martes, 16 de mayo de 2006

EL CIRCO SOLEIL



Fotografía de Juan Camilo López Amézquita


Por Samuel López

El pasado 29 de Abril viajamos a Bogotá: Mario Hernán, su hijo Camilo, su pariente Felipe y, desde luego yo. El propósito era visitar la Feria del libro, pero en realidad era un pretexto para renovar votos de amistad, con el ritual de las viandas camineras y el recuerdo a flor de labios. Albeiro siempre estuvo con nosotros.

Regresar a Bogotá me sedujo desde que Mario me lo propuso, a modo de invitación formal para un tour gastronómico, más que bibliográfico y para reírnos de nosotros mismos con sublime irreverencia, tan desaforados en la risa como en el apetito.

Signados por lo absurdo, por el contrasentido, Camilo hace el genial descubrimiento cerca de Guaduas en un caserío a bordo de carretera. Allí había un circo, en un recodo de vía. Ahí estaba el tema, la imaginación, la promesa de fotografía para el regreso. ¿Y cómo serán las fieras? ¿tendrá león o gato? ¿avestruz o gallina?. Seguro, dijo Mario, que el payaso es domador, pregonero y empresario. Sin ver la función, ese circo caminero despertó la imaginación, cumplió su oficio y decidimos cerrar los vidrios para que esa atmósfera permaneciera con sus fieras, acróbatas, contorsionistas, payasos y, sobre todo, la carpa. Recreamos el circo, lo modelamos, pero nos faltaban evidencias, comprobaciones, pruebas… al menos una foto.

El viaje me pareció fugaz para la amistad, interminable para el estómago, relajado para el espíritu y con un misterio para resolver: el circo. ¿Cómo se llamaba?. Así que después de las mejores empanadas del mundo fuimos por La Candelaria, entre drogadictos y mendigos muy profesionales todos. Mario nos mostró su vieja residencia de estudiante, las moradas de artistas como Maria Eugenia Dávila y recordamos su belleza y su vida tormentosa. Quien sabe como hubiera sido su vida en caso de optar por carpa itinerante como la del circo aquel.

Con otro refuerzo alimenticio de pincho, chorizo y arepa, bellamente reunido en un eslogan comercial “PINCHORÍN”, terminamos la gira nocturna. El domingo temprano llegamos a la feria y allí comprobé que a uno lo persiguen los temas: en el stand del tiempo descubrí una revista de asuntos gerenciales con portada para el circo soleil, visto como ejemplo de empresa, lo cual mató cualquier asomo de imaginación, que finalmente tuve que buscar en el recuerdo del circo sin nombre que, como todo circo, logró despertarnos la imaginación. Decidimos ponerle nombre: The little soleil; pequeño circo del sol.

Al regreso preparamos cámara y como en toda investigación, conjeturas, hipótesis y el método. Al fin y al cabo no éramos nada distinto que académicos en vacaciones de fin de semana. Ya con el circo a la vista se acordó que Felipe preguntara por la hora de función, Mario tomaría la foto, Camilo se encargaba de la descripción de la carpa y yo estaría concentrado en las fieras. Así se hizo.

El pequeño soleil consta de lo que queda de una carpa, todo aire acondicionado, luz y sombra; dos perros lanetas, más lanetas que perros; un gallo con algún defecto físico para ganarse la vida, y un director que detrás de la cerca nos dijo con desgano y sin dientes que la función era a las siete. La que presumimos era su mujer, salió sin peinarse de algo parecido a un cambuche y se perdió entre el gallo y los perros.

¿Qué puede ser un circo con la carpa rota? LA VIDA.


2 comentarios:

Anónimo dijo...

Fué un viaje inolvidable: sin afán y a placer. En la feria nos encontramos con Paulo Sánchez y otros diez manizaleños que escogieron ese puente para ver libros en Bogotá y mirar el circo de Guaduas.

Anónimo dijo...

Leyendo la crónica, imaginaba a "Carapintada" el famoso payaso del Circo de "Iván Cocherín", viendo al muchachito correr detrás de la carreta que llevaba el circo (a todo el circo...)
También recordé a Sonia Braga (Gabriela) saltando feliz, tras el circo de su pueblo, mientras Nazim la miraba incrédulo y preocupado. El Circo tiene de todo.

Carlos Ricardo