viernes, 17 de marzo de 2006

Ay Manizales del alma


Por Carlos Ricardo


La epopéyica Colonización Antioqueña, esa loada diáspora de arrieros y campesinos que desde Antioquia “la grande” llenaron todos los rincones llenables del antiguo Cauca, trajo consigo, además de toneladas de carga, mulas, bueyes y otros generadores de boñiga, la ingenua y persistente “fe de carbonero”. Son reconocidos entre esos humildes primeros pobladores, la intensa religiosidad, el amor por el dinero, el juego, los licores y otras asociaciones menos santas.

Esos primeros arrieros, fundadores de pueblos y ciudades más por necesidad que por vocación, después de asentar sus pocos reales en los recién fundados pueblos, entraron en una dinámica inevitable: el comercio en todas sus manifestaciones. De Manizales son muchos de los gérmenes que luego establecidos, se llamaron “Almacenes Ley”, “Almacén de Liborio Gutiérrez” y muchos más. Era la época de la constitución de la Sociedad Manizaleña, esa rancia, cerrada, pacata y exclusivista sociedad.

A diferencia de lo sucedido en otras regiones, los descendientes de castellanos, vascos, gallegos y otros gentilicios españoles, no se involucraron con las poblaciones indígenas supervivientes en la región. Los embera catío, los aguerridos descendientes de los pacoras, de los armas y de tantas otras etnias raizales, poco cruzaron sus genes con los recién llegados. El blanco lechoso de los asturianos, de salamanqueños pobres, de vallesoletanos, barceloneses y madrileños venidos a menos, cuyos descendientes aportaron al país su “española raza”, se desparramó armado de hachas y machetes, para “tumbar” monte y establecer sus feudos en terrenos otrora de “indios” y similares.

Los inicios del siglo XX vieron a Manizales desprenderse por las vegas y las colinas, construyendo la ciudad en medio de las brumas, del frío del Nevado del Ruiz, del paso de recuas de mulas y las yuntas de bueyes camino de ida o retorno del puerto de Honda, escala en el Río Magdalena hasta Barranquilla y el exterior. Tanto en la ciudad como en las poblaciones vecinas, el panorama arquitectónico lo domina la presencia de la iglesia: una plaza llamada de varias maneras (Bolívar, Caldas, Araucarias, etc) y una iglesia en el sitio más visible, como fiel testimonio de fidelidad al primero, segundo y los diez mandamientos en su totalidad.

El cura, independientemente de su rango o el número de ellos en cada sitio, se convirtió en constituyente y componente de todos los aspectos de esa sociedad en ciernes. Su pago, además de las indulgencias, los diezmos y primicias. Esa silenciosa labor de apoyo y acompañamiento de las familias, afincada en la persistencia de la “fe del carbonero”, la indiscutida aplicación de los preceptos bíblicos y la observancia de la mezcla de política y religión del Partido de Caro y Cuervo, el glorioso Partido Conservador generó una simbiosis que aún hoy, después de más de un siglo, sigue expresándose, a pesar de los escándalos de curas poco éticos, involucrados en algo más que las actividades de santificar los domingos y fiestas de guardar y a pesar de los monseñores Marcinkus, del Banco Ambrosiano en Ciudad del Vaticano y de otras muchas referencias dignas de truculentas e infamantes historias.

En los años 70, un atípico director del Centro Colombo Americano de Manizales, según se recuerda proveniente de Kentucky, escribió su trabajo de Grado en una Universidad “Made in USA”, sobre las relaciones de la alta sociedad manizaleña. Al parecer, ese fue su pasaje de regreso a Kentucky, pues develó muchos de los celosamente guardados secretos de la compleja relación de los componentes de los altos estratos de esa cerrada sociedad.

Pero siempre estaría surgía el recurso: el consuelo de la mano de la iglesia, del Padre Hoyos, prohombre de la monumental Catedral de Concreto, símbolo identificado de la “Ciudad de las Puertas Abiertas”. Con él, nombres de reconocimiento como el de Monseñor Baltasar Álvarez Restrepo, genialmente retratado por Tulio Bayer Jaramillo en una de sus novelas y otros muchos que hicieron del papel del sacerdote, reconocida figura de la sociedad.

