viernes, 7 de abril de 2006

Todo un relativo





Por Carlos Ricardo

Un domingo en La Habana es una experiencia alucinada. Las calles de La Habana Vieja, con sus casas de paredes descascaradas, en donde por arte de magia surgen viviendas de todos los matices, callejuelas angostas, mesas con familias jugando al dominó, talleres con carros de modelos imposibles, adoquines reventados y colocados dignamente, para parecerse a la calle de adoquines de la Plaza de Armas, la “Bodeguita de En Medio” con Hemingway en todos los rincones, desde la calle hasta la pared en donde está su firma, los tríos tocando sin cansancio las canciones de Benny Moré, como invitación a degustar un mojito, una cerveza, “Lagarto es la mejor caballero”, lo dice un muchacho con piel bronceada, cabello rubio y ojos color miel, que parece salido de una historia de bucaneros. No hay carros y no puede haberlos en el caos de turistas que descaradamente lo invaden todo, con sus cámaras, con sus filmadoras y con sus asombros que lentamente van acomodándose al imposible de la Revolución y miran con ansia, esperando ver la figura mítica del Comandante aparecer en la siguiente esquina. Los cubanos miran con sorpresa a los turistas que pasan por su lado, no se interrumpe la labor, el gran camión de las coles sigue descargando frente a la tienda, los “camellos” pasan repletos de pasajeros, “son como el cine vespertino de los sábados”, nos dijo Lisi la guía, “Lenguaje adulto, violencia y sexo” y rió con desenfado por su broma. En los paraderos, para pasar al fuerte, las “bici” hacen cola custodiando a sus dueños, esperando al “camello” diseñado especialmente para transportarlas.
¿ También habrá sexo, violencia y lenguaje adulto entre las bici?

En la Plaza de la Catedral, los vendedores de libros ofrecen su tentadora mercancía, hay para todos los gustos y para todos los temas. Entre ellos una pequeña joya para iniciados me detiene y maquinalmente palpo el escuálido montoncito de dólares que reposa en mi bolsillo. Bien vale la pena reducirlo más y poseer esa edición de Biografías de Zwieg, por Fouché, pero también por María Estuardo. Cuando lo tomé, ya feliz propietario y no mendicante observador, unos ojos brillantes pegados a una carita trigueña, nariz respingada y mentón fuerte, en un cuerpo no mayor de 12 años, me observaban con detenimiento. Casi podría decir que compartían mi alegría por la compra y que estaban tan alegres como yo. Me retiré del puesto de libros, con alguna inquietud y el deseo de seguir mi recorrido semicultural y más turístico, aunque era una afrenta tomar a la querida ciudad como un sitio para recorrer sin más. Si bien ya había visitado el Museo de la Revolución y recorrido todos sus salones, comprado el video del Ché, me había tomado la foto en la Plaza del obelisco a Martí y frente al perfil del Ché y aún me faltaba ir al Teatro Karl Marx, sentía que La Habana era mucho más que un sitio turístico y hasta experimenté algún escrúpulo, cuando una turista europea muy ligera de ropas deambulaba por los clásicos corredores del Hotel Nacional.




Busqué rápidamente la vía del Malecón y al cruzar una calle, mientras miraba a un gordo que se apoyaba en el balcón de un edificio al frente del capitolio, el muchachito volvió a aparecer. Por la avenida cruzaba una caravana de automóviles Volga convertibles, que pitaban llamando la atención de las gentes. En el asiento de atrás una pareja de novios se abrazaba y besaba, sosteniéndose trabajosamente, mientras interrumpían sus besos para saludar, la gente aplaudía y él miraba a la novia con todo el arrobamiento del mundo. Me parecieron idénticos a los novios de azúcar que colocan en los poqués de matrimonio. El chico se me acercó y me dijo : “Cuando me case, no voy a hacer tanta bulla, simplemente me caso y ya; además, tendré que contar con conseguir primero la novia.” Me enteré de su nombre: Luis, que iba a la escuela, que lo criaba su abuela porque su madre no vivía con su padre y estaba lejos. Seguimos caminando por el Malecón, algunos hombres lanzaban anzuelos y esperaban pacientemente. Muchos niños jugaban y gritaban por el muro y al frente una venta de helados, “Copelia” me dijo Luis , despachaba su producto a la gente que esperaba su turno. Los carros pasaban rápidamente y algunas “bici” se aparejaban para aprovechar los últimos rayos del sol. Grupos de habaneras con trajes floreados comentaban en las esquinas, mirando a los muchachos que sin pudor alardeaban riendo y vociferando historias.

Me senté ante el mar, imaginando a los piratas ingleses contenidos por la fortaleza de “El Morro”, la historia de La Habana, la Plaza de La Revolución con los discursos de Fidel, Camilo y el “Ché” y hasta creí oír los estribillos de las gentes.
El chico callaba y también miraba. Me miraba y estudiaba las cosas que llevaba, hasta hacerme dudar de su intención. De pronto, sin mucho énfasis, me dijo: “Oye, ¿tu tienes computador?” Con mi respuesta afirmativa, se animó un poco más. Miró de nuevo al mar y me volvió a preguntar : “¿ Y tu computador tiene CD?” Sí. Le contesté, mientras admiraba su cultura informática, sobre todo en el “período especial” de Cuba. Su siguiente pregunta fue más directa: “¿Trajiste algunos CD?”. Le respondí que no, que mi computador no era portátil. Se quedó mirando de nuevo al mar y ahora fui yo quien preguntó. “¿ Tienes computador?”. Movió negativamente la cabeza. Se me iluminaron las cosas y con la más firme intención de solidaridad y contribución a la construcción del país, pregunté: “¿Tienen computador en tu escuela?”. Ya sentía la alegría de enviar todo el software posible para esa escuela. Su respuesta fue de nuevo no. “No comprendo”, le dije. “¿Y para qué quieres los CD?”. Me miró con indulgencia. “Pues para ponérselos a la llanta de la bici. En los atardeceres dan unos colores espectaculares cuando se está ocultando el sol en el Malecón y yo soy de los que más tiene en la cuadra”.




1 comentario:

Anónimo dijo...

En pocos días te diré si esto es cierto o es el producto de una imaginación desbordada.

Mario