sábado, 14 de enero de 2006

Los años sesenta



Los años sesenta.

Vengo de un encuentro generacional. Nos regodeamos hablando de la década que descubrió el hielo y el calor, los momentos fastuosos en que el hombre puso un pié en la luna y según dijo luego Gonzalo Arango, también, se tiró el primer pedo en otro planeta en la persona de Arsmtrong como queriendo significar con ello que le importaba un culo tanta tecnología mientras no se conquistaran los paraísos humanos de la convivencia.

Una década insondable, increíble, la última humana del siglo XX y XXI. Una década en la que se sonreía aún con la rueda de caucho, los gatitos con pito que venían de París, las comunidades de Hacer el Amor y no la Guerra a las orillas de la desembocadura del Guarinó en la Miel; de San Miguel para arriba hasta perderse las carreteras, los años de la marihuanita adorada sin penalizaciones no como ahora que hasta al Contralor General de la Republica se la prohibieron para un viajecito no a las estrellas sino a Caracas y luego al carrusel de los cargos públicos. Fue la década del Meteque de Charles Moustaqui, del vagabundismo juvenil entre las viejas estructuras de los ferrocarriles, Bonny and Clay y la Betty Blue follando en una ventana a la vista de todo el vecindario, Truman Capote y el Relato del Náufrago de Gabo que para aquel entonces era Gabito y no la momia en que lo convertió el capital.

También la década de Alternativa y la empelotada de Antony Quinn en Zorba el Griego, Elvis Presley, el viejo Rafa adolescente colocando una rosa en los labios de la muchacha, y a veces llegan cartas de Nino Bravo. El polifonía arrobadora que apenas iniciaba ese monstruo de Juan Manuel Serrat y, los Ángeles Negros y toda aquella explosión de amor, la década de los camping salvajes a la orilla de cualquier quebrada o cualquier guadual con aguapanela psicodélica y raspando estrellas con un machete de un tronco que se doraba a fuego lento. Los bellos tiempos del kilómetro 41 al lado de los rieles, de los mansos ganados blancos en la noche y en medio de las mieles de los potreros y la luna alcahueta sobre las carpas.

Los sesenta fueron años maravillosos sin lugar a dudas. Para algunos analistas sociales la década del nomadismo juvenil que nos trajo oleadas de muchachos gringos en misión de paz sobre América Latina, La Alianza para el progreso y los Acuerdos de Punta del Este. Un imperialismo norteamericano con corazón para un continente que despertaba y se daba un toquecito de cosmopolitismo.

De ese contexto vengo. Unas bocanadas de aire fresco sobre nuestras carnes asoleadas por la ventisca neoliberal impiadosa. Evidentemente vinieron los recuerdos, las luchas talvez infantiles, los deseos de un mundo mejor para todos que siguen rondando el imaginario social de América Latina. ¿Y porqué no? si Pablo Gallinazus lo había profetizado: “El reloj se ha dañado pero el hambre despierta..”

Popeye el marino

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