sábado, 4 de febrero de 2006

Luis Eduardo García



LUIS EDUARDO GARCÍA

Para mi sobrino Coco, en su grado.

Por: Mario López

Habían pasado casi tres meses desde el viaje al Tolima, cuando Luis Eduardo García golpeó la puerta de la casa de los López en el viejo barrio de los agustinos. Rosa se asomó a la ventana pensando en que era su marido o alguno de los limosneros que usualmente venían por aguadepanela o por un plato de arroz con arepa blanca; todos, incluido su marido, llamaban a la puerta como si se tratara de un portón de finca. Ya estaba acostumbrada: desde su construcción, a principios del siglo, la casa servía de posada para arrieros, bobos de todos los pelambres, limosneros de profesión y campesinos cogidos de la noche.

- Buenas tardes doña Rosa, dijo Luis desde la calle, cuando la vio asomarse con su figura de negra diminuta.

Rosa lo miró perpleja, el personaje arrastrao y greñudo que estaba en la calle no se parecía en nada al hombre de trajes elegantes y dientes cuidados que cada tres días, sin falta, le entregaba un fardo con camisas, pantalones y delantales blancos para lavar. Hacía tres meses lo había visto salir de la panadería del barrio con la maleta en la mano derecha y un cartucho grande en la izquierda, con rumbo a su ciudad natal. Luis Eduardo García era panadero de profesión, Rosa lo había conocido tres años antes cuando toda la gente de la cuadra salió a la calle gritando que había terminado la guerra en Europa, que Hitler había muerto y que los aliados habían ganado definitivamente la guerra contra los nazis; desde ese tiempo le arreglaba la ropa y le vendía el almuerzo.

-¿Qué le pasó don Luis?, dijo Rosa desde la ventana, mientras miraba la cara, el cuerpo y el traje de loco que Luis Eduardo traía puestos.

-¡Esta es mi casa! Respondió.

Ella nunca se arrepintió en público de abrir la puerta aquella tarde, ni tampoco se molestó en explicarle a nadie las razones por la cuales cambió la tarea de lavandera por la adopción definitiva, y hasta su muerte, del loco reciente que llamó a la puerta una tarde de 1948. Lo enyerbaron las mujeres del Tolima, respondía Rosa cuando alguien preguntaba por los cambios en la conducta de Luis Eduardo García; le dieron la dulce toma y se enlocó por enamorado, también solía argumentar.

Luis Eduardo vivió más de cuarenta años con los López, pasó de una generación a otra alucinando con las guerras de pereira contra pereiro, de los amores de Chinchiná y Chinchinó, de los partos de marranos que tenían las hijas de un tal Pacho Negro; hablaba con monosílabos cuando le daba hambre y se ingería, sin mayor problema, un atao de panela con azúcar. Como todo loco que se respete, en sus fantasías compró varias empresas de buses, construyó una máquina de hacer billetes, vendió la casa de los agustinos y dejó el mundo hace tres años sin dejar de dormir en las puras tablas del piso.

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