viernes, 7 de abril de 2006

PEDAZOS DE VIDA GUARDADOS




Por Rodrigo Restrepo

La mañana estaba pesada, el corazón amodorrado y los pantalones livianos. Mi billetera se había deslizado a un lado debajo de la cama. Nunca la había visto así; descuajada, abierta cual mapa de carreteras, negra, solitaria, apoyada en los pliegues de sábanas y cobijas desparramadas.

Mostraba mi nombre completo repujado en letras doradas al querer de la Hermana Mabel la que cantaba las canciones de María Dolores Pradera y tomaba aguardiente como ella, quien en un día del educador la ató para mí con una cintilla azul y una sonrisa de amistad. Murió como todos los que viven largo, pensé.

Al tomarla me sentí agachado recogiendo pedazos de vida simple, guardados, para recordar no se sabe cuando ni con cual trascendencia.

De sus compartimientos, en el de cuero más gastado, salía de primera la cédula de ciudadanía con fecha de nacimiento equivocada según mi madre me decía y yo por razones que ahora no quiero explicar, le creía. Debajo de ella, la libreta militar de Istmina Chocó, pueblo que visité por equivocación veintidós años más tarde de su expedición y del pago de $400 pesos a la mujer de un cabo del ejército amigo de mi padre. En un viaje de regreso de Quibdó a Manizales; Uriel, el chofer, tomó el camino que no era. Argumentó por más de una hora que si era, hasta que leyó en una valla: Liceo Nacional del Pacífico Istmina- Chocó. No volvió a hablar, ni siquiera cuando llegamos a la Pichinga. De patillas de prócer, pelo negro y con gafas blancas al estilo de Elvis «El Rey, El Único», en camisa con cuello grande sobre la chaqueta estaba el muchacho aquel día de la foto. Un poco más maduro, con bigote negro y abundante, con buenas entradas… arriba de la frente, en la foto del carné del Fondo de Empleado de la Universidad de Caldas. La tarjeta de la Entidad Promotora de Salud pegada al Salmo 91 debidamente plastificado, que alguien me regaló como protección contra los ladrones, asaltantes y estafadores.

En la secreta, como llaman algunos campesinos paisas a los bolsillos camuflados entre los bolsillos camuflados de sus carrieles estaban los tiquetes usados de los metros de Chicago, Nueva York, Caracas, Toronto, Río de Janeiro y de Medellín, esos vehículos que lo llevan a uno como en un ascensor pero horizontalmente, según la descripción de un paisa maravillado.

Al lado, una mara de un centavo de dólar recogida en una cantina de La Kaguana en Niagara Falls (USA) donde se habla inglés de Antioquia, se bebe Ron Viejo de Caldas y el «bartender» es de apellido Escobar, pariente de «Mijo Mijo» el bobo más inteligente de Itaqüí, promotor del Día Mundial de la Pereza.

En lo profundo, un papelillo doblado con un número telefónico y los nombres de Enrique y Amada Luz, los esposos Uruguayos de La UNICEF que coleccionan puertas de madera de los países donde han vivido; bailaban todo tipo de música con el 1, 2, 3 aprendido en las escuelas de Suiza. Nunca entendieron el porque en Colombia a los desamparados habitantes de la calle los llaman desechables. Desdoblándolo se refrescó mi alma.

Allí estaba también, el escudillo de solapa de la Universidad de Antioquia, años sin verlo. Lo brille con mis manos y lo refresque con mi aliento, diciendo: tengo que volver.

Los portarretratos vacíos, con las lanas que nadie ha podido explicar como llegan a los bolsillos, van a las billeteras, se meten entre las láminas de plásticos, y se agarran con tal fuerza de sus esquinas que es inútil tratar de limpiarlas.

Del bolsillo del cual se deriva el nombre de billetera, se regaron: la bolsa plástica del Soap, el pase de conducción vencido para conducir vehículos públicos, el certificado de verificación ambiental, las licencia de tránsito o tarjeta de propiedad. También, las tarjetas de Macro, Carrefour, El Éxito, y la de servicios vehiculares de Colseguros, las de crédito y débito de los bancos.

Ningún billete en ella.

1 comentario:

Anónimo dijo...

faltan los números de teléfono sin nombre, las fotos de los hijos y las tarjetas de presentación con mil cosas escritas en clave.

Rodrigo, bien por ese carriel.