No es de extrañar entonces, que la iglesia y sus representantes en la tierra paisa, jugaran y jueguen un destacado papel, que sorprende por su penetración en la toma de decisiones, aún ahora, la época del “Estado Social de Derecho”, de la Constitución del 91, del TLC y de todas las manifestaciones de éste que imaginamos un mundo mejor que el de antaño.

No sorprende entonces, lo contado recientemente por la prensa y la TV: un sacerdote de Manizales, aprovechando su aceptación por los segmentos más pudientes de la ciudad, birló una suma de dinero a integrantes de esos segmentos. Su simpatía, sólo comparable con la del huilense “Embajador de la India”, se ganó poco a poco los favores de damas de alcurnia, de sus esposos, de instituciones públicas y privadas (era el Capellán de las Universidades de Manizales y manejaba parte de los presupuestos del bienestar estudiantil).

Y bueno, pues se dejó llevar por el ánimo de servicio: la capilla de la Universidad de Caldas era escenario de las visitas de damas y caballeros de alcurnia, que acudían a los servicios religiosos del Padre Carlos. A los funcionarios de la Universidad nos parecía curioso que el centro de culto religioso no fuera frecuentado por los estudiantes, pero que sí lo fuera por reconocidos integrantes de esa sociedad.

Y el Padre tenía otra gracia: afamado cultivador de Bonsai, el antiguo arte japonés de simular bosques con plantas obligadas a crecer en desventaja con sus iguales silvestres. Y por supuesto, la caridad cristiana del Padre Carlos, terminaba cuando de negociar un Bonsai se trataba: cobraba y mucho por uno de ellos y en su negocio particular, una mezcla de venta de peces ornamentales, venta de bonsai, restaurante, cafetería y exposición de obras de arte, también muy costosas, obtenía buenos ingresos que reinvertía en sus otros negocios.

Y era el guía de muchos manizaleños de diferentes estratos que juntaban recursos y se iban a alguna de sus excursiones por la romántica Europa, el sorprendente Japón o alguno de los países promocionados por el turismo internacional.

Pero donde mejor lo hizo fue en las relaciones puramente económicas con los caballeros manizaleños: llamaba uno y lo comprometía con préstamos para otro, obviamente ignorante de sus acciones, de quien decía, que se encontraba en situación cercana a la quiebra. Y después, buscaba al presunto “pre-quebrado” y le espetaba la misma historia, respecto del primero. Y las arcas sacerdotales seguían engordando, aprovechando el orgullo y el silencio de los involucrados, temerosos de ser los divulgadores de la desgraciada situación de las finanzas del amigo. Y no sólo los caballeros aportaron a esa cruzada social: muchas damas aportaron su óbolo.

Pero nada está oculto entre cielo y tierra, ni siquiera las cosas matizadas con el hálito sacro. Se desenredó la madeja y se evidenció todo, luego de que presuntos benefactores y beneficiados pusieron cara a cara sus aportes para el otro. Luego del bochorno, las alusiones y las ilusiones, la cruda verdad emergió: el Padre Carlos, “Carloncho” para sus cercanos, aligeró a sus feligreses pudientes, en cerca de $2.500 millones (algunos dicen que más), a los cuales hay que agregar cerca de $100 millones que administraba del rubro de Bienestar Estudiantil en la Universidad de Caldas y que debían destinarse a alimentación para estudiantes pobres y que seguramente invirtió en bosques de Bonsai, viajes o lujos.

Hoy, el Padre Carloncho reside en USA, desde donde declaró que pagará su deuda “en esta vida o en la otra”. Al paso que van las cosas, tendrá que vivir varios karmas, antes de cancelar sus acreencias a sus crédulos fieles.

2 comentarios:

Rodrigo dijo...

Débese agregar el espíritu de «negrero» que tenía y mostraba con la explotación de estudiantes pobres, usándolos en trabajos de duro hacer en su preciosa finca, y el pago de un mísero sueldo que solo les alcanzaba para pagar el pasaje a su «tierritas», todo con la esperanza de una beca que ofrecía y nunca daba.Jamás me gustó este curita, igual que los animales de sangre fría.

Anónimo dijo...

El padre Carlos, aficionado a la plata, inflaba los recibos de los almuerzos de los estudiantes pobres en la Universidad de Caldas. La fiscalía no lo pudo comprobar y el obispo no lo quizo ver.