viernes, 26 de mayo de 2006

EL CIERRE DE LA CARRERA 23








Por Oscar Robledo Hoyos
oro@telesat.com.co


Nada menos, el jueves y viernes de la semana que recién pasó, estuve ramoneando por la carrera 23, en lo que antes fuera el culódromo del viejo Manizales, cuando era vía vehicular de doble ancho. Entonces, se parqueaba uno en la esquina de La Ronda (Edificio Cuellar) o en Dominó (en la propia esquina) o en El Graduado; y era de alto turmequé el desfile de beldades nativas, desde lo más granado hasta lo más campeche, pero, ¡lo más de bueno! No había que pagar boleto. El espectáculo era gratuito, con entrada para todo el mundo. Y este viejerío pa´arriba y pa´bajo y los ojos que se iban detrás de cada hija de Eva - estaba por decir de cada derriere o pompis, como los denomina eufemísticamente nuestra Amparito Grisales -. ¡Qué delicias las de antaño y que ganado se dejaba venir desde las cuatro y media o cinco de la tarde por su calle! ¡La 23 era una feria! Se exponían a nuestro diligente examen, de esa hora en adelante, unas novillas zainas de altos y duros pitones que – en medio de automóviles y todo - paralizaban súbitamente el tráfico cardiovascular y dejaban el piso repicando castañuelas y panderetas, y a los golosos observadores con la baba caída y sus piropos, envilecidos.

Volví pues, esta semana, a recordar esas tardes de duras y estimulantes faenas afrodisíacas, con la vía ya adelgazada y la gente circulando de manera tan apiñada que tuve que rememorar a mi buen amigo Luis Gonzalo Arboleda. Éste con un grupo de compinches amigos del Astor, están con la peregrina idea de solicitar a la municipalidad el cierre vehicular total de la 23 para que, como dicen, cumpla ella con “el sagrado objetivo de ser lugar patrimonial, (que) ofrezca la oportunidad de sentir y compartir la calidez de la ciudad, la esencia de su identidad, la particularidad de su raza; su historia, su presente y su futuro”. Iba en éstas elucubraciones, cuando un señor, que vende cuanto perendengue uno se pueda imaginar para celulares, se me vino encima al dar un traspiés y quedé embozado entre las cuerdas de un millar de “manos libres”, carcasas de todos los modelos y colores, tarjetas de Ola, Comcel y Movistar, que salieron disparadas sobre la calzada. Un joven acudió a darnos su mano para incorporarnos, cuando mis oídos apenas sintonizaban el pi…..piiii….de los teléfonos inalámbricos, del guarapazo tan feroz que me di en la cabeza. Todo me giraba en círculos concéntricos: los olores de las empanadas calientes y los chorizos de la diagonal del club Manizales que, parece, les habían echado una manito adicional de Todoaliño; cuarenta avisos de minutos a 300, 250 y 200 pesos; el aceite requemado de los deditos de queso… De un tirón no me pude levantar del todo, quedé sentado en medio de los vendedores de música pirata, quemada o bajada de Internet, y las copias fraudulentas de películas de estreno. Una señora, que vende chance, hizo relevo y de otro empujecito, hacia la aguja de la catedral, logré incorporarme finalmente. ¡Que borrachera y qué sorombático me sentí en medio de todos estos bulliciosos vendedores ambulantes! No vi ninguna pierna contorneada por Fidias o Apeles, ninguna enagua levantada por el viento alcahuete, al estilo Marilyn; ningún tintineo de castañuelas ni candonga sevillana alguna que viniera en mi auxilio, como sin duda me hubiera acontecido en el Manizales de antaño.

Cuando viré en la esquina de la Suiza, hacia la carrera 22, traía los papeles asidos al pecho con toda la fuerza de mis manos y mirando a cada instante hacia atrás, creía que me iban a atracar una horda de bribones; me pellizqué disimuladamente el brazo izquierdo y tuve la gran alegría de constatar científicamente que estaba vivo. Entonces volví a pensar en mi amigo y dije para mis adentros: a lo mejor él estaba muy campante tomando tinto, mientras afuera yo me debatía en el problema hamletiano de Ser o no Ser. Seguro que si al menos hubiera venido en mi ayuda, compartiría con él la idea del cierre total de la carrera 23.

Si esto es con la vía semicerrada ¿Como sería el pandemónium o aquelarre - no importa -, que se armaría entre el estrecho cauce de ésta vía si se cierra del todo? Nos esquilmarían a todos y más que “disfrute y encuentro voluptuoso de ciudadanos con la magia que nos debe ofrecer la ciudad” caeríamos en el hechizo de pillos y malandrines y estaríamos metidos sin remedio, como en las corralejas de Cereté y Lorica, de frente a la fuerza y bestialidad de los cornúpetos, sin burladeros, previstos por la Alcaldía Municipal.


Manizales, mayo de 2006

4 comentarios:

Anónimo dijo...

Que tal que hubieras terminado rodando por la via al barrio el Carmen, un esperpento con cañería por todo el centro de la via.

Anónimo dijo...

Permitame felicitarle por tan embalsamadora y onirica prosa respecto a tan venerada y fantabulosa via, sinceramente, es menester reconocer la manera tan -descarracletante- , como se otea el asunto y se plantea el argumento

Anónimo dijo...

Los recuerdos del "ventitresazo" pasan por momentos muy gratos para los adolescentes de entonces: la salida del Colegio "Antonia Santos", las tardes en la entrada del "Caracol Rojo", los conciertos de Rock en la Alianza Colombofrancesa...
El paso de las "Busetes": (las hermanitas )

Anónimo dijo...

Recuerdo tambien el caracol rojo y la venta de empanadas. Recuerdo los automóviles compartiendo la calzada con bicicletas, motos y carretas tiradas por caballo y con los manizaleños que suben todos los días a trabajar en las oficinas, hacer compras, asistir a misa, querellar en los juzgados, pagar los impuestos, empeñar, alquilar, vender, permutar, pasear y chismosear. Así y todo, los peatones van más rápido por las aceras, que los automóviles por la calzada.
Pero hay trancones también en las aceras. Alguien se detiene a mirar una vitrina, a saludar un amigo, a comprar golosinas en un carrito de dulces. Los demás se ven obligados a bajar a la calzada y estorbar a los automóviles. Un grupo se detiene a conversar en pleno cruce de una bocacalle y los carros que suben tienen que parar en la pendiente, resoplan y pitan pero los tertuliantes se mueven con parsimonia. Está calle es mía. Finalmente uno llega al Parque de Fundadores y entonces se devuelve para saludar otra vez a los que retornan del otro extremo. Por eso tALVEZ bautiaron a la 23, El Tontódromo.
Ni la Quinta Avenida, ni los campos Eliseos, ni la Calle Corrientes superan a la Carrera 23, que según la clasificación de Discovery Channel era la vía más lenta del mundo a finales del siglo XX.