domingo, 15 de enero de 2006

Por el lejano oriente



POR EL LEJANO ORIENTE

Crónica de Indias

Autora: Viajera

Luego del municipio de Victoria se pierde el asfalto y el conductor del bus hace gala de una pericia que admiraré a lo largo de este viaje en todos los demás hombres sonrientes y dicharacheros que se atreven a manejar por caminos imposibles. Para no marearme me dedico a contemplar las montañas enmarañadasy, entre saltos y paradas, me va invadiendo el asombro: nunca había visto tanta agua. Agua en hilitos, agua en cascadas, agua desbordada sobre la banca del camino, agua en el rugiente río Manso, en el Guarinó, agua bajando desde el verde infinito. Con esa costumbre de numerarlo todo, cuento ciento veinte fuentes entre Victoria y Samaná. Al término de ocho horas voy trepando al pueblo mientras los ojos no alcanzan a abarcar la inmensidad del valle del río Magdalena que espejea allá lejos bajo el sol de los venados:¡Qué balcón de maravillas!

El ritmo vital es alucinantemente diferente. Pongo en práctica los métodos respiratorios y de relajación y comprendo el principio de vivir el instante; para eso se requiere el abandono de toda prisa y abrir los sentidos para dejarse invadir así como para viajar en los buses escalera que es una experiencia única.

El ensamble entre camión de alto cilindraje y carrocería de madera da cuerpo a esta mezcla entre transporte de pasajeros y de carga, medio de transporte pero también de comunicación. El embrujo empieza por la pintura de los adornos con diseños impresionantes y riqueza de colores y por el cuadro primitivista de la parte trasera (selvas con leones rugientes, el metro de Medellín, un retrato del Papa Juan Pablo II, un cóndor de alas enormes...), por las bancas de madera apenas recubiertas de espuma y plástico, por el crujido de la madera en cada bache del camino, por la música que sale de unos equipos de sonido muy modernos (desde El Charrito Negro, ídolo del “despecho” hasta reggaetón…), por las lonas enrolladas que se bajan cuando llueve; continúa por la complicidad única entre el conductor y su ayudante: A la orilla de la carretera esperan una señora, cinco niños y diez bultos, se escucha gritar “áreloooo” –creo que quiere decir “párelo”, y en treinta segundos se escucha “éleeee” –creo que quiere decir “déle”. Durante esa fracción de tiempo, el fornido muchachón que es el “ayudante” ha encaramado los diez bultos, ha ayudado a subir a la señora con sus niños y ha cobrado el dinero del pasaje. Un conductor me dijo: “El ayudante es nuestros ojos, nuestros oídos y nuestro bolsillo”; él sabe donde ir dejando los encargos en cada recodo del camino: la carne en esta finca, la carta allí, el dinero allá, el recado… El encanto se concreta en la cercanía con rostros campesinos, con manos encallecidas, con conversaciones entre todos y con ese gesto de solidaridad que implica que siempre haya sitio para uno más. Cuando en la banca no cabe ni un alfiler, se sube una señora gorda que carga un bebé y con el salto del primer bache del camino todos quedamos cómodamente instalados. Durante estos días veré cargar diez marranos grandes, ladrillos y varillas para construir una casa, un tocador con espejo, gallinas, patos, gatos, perros, colchones, sillas mecedoras, herramientas variadas, cosechas enteras de café…

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