una mujer que se paró delante de él y al salir, se desplazó hasta la cara de la chica, bordeando sus labios carnosos.
Se sentó en el escritorio y prendió el computador, con la rutina de todos los días. Como acostrumbraba, cerró los ojos y aprovechando que no estaba el jefe, casi se durmió. Al conectarse de nuevo al mundo, experimento una leve opresión en el pecho. Pensó que en el examen de rutina le diría a su médico lo de la amnesia y del dolor en el pecho. La imagen del cursor no se apartaba de sus ojos y todo era señalado por él cuando miraba a alguna cosa: el lápiz electrónico, el reloj de pared, los CDs, la señora de los tintos. Salió disparado a donde el médico y le contó lo de sus tres males. Fue acostado en la fría camilla y le anunció que le efectuaría un fondo de ojo. Se hizo silencio y con la mejor voluntad aguantó la fuerte luz del aparato. El médico le explicó que tenía una pequeña anomalía de retina, un mal menor que se traducía en el artefacto que veía. Igual podría ver una pequeña mancha que la familiar flecha del cursor. Tendría que acostumbrarse a la imagen. Le hizo un electrocardiograma y entre ajás y humm, le dió la noticia. Tenía un bloqueo de la rama derecha del Haz de His. No era mortal pero debía cuidarse. Por último, le dijo que lo de la mala memoria podría ser un evento pasajero. Se fue a casa con muchas recomendaciones, consejos sobre mejorar la vida desordenada, nada de cigarrillo, poca comida, deporte moderado y mujeres en cantidad limitada. A los 32 años, debía replantear su vida y vivir como ermitaño o morir en corto tiempo.
Durmió todo el día y cuando despertó tenía dificultades para tenerse en pié. No recordaba el nombre de las cosas y tenía un color extraño en los ojos. Sintió un dolor fuerte en el pecho y comenzó a asfixiarse. Como pudo, se metió en un taxi y llegó a un hospital. La cara le cambiaba de forma, como si los músculos fueran serpientes que se movían bajo la piel. Le hicieron un nuevo electrocardiograma y el reporte fue terminante: Bloqueo completo. Sentía que su corazón salía de sitio y que latía lentamente. No pudo más y se fue. Murió calladamente, sin llamar a nadie y sin compañía de nadie.
Durante su velorio dos vecinas que nunca le habían querido, aprovecharon para fisgonear entre sus cosas. Los libros ni los miraron, la música menos. Robaron dos o tres revistas y se ubicaron con cara de compungidas al lado del ataúd. La más joven preguntó sobre la causa de la muerte y un hombre de aspecto grave respondió: "Según el certificado médico, lo invadió un virus inespecífico". Las mujeres se miraron y una dijo: "Mejor salgamos de aquí. A lo mejor murió de Sida".

1 comentario:

Anónimo dijo...

Con el tiempo se descubrió que el médico que lo trató odiaba los computadores, que su recomendación para mantener vivo al paciente se clasificaba entre las generalidades indicadas en la EPS, que acertó en el diagnóstico, y que como siempre el que se equivocó fue el paciente.
!Buena esa Kafcarlos Ricardo¡