lunes, 16 de enero de 2006

Tú y el viento.




Y EL VIENTO

Por. El Bogavante


Ayer era imposible dejar de mirarte montar en bicicleta.

Miraba cómo el aire que te abrazaba se enloquecía en empujes de resistencia a tus avances, cada vez más veloces, más desbocados.

Miraba cómo le humillabas en lucha de cuerpos.

Era tuyo el aire que al tocarte se hacía viento.

Voluptuosa le dejabas al vuelo tus cabellos,

que él contaba uno a uno empezando siempre de nuevo.

Miraba cómo le despedazabas dejándole a chorros chocar en tus senos.

Le gritabas, gritos tuyos, de mujer que por primera vez se absorbe todo el universo.

Miraba como los bogas de tu pecho, erectos, engañaban al viento.

Loco, despistado, formaba remolinos que no hallaban sosiego.

Miraba cómo agitada, tu lengua humedecía sus secos besos, todos, los nunca dados, los que te ha robado el tiempo.

Miraba cómo tú, de pié, lo dejabas subir silbando por tus muslos recios, para sacrificarlo en tu monte de venus.

Miraba cómo, con tu pedaleo le marcabas los compases para las caricias deseadas, y cómo, él, ingenuo, creía que te levantaba como trofeo.

Miraba cómo, tendida desde el sillín al manubrio, tú, alada, aerodinámica, en embalajes de remate imprimías en él, moldes largos, largos... muy largos de tu cuerpo rompiendo el bajo cielo.

Miraba cómo tú jugabas con el viento.

Miraba cómo, ya detenida, de piel erótica humedecida toda, sin nada de tu cuerpo que ocultar, aspirabas al vencido viento.

Y yo te miraba.

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