viernes, 13 de enero de 2006

La ciudad móvil



La ciudad móvil.

Recorrer la ciudad es volver a repasar nuestra autobiografía. Una casa, una curva, un trozo de avenida o el rincón de una calle de alguna manera resultan unidos a nuestra vida por el simple “desarrollo de nuestra personalidad” como de manera nítida y altamente poética lo describiera Marcel Proust En el Camino de Swan.

Un restaurante nos recuerda una pérdida económica, una terraza un encuentro con unos amigos que luego se desvanecieron en el éter, una iglesia nos agolpa, de repente, los recuerdos de las andanzas con la bella secretaria que vivía al frente y nos martirizaba con su amor desmedido para su “Bello Gatito” y tan poco para ésta alma creyente y devota de sus encantos y menos para éste cuerpecito que ardía en agonía por el suyo. A cada paso de esos diálogos entre sordos la bella en un solo melindre y pellizcándole la naricita a Gatito decía para nuestro enojo: ¡Granizo! Un parque nos trae la saga de la violencia que termina en el preciso lugar en que la joven fue apuñalada por su amante, en la esquina, a las ocho cuando la mañana empezaba a batir sus banderas de sol y luz, un lunes de arrebato celoso. La casa al final de la cuadra, nos recuerda su construcción cuando apenas era un parche de pasto al lado del puesto de policía. Asistimos a su levantamiento. Todos los días pasábamos por allí camino a la nuestra cuando era un bosquejo que se levantaba como un interrogante laberíntico al lado de los uniformados. No nos imaginábamos que un día albergara el canto de los niños y los finos oficios de la madre. Miramos furtivamente hacia el interior, soñamos con hijos, en los intervalos del diálogo de una familia igualmente en construcción. A su vez la hondonada que otrora fuera concierto rumoroso de ranas y cocuyos en las noches claras fue borrada por casas que bajan sobre su lomo a la manera de los pueblos mediterráneos. Contrasta su bullicio con el silencio de nuestro amor a escondidas y proletario: "La luna no vertía / allí ni un solo rayo…. Temblabas y eras mía. / bajo el follaje espeso”.

Nunca termina la ciudad de presentársenos y nunca su reconocimiento. Ella recomienza en cada uno de nuestros episodios vitales, se construye tan fácil como se destruye y reconstruye. Recomienza al unísono de nuestra construcción identitaria: como niño, como adolescente, como universitario, como primíparo afectivo, como otro nuevo excluido del amor, como solicitante de empleo, como desempleado crónico, como novel graduado. La ciudad es magmática. La estremecen todas las fuerzas telúricas del cambio, truenan en sus entrañas todos los movimientos sísmicos que transforman a cada paso su rostro y nuestra biografía mas o menos exitosa o trágica, es cuando nos sentimos en mayor medida parte de ella porque sus brazos, sus parques, sus luces y sombras, las avenidas y terrazas son o fueron los sitios de encuentro con nuestra cuita o fortuna. Quisiéramos salir desterrados en un nuevo periplo vital pero es imposible, la ciudad nos retiene en sus encantos y sus vanas promesas. Nos muele en su fuerza cotidiana y centenaria.

Popeye el marino

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